una casa para siempre

*texto publicado en marzo en Climática

Un aterrizaje perfecto. Reconozco que no puedo dejar de mirarlo. Lo que consigue que no despegue los ojos de la pantalla es el vídeo que graba el propio robot mientras desciende sobre Marte, un planeta que se encuentra a millones de kilómetros de esta tierra. Las imágenes sobrevuelan el espacio hasta llegar a mi ordenador. Perseverance aterriza, poco a poco, y el polvo de Marte se levanta, se dirige a nosotros recibiendo a la máquina. Viendo una y otra vez cómo despliega los paracaídas, cómo se posa sobre el cráter Jezero. De repente, empecé a preguntarme por los caminos que recorrería la máquina, de qué estaría hecha la tierra que pisaba, cuánto tiempo tendría de vida, y si podría volver. No, no hay regreso posible. Desde el pasado jueves, Marte es la casa para siempre de Perseverance. Su labor comienza justo ahora, encontrar rastros de vida en esta parte norte del planeta rojo, que antes de ser desierto, fue hace 3.500 millones de años un enorme lago, en el que quizás pudieron darse las condiciones adecuadas para que se surgiera la vida. Pero yo no paro de preguntarme qué pasará con Perseverance si no logra su misión, o si simplemente hay un fallo o alguien decide en algún momento que solo es un trasto, que ya no sirve. Imaginé la desconexión del aparato, la pantalla totalmente en blanco, el chispazo que hacían algunos televisores antiguos al apagarlos. Y me vino de golpe un verso de Catulo para el gran apagón: “Pero nosotros, una vez que se extinga nuestra breve luz, una noche perpetua tendremos que dormir”. Y de nuevo la realidad que nos atraviesa, lo que veo nada más levantar la vista hacia la ventana. Hoy me maravillo escuchando un atisbo del viento de Marte, gracias a que Perseverance lleva micrófonos y nos manda de vuelta la grabación. Suenan en mi habitación los vientos de otro planeta mientras una cigüeña aterriza en el prado de enfrente, desconcertada, porque ya no está la charca en la que ayer mojaba sus patas y buscaba alimento sin parar con su pico. Me atraviesa esa imagen, me conmueve. Es un pellizco. Tan lejos y tan cerca. Me pregunto por todas las historias de aves y de sondas en el espacio a las que no alcanzo, pero ¿conozco acaso cuál es la historia más antigua de todas? Con Perseverance comienza un nuevo relato, pero algo me empuja a seguir buscando entre los viejos, entre los que no se escribieron o no se pronunciaron, entre los que quizás no les dimos suficiente valor o no les prestamos la atención necesaria porque no los creíamos buenos o importantes. Pienso en la tecnología, en el rastro que dejará Perseverance, en las huellas que deja como estela ahora mismo mientras yo escribo estas palabras, y me pregunto cómo podríamos trasplantar la emoción de este nuevo camino que se abre allá lejos al día a día de todos nosotros, de todo los que nos rodea y con todos los que convivimos y formamos parte de este planeta tierra. Puede que el objetivo de Perseverance se conciba como algo completamente diferente, pero a mí me recuerda que quizás él puede hablarnos allá arriba del lugar de dónde viene, de nosotros, los humanos y los no-humanos, de cómo podemos seguir adelante y entendernos. Puede que ese polvo que se levanta del desierto rojo sea el origen de las primeras partículas para que aquí abajo comencemos a gestar un nuevo lenguaje que nos permita reimaginar nuestra forma de estar y de ser en el mundo, un nuevo idioma que no sea solo de objetos, sin que contemple a todos sus seres y cobije todas las relaciones que se dan entre todos. Quizás escuchando el viento que nos manda Perseverance nos damos cuenta de que somos micorriza, un nudo de vínculos y de reciprocidad entre todos los seres. ¿Cómo podemos reaprender a leer y a entender la relación que tenemos con el lugar que habitamos y con todos aquellos que compartimos territorio? Reconocernos como entramado interdependiente y vulnerable en un planeta herido que busca vida en un planeta extraño, aquí quizás está el germen de un nuevo vínculo que contenga nuevas formas de relacionarnos y habitarnos. Que nos enseñe a conmovernos con lo más sencillo, con lo más cercano. Como esa cigüeña que mira y decide buscar alimento en otro lado, como esa seta recién nacida desperezándose bajo las hojas de un carballo. Quizás hay que apelar a esa ternura, a entender que todo ser vivo siente, entiende, reacciona e interpreta en su propio lugar, en su propio mundo, en una red tejida viva con todo lo que le rodea y de lo que forma parte. Quizás esta lengua en la que hablo y crezco todavía es insuficiente con todos ellos, y solo adivinamos o intuimos el eco de sus voces y pasos en otras maneras de ser y relacionarse. Pero podemos jugar a dejar a un lado la inmediatez por unos momentos, y volvernos conscientes de todo lo que sucede alrededor para la vida y la supervivencia. Podemos dejarnos tocar, conmovernos en la fragilidad de una cría que espera en el nido a que su madre la alimente. En los brotes que saben cuándo toca florecer, en las bandadas de pájaros que sin reloj ni calendario conocen el momento preciso para comenzar la emigración. ¿Será que a nosotros nos falta una pieza de ese formar parte y de ese lenguaje? Así sigue cada día el mundo adelante, en este planeta que también es nuestra casa para siempre. Ojalá habitarlo y respetarlo con todos los demás con la misma facilidad con la que crece la hierba.

piedrecita

Hebenstreit, Johann Ernst (1743)

*texto publicado en el número de marzo Radical de El Salto

Aquí, en este trocito de norte, vuelvo a convertirme en una niña que se deslumbra con prácticamente todo lo que sucede o descubro a mi alrededor.  Puede ser una palabra en gallego, un arroyo recién hecho en el camino, una seta que se despereza entre las hojas, un pájaro que se cruza o una nueva flor. Esta mañana, después de varios días sin salir de casa ni alrededores, descubro que muchas aldeas están llenas de camelias. No arbustos, sino árboles altos y fuertes, seres repletos estallando en color. Y me he dado cuenta ahora, justo cuando veo las flores rabiosas entre esta lluvia imparable que los prados ya no saben cómo recibir, sino ahuecándose un poquito hacia dentro, haciendo charcas para los juegos y bailes en el agua de urracas, cuervos y mirlos. La tierra volviéndose hacia sí misma, plegándose mojada, cobijando semillas y larvas mientras llega el sol. Todos los días pienso en cómo me gustaría poder mandarles un poquito de esta agua a mi tierra, allí en el sur. Es un tema recurrente con el que no escatimo ideas ni métodos, compartiría gustosa esta humedad y abundancia con todos aquellos lugares y personas que la necesitan. Como la necesita la camelia, que crece mejor si se encuentra en refugio y en sombra de luz. En mi familia hay una camelia plantada en un arriate del patio, pegadita al naranjo, a la sombra del limonero. No sé exactamente cuándo nació, me gusta pensar que la camelia y yo tenemos la misma edad y que hemos hecho el mismo viaje en sentidos diferentes. Fue mi abuelo quien la llevo siendo semilla desde aquí.  Quizá hoy estoy aquí porqué él consiguió la semilla por un trueque, un conjuro o un simple apretón de manos. Mi abuela la cuidaba y la cuidaba, pero en ese patio de sol cada año más fuerte no dejaría de ser un arbusto mediano, y que esos cuidados allí, a pesar de la muerte y la distancia siguen aquí, y ellas, semillas y plantas lo saben, por eso crecen y crecen sin parar hasta ser árbol. Escribo la palabra camelia e inmediatamente me viene la palabra nosotras. Me gusta pensar que tras lo invisible somos una especie de micorriza, no solo entre plantas y hongos, también humanos, animales, insectos, pájaros… Y que esos hilos van surgiendo transparentes, llegando cada vez un poquito más lejos y haciéndose visibles, como ocurre en las telarañas con las gotas de lluvia, con lo pequeño y los cuidados. Por eso vi esta mañana las camelias en flor y quise llevarme una, apretarla contra mí, ponerla en la mesa donde trabajo, pero recordé a Maria Arnal cantando y si cuidar no fuera capricho moral y fuera pura condición vital y preferí la vida en el árbol, los pétalos a la intemperie, mi mesa solo llena de libros y papeles. Pero seguía lloviendo y necesitaba esa respiración en la mano, y me llevé una piedrecita conmigo. Una manía que hace que tenga piedras desperdigadas por todos lados a las que necesito contar y tocar de vez en cuando. A veces, sin darme cuenta, se vuelven protagonistas de poemas y conversaciones. Hoy, mi amiga Miriam me escribe y me cuenta que en Aragón es costumbre guardar las más pequeñas de un lugar donde haya impactado el rayo. Que esas piedrecitas van con una siempre, en el bolsillo, siendo amuleto. Que la costumbre nace de otra costumbre del cielo y de la vida: se dice que un rayo no cae nunca dos veces en el mismo lugar. Quizás, hasta donde alcance la memoria. Quizás, porque también las piedras empiezan a bordarse en nuestras manos, haciendo posible que crezca otra historia nueva y en común. 

Por un feminismo de hermanas de tierra

Manifiesto de 2021 por las mujeres rurales

Eva Piay

Este año que dejamos atrás, pero que todavía arrastramos, nos ha impuesto a muchas mirar la vida a través de una ventana; a otras tantas, adaptarnos sin remedio a las medidas urbano-céntricas que se han pensado desde y para las grandes ciudades. La primavera se acerca y seguimos en una pandemia que se ha llevado demasiadas vidas que no volverán, y que ha acentuado más la crisis, la precariedad y la falta de servicios en la que vivimos. Ha tenido que venir un virus para demostrar que este sistema que no orbita alrededor de la vida y en el que nos encontramos atrapadas no es sostenible, y que solo es el comienzo y agravamiento de otras crisis y pandemias. A esta emergencia climática, en estos últimos tiempos se han unido la emergencia social y sanitaria, y no podemos comenzar este manifiesto sin traer aquí a todas las personas golpeadas por el virus y el sistema.

Quizás podamos caer en el error de pensar que las palabras no son capaces de mucho. Pero nosotras pensamos que siguen siendo importantes. A pesar de la incertidumbre y del dolor, nuestras palabras son también ecosistemas de pensamientos y acciones que no existen en otros lugares. Gracias a ellas podemos ver el mundo, formar parte de él, reimaginar y hacer posible pensar y creer en otros futuros fuera de este sistema.

Hermana,

este 2021 no saldremos a la calle como otros años. Estaremos separadas por una distancia que nos ha robado los besos, los abrazos que llevamos un año sin sentir, y esas sonrisas que han ocultado las mascarillas. Por eso, en este año en el que las plazas estarán más vacías que nunca, os invitamos a leer estas palabras, a hacerlas vuestras, desde los balcones, desde los hogares, y dejar que el humo de las chimeneas se encargue de juntar nuestras voces, que el viento las haga llegar bien lejos.

Este 8 de marzo no podemos dejar de alzar nuestra voz como mujeres rurales. Porque la pandemia también ha traído minutos de lucidez; minutos en los que hemos visto como la propia ciudadanía se organizaba y se encargaba de aquello a lo que las políticas públicas no han querido llegar, porque no han estado a la altura ni han sido suficientes. Por eso queremos daros las gracias: por enseñarnos que otras formas de convivir y de apoyo mutuo son posibles.

Gracias a esas mujeres productoras y pensadoras, que desde abajo se han organizado para que sus alimentos locales y de proximidad pudieran llegar hasta todas las casas. Nos acordamos especialmente de iniciativas como SOS Campesinado, y de todas las jornaleras migrantes que el año pasado se quedaron atrapadas dentro de nuestras fronteras, en un país que no era el suyo, lejos de sus familias y en unas condiciones muy lejos de poder denominarse dignas. También de todas aquellas personas trabajadoras en el sector agrícola y ganadero que se contagiaron de covid-19 durante la primavera y el verano pasados debido a las condiciones infrahumanas en las que trabajaban y vivían, poniendo de manifiesto un sistema de producción intensivo que se sostiene a base de no respetar los derechos humanos más básicos, ni el bienestar animal, ni los recursos naturales ni el territorio que nos sostienen.

Gracias a todas esas mujeres que no dejan ni un solo día de cuidar de su ganado, de la tierra, de preservar nuestras razas autóctonas y semillas locales, manteniendo nuestros ecosistemas y su biodiversidad. Ni el virus ni las grandes nevadas de este invierno han conseguido pararlas. Porque, si nuestros medios rurales no son zonas catastróficas, es gracias a su perseverancia y su trabajo altruista, que la mayoría de las veces sigue siendo invisible y no reconocido.

Este año nos hemos quedado más huérfanas que nunca por culpa de este virus. Hemos perdido a muchas personas a las que queríamos: que formaban parte de nuestra familia, de nuestras amistades, cómplices en el día a día… Y, sobre todo, hemos perdido esa gran sabiduría que se esconde tras los ojos y las manos de tantas mujeres rurales de edad avanzada. Un conocimiento de la tierra, del medio que nos rodea, heredado de las abuelas de las abuelas de sus abuelas, que ahora custodiarán las flores y las piedras, y que con ellas se ha marchado para siempre.

También se han ido con ellas muchas palabras que ya nunca volverán. Algunas, con suerte, habrán quedado recogidas en las hojas de algún diccionario local, esperando a que alguien las desempolve. Porque no podemos olvidarnos tampoco de la riqueza lingüística que han custodiado las mujeres rurales, dando nombre a todos los elementos que nos rodean, y gracias a las cuales hoy tenemos la suerte de poder seguir escuchando una gran variedad de lenguas y acentos que hacen únicos y diversos nuestros medios rurales. Detrás de la lengua y de la palabra hay formas de vida y vínculos maravillosos y únicos.

Tampoco nos olvidamos de todas las mujeres que se ven discriminadas por su diversidad y de nuestras hermanas trans. No podemos olvidarnos de esas mujeres que hablan y ven con sus manos, ni de las mujeres que caminan a otros ritmos. De las mujeres rurales con sufrimientos y malestares emocionales, de aquellas con capacidades distintas. Llamadas locas, llamadas raras, llamadas discapacitadas. Señaladas por ser diferentes. Doblemente olvidadas y doblemente afectadas por la pandemia.

Todas somos diferentes,

y todas,

juntas,

con nuestras diversidades, custodiamos nuestros medios rurales. Los llenamos de vida y nos enredamos para seguir hacia delante, olvidándonos de esas palabras que empiezan por “des-” y que tanto gustan a los medios de comunicación.

Decíamos que la pandemia nos ha robado los abrazos, pero hemos tejido más redes que nunca para suplir esa falta de servicios que han sido agravados por la pandemia. Organizándonos para llevar alimentos a quienes no podían salir de sus casas, visitando a quienes no podían ver a sus familiares por estar lejos, y dedicando más tiempo que nunca a cuidar de quienes tenemos cerca.

En estos tiempos difíciles, muchas mujeres han tenido que combinar los trabajos en el campo, otras el teletrabajo, otras han seguido al pie del cañón en los centros de salud; con ser maestras, cuidadoras, enfermeras… Teniendo que estar disponibles para los demás todo el tiempo.

Hemos oído de forma constante que tenemos mucha suerte de vivir en un pueblo, porque tenemos contacto directo con la naturaleza. Pero lo que nadie ve es que aquí los servicios básicos se han visto disminuidos por partida doble; unos servicios que ya eran escasos y que en muchos casos han desaparecido. Con el virus como excusa se han cerrado centros de día y comedores, y se ha reducido el horario de muchas guarderías y otros espacios dedicados a los cuidados. Además, muchas familias han tenido que sacar de las residencias a sus mayores por miedo a que se contagiaran, encontrándose muchas mujeres sin otra alternativa que tener que arreglárselas para poder conciliar sus trabajos con el cuidado de sus familiares dependientes.

Nos acordamos también de todas las compañeras que han sufrido ERTES, o que han tenido que cerrar sus negocios por la crisis derivada de la pandemia. Hemos visto cómo, durante mucho tiempo, desde las administraciones se ha impulsado en las zonas rurales el turismo como (casi) única fuente de ingresos. Este año la pandemia ha hecho que muchas familias en el rural dedicadas al turismo lo estén pasando realmente mal y no tengan otras opciones.

La pandemia ha agudizado, más que nunca, la brecha digital. En un año en el que el teletrabajo ha emergido en nuestro país, nos hemos encontrado con que mientras en las grandes ciudades está llegando ya el 5G, en muchos de nuestros pueblos no hay ni siquiera banda ancha. Hemos incorporado la palabra «teletrabajo» a nuestra rutina, y para muchos medios y administraciones se ha convertido en panacea y salvación de nuestros medios rurales. Nosotras hoy queremos reivindicar el tierratrabajo. Queremos seguir luchando por tener acceso a la tierra y a una vivienda digna en el medio rural. Queremos que se ayude y se faciliten las producciones agroecológicas y extensivas que están ligadas al territorio, produciendo alimentos de alto valor ambiental, creando un vínculo único entre persona, animal, semilla y tierra. Queremos dignidad y derechos para las personas migrantes que trabajan en nuestros campos. Queremos los servicios públicos de calidad que nos merecemos.

Pronto volverá la primavera.

Nuestros campos ya lucen un color verde que nos hace pensar en otro mañana. No importa lo que venga, porque seguiremos unidas plantando cara a las adversidades. Porque ni siquiera este virus ha conseguido vaciar nuestro territorio. Seguimos juntas frente a la pandemia. Seguimos uniendo nuestros pueblos tejiendo redes y vínculos, con nuestras manos teñidas por el color del terruño. Y nos quedamos aquí en la tierra y conjugamos el verbo «aterreñar», una palabra del norte que nos devuelve la esperanza y la luz. Significa ver y pisar la tierra de nuevo después de la nieve, no solo nosotros, sino también los animales, que vuelven tras las grandes nevadas a alimentarse del pasto. Sabemos que pronto podremos mancharnos las manos de tierra, todas juntas; mirarnos, y sonreír.

Por un feminismo de todas,

por un feminismo de hermanas de tierra.

***

*La ilustración es de Eva Piay. Podéis descargarla aquí.

*Este Manifiesto fue escrito por Lucía López Marco y María Sánchez. Gracias a los consejos y aportaciones de Celsa Peitado, Ana Pinto, Blanca Casares, Patricia Dopazo, Mentxu Ramilo, Karina Rocha, Elisa Oteros y Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.

abuela, rabilargo

a veces hay cosas que parecen que no tienen importancia y que no significan nada y se convierten de pronto en un destello, en algo que toma la luz y sale a escena, de forma brusca, sin pensarlo, sin esperar invitación. Aparecen y ya, no hay declinación posible ni marcha atrás. Cuando mi abuela Teresa murió, después de días en la uci, teníamos que traerla de vuelta al pueblo. Ella quería que la enterraran allí, cerca de sus padres, de sus tíos. No soportaba lo que había hecho mi abuelo, la recuerdo enfadada mientras lo incineraban: “Esto no lo debería haber permitido, me va a dejar sola en el cementerio”. Íbamos delante del coche fúnebre, con bastante ventaja, y mi padre, en la primera curva nada más despedirnos del pantano, a 12 kilómetros del pueblo, decidió parar, esperarla, que fuera ella la primera en volver a casa. Hacía frío y la ropa de luto no abrigaba casi nada. Me sentía ridícula, fuera de lugar en la carretera, disfrazada, con unos zapatos con tacón negros, de ante. Con ellos hacía rodar los trocitos de grava, mirando la curva, esperando que ella apareciera. Murió de lo que más miedo le daba: caerse. Como los pajarillos que caen sin motivo, y quedan deshechos, con el vientre hacia arriba, sin tener tiempo de preguntarse el por qué, quedando solos, a la espera, de que alguien se tropiece con ellos y los encuentre. Han tenido que pasar los años y que se cruzaran varios rabilargos en vuelo por la misma curva de vuelta al pueblo,para recordar que ese día, mientras que ella volvía y preparaban su sitio de cal y hormigón en el cementerio, mientras yo seguía, insistente con la grava, apoyando todo el dolor en el tacón, machacando los granitos de la carretera, mirando de reojo, contando los segundos en voz baja, -una dos, tres, a la de tres, aparece ella, no, a la de seis, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, a la de diez aparece, ella, en un atáud, los lirios encima, las camelias que nacieron de una semilla que trajo mi abuelo de galicia, en el arriate de la piscina la planta, a partir de ahora otras manos cuidarían, ella pajarillo, con un cuerpo de ochenta y tantos y un cerebro mentiroso de veinteañera, ella, con la cabeza ida regalándome su tiara de boda, para la mía que solo existe en la cabeza de mis abuelas, ella con las manos siempre abiertas, hablándole a los utensilios de comida, a las bandejas, al juego de café que seguía preparando todas las tardes después de la muerte de él, los rituales no se cambian, niña, ella ahora callada, sola en un atáud, vestida, preparada para las raíces y los insectos.- y yo contando de nuevo, una, dos y tres, una dos y tres, y han tenido que pasar los años para acordarme que no, que no vino el coche a la de diez, que llegó después de el chasquido de un rabilargo tras posarse en un rama. Mi padre hablando de bellotas y alcornoques, pero ni la cuenta atrás ni los frutos de los árboles, fue el pájaro el que tras volverse hacia nosotros hizo que apareciera ella, ya vencida, entregada a la caída sin quererlo, de vuelta, de vuelta a casa.

*este texto es el pájaro cuarto de mi tinyletter (10 de junio de 2018)

un duelo por hacer

wilhelm sasnal

Pienso mucho en cómo narraremos estos días de los que venimos. Qué palabras encontraremos, cuáles elegiremos, de qué manera las usaremos; qué narrativas darán cobijo a lo que todavía hoy, aquí delante de la pantalla del ordenador, hace que siga siendo imposible encontrar las palabras justas o adecuadas para la multitud que no deja de murmullar aquí dentro. Escribo y por el cuaderno merodean hormigas, estos días he puesto la mesa de trabajo justo delante de la huerta. Aquí, mi única compañía trabajando son las patatas y las calabazas, también alguna mirla que cruza demasiado cerca, con un insecto en la boca llamando a las crías que se esconden en los arriates debajo de los setos, indecisas todavía para volar y dependiendo de los padres que siguen cuidándolos como si siguieran en el nido. En los surcos, las hortalizas, ajenas a todo, van creciendo sin prisa, en silencio, removiendo la tierra de forma suave, acomodándose al sol y a la niebla, dejándose hacer una y otra vez por el aire y la luz. Fantaseo con la idea de que esta presencia forastera influye en su desarrollo y crecimiento, y a ratos me sorprendo tarareando alguna nana o hablando conmigo misma en voz alta. El primer día del desconfinamiento caminé hasta que mis pies se tropezaron en el suelo con un nido abandonado de mito. Los pájaros los hacen de forma muy elaborada tejiendo musgo, ramitas, líquenes, pelos de mamíferos y a veces también usan hilos de telaraña. Por dentro usan plumas que pueden coger de pajareras donde hay palomas, de gallineros a los que acercan e incluso de desplumaderos de aves de presa.Tiene forma de corazón y así, vacío, sucio, lleno de algunos insectos, se convierte en algo distinto a lo que fue, un nuevo objeto bello e inútil, pero también doloroso, porque no deja de recordar una ausencia que conlleva que aquí el regreso no es posible. Mientras lo recogía no dejaba de pensar en todas las casas que han quedado vacías, en todas las despedidas pendientes, en esos colchones reclinados en los contenedores de las calles, en todos esos animales solos porque su familia ya no volverá, en las pequeñas huertas y gallinas esperando la mano que les lleva el agua y el alimento, en los balcones cerrados pero llenos de macetas que se mueren poquito a poquito, quebrándose, en los praditos sin segar, en tantos abrazos y lágrimas que no pueden salir del cuerpo, y quizás hacen que aparezca alguna mancha en el corazón porque el lenguaje se vuelve mudo. Puede que, como estas palabras que se me escapan, todos nuestros duelos pendientes sigan aquí dentro, esperando; y puede que, mientras encuentran la palabra adecuada para ellos, sus historias se repliquen entre nuestras células, agarrándose a sus membranas, como un liquen que crece y crece sin soltarse del tronco de un árbol, haciendo posible la supervivencia de la simbiosis entre un hongo y un alga. Y así, con las manos manchadas de tierra y de ceniza, me gustaría escribir uno a uno todos los nombres de quienes se fueron, arrullar la ausencia en este nido o en una pared vacía, encontrar un sentido a todas estas palabras nombrando a quienes no regresarán. Porque estos días siguen convirtiéndose en fantasmas, pegajosos como una herida cuesta arriba, como una ternura que duele y a la vez se vuelve gelatinosa, y se pega a la piel como el calor y la humedad. Como esa voz que irrumpe sola y libre de unos cascos sin herrar, o como la suciedad de los pequeños trapos raídos que vendan las nuevas vidas que surgen de los injertos. Como  esas historias antiguas que explican que todas las cosas naturales tienen sombras y espíritus. Quizás por eso, esa costumbre de tantos pueblos de nuestro país de celebrar la vida y la muerte debajo de los árboles. Tejos, olmos, fresnos… Ellos se convertían en el gran organismo bajo el cual se vertebraba y organizaba el día a día de la comunidad. Siempre la vida y la muerte una y otra vez jugando bajo la sombra entre sus ramas. El primer y último organismo para la vida en común: en muchas aldeas se llevaba bajo el árbol al bebé nada más nacer y al muerto antes de partir al encuentro con la tierra. Y ahora, como esos árboles solos sin nadie que celebre una historia que nace o que se va, nos sentimos huérfanos de ceremonias y despedidas, y yo quisiera un frío reparador como el que cuentan tantos esquimales de esos osos polares que no dejan de ponerse nieve en las heridas para frenar las hemorragias. ¿Qué palabras nos servirán para el duelo que quedó para siempre aplazado? ¿Cómo sostener el dolor enorme de una despedida sin cerrar? ¿Cómo nombrar la pérdida, una a una? Pero vuelvo a los árboles, y pienso en el peral chino que sembró mi abuelo hace más de treinta años, el día en que yo nací, lejos de donde estoy ahora, y me aferro a su insistencia, a esa manía tan bonita de seguir sembrando árboles aunque pocos nietos continúen haciéndolo, a esos frutos que brillan quizás porque saben que nadie ya irá a recogerlos, a ese hacer tan fuerte de la vida abriéndose paso, haciendo que un día más él siga creciendo salvaje y solo. Como un pellizco esa insistencia. O, como decía Heine, un dolor de dientes en el corazón.

*tribuna publicada el 24 de junio de 2020 en El País

tres poemas traducidos de Maria Velho da Costa

fotografía de la entrevista en público.pt

 Reconstitución de la fuerza de trabajo

Ellas son cuatro millones, el día nace, ellas encienden la lumbre. Ellas cortan el pan y calientan el café. Ellas pican cebollas y pelan patatas. Ellas mezclan harina y comida agria. Ellas llaman, en la oscuridad, a los hombres y a los animales y a los niños. Ellas llenan las fiambreras, los termos y las mochilas con latas y bocadillos y fruta envuelta en un paño limpio. Ellas lavan las sábanas y las camisas que han de sudarse otra vez. Ellas friegan el suelo de rodillas con cepillo de cerdas gruesas y jabón amarillo y espantan a los insectos para que no enfermen los suyos mientras duermen. Ellas regatean en los mercados y plazas por lo más barato. Ellas cuentan centavos. Ellas cosen y enhebran en agujas de madera la lana que mantendrá en el cuerpo el calor de la comida que ellas preparan. Ellas vienen con un cántaro de agua a la cintura y un hatillo de leña en la cabeza. Ellas limpian los fregaderos y los lavabos y las conejeras y los corrales. Ellas encienden la lumbre. Ellas pican las verduras. Ellas quitan el óxido de las ollas. Ellas remiendan medias y pantalones y camisas y otra vez, medias. Ellas sacan brillo a la cocina con un estropajo. Ellas recorren la ciudad a pie bajo la lluvia porque en esos barrios los monos de trabajo son caros. Ellas corren sin aliento para no perder el tren, el barco. Ellas ponen el cesto en el suelo y abren la puerta con la mano enrojecida. Ellas ponen la tranca para cerrar el pajar. Ellas meten el dedo lo justo en la gallina para saber si tiene un huevo. Ellas encienden la lumbre. Ellas mueven el arroz con un tenedor de zinc. Ellas chupan la punta del hilo para remendar la camisa. Ellas llenan los platos. Ellas dejan el barreño en el lavabo para descansar. Ellas quitan la colcha de la cama. Ellas se abren para un hombre cansado. Ellas también duermen.

Reproducción de la fuerza de trabajo. 

Ellas van a la partera para que les adelante el parto. Ellas sacan el dobladillo de las faldas. Ellas lloran y vomitan en el fregadero. Ellas limpian el fregadero. Ellas preparan pañales. Ellas bordan hilillos de seda en el mejor babero. Ellas andan descalzas porque sus pies ya no entran en los zapatos. Ellas aúllan de dolor. Ellas se untan un poquito de mantequilla en el pezón agrietado. Ellas le cantan bajito en medio de la noche al bebé para que el hombre no se despierte. Ellas rascan las heces de los pañales con una espátula.  Ellas lavan. Ellas llevan a los bebés en brazos. Ellas dan de mamar debajo de un alcornoque. Ellas afinan el oído por la noche para saber si la niña en la cama junto a los hermanos no se entera de nada. Ellas se asoman. Ellas lavan de rodillas con agua templada.  Ellas cortan pantalones cortos y babis de rayas. Ellas se muerden los labios y aprietan las manos, el jornal perdido si la fiebre no baja.  Ellas lavan las sábanas llenas de orina. Ellas peinan la raya al lado y hacen trenzas. Ellas compran la pizarra, y el lápiz y la carpeta de cartón. Ellas limpian sus culos. Ellas guardan una madejita de pelo entre telas de gasa. Ellas cosen un vestido de retales para una muñeca de cartón escondida debajo de la cama. Ellas lavan los calzoncillos manchados del primer semen, del primer salario, de la mili. Ellas compran dejando fiado la mejor popelina para hacer una camisa que llevaran a Francia, a Lisboa. Ellas van a la estación llorando. Ellas ven como traen un cordero en el primer vagón y el primer nieto. Ellas ahorran en el tranvía para un ovillo de cuerda.

Revolución y mujeres

Ellas hicieron huelga de brazos caídos*. Ellas lucharon en casa para ir al sindicato y a la junta. Ellas le gritaron a la vecina fascista. Ellas supieron decir igualdad salarial, guarderías y comedores. Ellas salieron a la calle vestidas de rojo. Ellas reclamaron una calle asfaltada y agua potable. Ellas gritaron mucho. Ellas llenaron las calles de claveles. Ellas les dijeron a la madre y a la suegra que eso era antes. Ellas llevaron ánimo y sopa a los cuarteles y a las calles. Ellas fueron a las puertas de las comisarías con sus hijos en brazos. Ellas oyeron hablar de un gran cambio que también llegaría a sus casas. Ellas lloraron en los puertos abrazadas a sus hijos que volvían de la guerra. Ellas lloraron al ver al padre ir a la guerra con el hijo. Ellas tuvieron miedo y fueron y no fueron. Ellas aprendieron a leer en los libros de cuentas y a trabajar con los aperos de las fincas abandonadas. Ellas doblaron en cuatro el papel que llevaba dentro una cruz laboriosa. Ellas se sentaron a hablar alrededor de una mesa para ver cómo podrían estar sin patrones. Ellas levantaron las manos en las grandes asambleas. Ellas cosieron banderas y bordaron pequeñas hoces y martillos con hilo amarillo. Ellas les dijeron a su madre, cuídeme a los niños, señora, que vamos a Lisboa en autobús y ya les diremos cómo va la cosa. Ellas llegaron de los suburbios con una cocina en la cabeza para ocupar parte de una casa cerrada. Ellas tendieron la ropa mientras cantaban, con las armas que tenemos en la mano**. Ellas le hablaron de tú a personas con estudios y a los otros hombres. Ellas no sabían a dónde iban, pero iban. Ellas encienden la lumbre. Ellas cortan el pan y calientan el café ya frío. Ellas son las que despiertan por la mañana a las bestias, a los hombres y a los niños que duermen.

*en referencia a la Huelga de Brazos Caídos.

**venceremos con as armas que temos na mão / venceremos por casa, trabalho e pão lema muy popular en las manifestaciones.

***

Maria Velho da Costa (Lisboa, 1938-2020). Poemas de Cravo, 1994.

*Traducción libre de María Sánchez y revisión de João Guerreiro.

R.A. Simione

por la vereda

Escribo este pequeño texto que todavía huele a lana mojada y a lumbre, y no dejan de venirme a la cabeza las palabras de Delia, una de las profesoras de la facultad de veterinaria de Zaragoza que cada año acompaña en uno de los tramos a los pastores trashumantes: “qué bien que vengas, así podrás ponerle palabras a este camino. Todos los años al acabar nos pasa lo mismo, no encontramos palabras.” Quiso la vida que la noche antes de partir eligiera mi mano de la estantería un libro de historias y columnas de Bernardo Atxaga. Abrí una página al azar, y me topé de lleno con estrellas y ovejas. Para los pastores en la noche, Venus es una forma de volver a casa una señal, un amuleto. En euskera, se le llama artizarra: la estrella de la ovejas. Y así comencé la marcha, con un pellizco en el pecho, mezcla de nervios y ganas, como el tintineo dudoso de una estrella que acaba de nacer. Escribo trashumancia y se agolpa una multitud: Vidal e Ismael con sus perros carea llevando con su voz y su paso al rebaño. Juan Vicente y Urbano, hateros, manos que cuidan, que preparan la comida y el fuego. Morita, una cabrita prematura que se nos adelantó a la vida y que la madre no quiso, resguardada de la lluvia a lomos del burro Problemas, acurrucada entre mantas, aprendiendo a mamar y caminar gracias al empeño y el cariño. Las puertas de los pueblos que atravesábamos siempre abiertas, la nueva estela que surge del rebaño al pasar. Las pausas, los silencios, la mano en el hombro. Preparar el perol, siempre cuchara y paso atrás. Ese fuego que a pesar de la lluvia nunca se apaga y no se extingue hasta que no llega el alba, como si ese fuera su único cometido en la vida, como si no necesitara nada más para existir. La vida sencilla, la felicidad reducida aque no haga frío y no llueva demasiado, a que nadie ponga problemas al pasar con las ovejas por las cañadas, caminos públicos, de todas y todos. La vida misma, permanecer juntos, acurrucados, contándonos historias, pendientes, con las manos manchadas de tierra y musgo, exhaustos del camino y del tiempo, pero felices de acercarnos cada día un poquito más al lugar del destino: el que espera lleno de cobijo y alimento. La vida llena, sin parar de latir, pisando sobre huellas de tantos y tantas que con sus animales llevan haciendo la vereda desde hace miles de años, manteniendo el territorio, formando parte de la tierra, creando biodiversidad y siendo guardianes de nuestros ecosistemas y paisajes. Seguir caminando, insistir, a pesar de todas las trabas y zancadillas que siguen poniendo siempre los mismos a la ganadería extensiva y a los trashumantes. No sé si terminaré encontrando palabras para este pellizco, para el rebaño que siempre sigue adelante. Quizás no necesite palabras, porque llevo conmigo semillas, como las que se enganchan a lomos de los animales trashumantes y consiguen germinar a miles de kilómetros, a pesar de, sobreviviendo, dando paso, una vez más, de nuevo, a la misma vida.

*texto publicado en el número de febrero e la revista Vogue.

Fotografías hechas con una cámara analógica lomo de La Peliculera.

eres el primer bebé que nace en una aldea en 64 años y yo necesito escribirte una carta

llegaste ayer a un mundo que muchos creen en pausa y esperan que volverá a la “normalidad” como si nada, como quién coge una flor de la vereda y no piensa en lo que queda huérfano aferrado al suelo. Naciste ayer en el hospital de la ciudad, pero vienes de un pueblo donde viven tus padres, dos personas más y sesenta vacas. Eres muy pequeñito y aún no lo sabes, pero llevarás la tierra bordada en la piel, el olor de la rumia y el barro entre las manos, la canción de los árboles esperando a la nieve. Eres de aldea, y hoy, en un país en el que la mayoría marcha al hospital para morir, tú marchaste ayer para nacer. No olvides nunca el nombre. No sabemos que nos traerá el futuro, pero quiero contarte que hubo casas y vidas condenadas a desaparecer por la repoblación forestal y los pantanos. Que hubo gente que quiso seguir conservando el nombre de su pueblo en el dni y les dijeron que era imposible, que no se puede pertenecer a un lugar que ya no existe en los mapas. Pequeño animalillo, primer bebé de aldea de Valcuende, no escondas y no te avergüences nunca de donde vienes. Aunque sea un lugar minúsculo y lejano, aunque no viva apenas gente, aunque hables más con los terneros y los pájaros, no les des a nadie la oportunidad del desprecio, podrán arrebatarnos el pan y la lengua, pero no el vínculo y la dignidad de nombrar. Aún no lo sabes, ternerito, pero cuando duermas harás que con tu respiración crezca la hierba, que la leche comience a desprenderse por primera vez de las nuevas células. Primer bebé de la montaña, no olvides que también los surcos de la tierra tienen memoria, que hay semillas que hibernan todos los inviernos esperando el latido de la luz. Y que en las manadas de lobos, los mayores y enfermos nunca van detrás -podrían perderse y morir solos-, sino delante marcando el paso al resto, abriendo nuevos caminos entre el frío y los días inciertos cuidando siempre unos de los otros.

m.

*fuente: nace el primer bebé después de 64 años sin niños en Valcuende (León)

*carta escrita para el proyecto Cartas de interior.

¿quedan nosotros?

*Tribuna publicada en El País el 21 de marzo de 2020.

En estos días de incertidumbre, me aferro a los libros. Rebusco citas que anoté en agendas olvidadas de otros años, reviso los cuadernos que nunca acabo y donde siempre escribo sin orden, traspuestos, vuelvo a mirar los subrayados y las páginas que marqué de libros que leí hace tiempo y que no recordaba.

Justo hace un mes, en una libreta que se supone que iba a destinar para escribir mis sueños y que apenas tiene historias que soñé pero sí plantas y flores secas de las que nunca anoto su nombre, escribí una cita de Ursula K. Le Guin, del último libro que tenemos editado aquí, gracias a Alpha Decay, Conversaciones sobre la escritura. Es bonita esa sensación que viene cuando regresas a un texto que enmarcaste doblando una esquina de la página, delimitándolo con una marca, o que elegiste pasar a limpio escribiéndolo en otro cuaderno. Ese desarraigo del texto, la cita o el poema elegido del libro original siempre me ha parecido un exilio quizás forzado a nuestros espacios y papeles, pero precioso y necesario y que nunca sabemos cuando, pero que puede despertar y traer mucho.

Reviso la página y caigo que quizá apreté demasiado el lápiz, casi traspaso y rompo el papel al escribir. Leo la cita de nuevo y tiemblo, pero también sonrío: “El amor no está quieto, ahí como una piedra; hay que hacerlo, como el pan; rehacerlo todo el tiempo, hacerlo cada vez”. Y pienso con urgencia en estos días, sin remedio. Pienso que quizás, podríamos cambiar la palabra amor de esa cita por palabras como ternura y cuidado, como solidaridad y comunidad. Seguro que Ursula no se enfadaría, creo que estaría encantada de que deshiciéramos esta parte escrita suya para rehacernos nosotras de nuevo un poquito, ahora que todas estamos en una especie de herida recién hecha, nosotras también recién desprendidas de nosotras mismas, aprendiendo a reconocer los bordes que antes eran uno y ahora se configuran por sí solos y forman parte de un cuerpo nuevo que empieza a formarse, a tener identidad y camino propio, otro espacio nuestro que tardará en regresar de nuevo hacia aquí, como si nada, pero con una marca y una memoria nueva de la que arrastrar que dejará huellas siempre a su paso.

Escribo esto y de repente me veo a mí misma este verano pasado, sonriendo con un casco puesto en la cabeza con mi amiga Elena, en Atapuerca, aguantándome las lágrimas en los ojos al conocer las historias de Benjamina, una niña que vivió hace medio millón de años en ese paisaje burgalense que yo pisaba y que nació con una deformación en el cráneo que le provocó invalidez; y de Miguelón, un homo heidelbergensis ya mayor que sobrevivió varios meses después de sufrir numerosos golpes en el cráneo y una infección muy grave en el lado izquierdo de la cara. Oyendo sus historias pellizqué a mi amiga porque ellos, en tiempos diferentes de la historia pero sí en el mismo lugar, sobrevivieron a pesar de su invalidez y enfermedad en un grupo trashumante, que siempre estaban en movimiento, porque ellos nunca los abandonaron y los cuidaron hasta sus últimos días. Y creo que esta historia también es una forma de amor. Qué distancia tan grande de ese primer cuidado recogido en nuestra historia, qué grande la brecha de todo aquello hasta hoy, aprendiendo a convivir en esta futura cicatriz en la que estamos, y cómo se encoge la distancia, cuando de repente, se acerca un pájaro a saludar a la ventana, a veces los creo insolentes, sabiendo de mi aislamiento y aprovechando el cristal. Ayer fue una lavandera, hoy han venido un par de veces las mismas aves: una collalba negra, un colirrojo tizón y una pareja de urracas. Anoche, al tirar la basura, quise hablar con la oveja que vive en una pequeña cerca de pasto al lado de los contenedores. Ella, con su cara negra, de la raza inglesa Suffolk, estaba recostada en la hierba, de espaldas a la pared del pequeño cementerio del lugar. Como si al hacerlo supiera que así conseguía mantenerla erguida, en pie, acompañando y cuidando a los que ya no están y no reciben ahora visitas ni flores nuevas. ¿Se darán ellos cuenta de esta falta de nosotros?

En la mesa donde escribo, tengo una piedra gigante llena de agujeritos labrados por el agua del mar. La atraviesa una línea perfecta, que se hunde y que marca el inicio de algo que aún no sé. Me gusta tocarla despacio, cerrar los ojos y pensar cómo la erosión poco a poco fue haciendo su trabajo. Como el agua, el aire y la misma arena ausentes dejan su estela y me dan la oportunidad de comenzar, sin querer, una nueva narrativa fuera del colapso. Y esa línea, también tan perfecta, no deja de decirme que, a veces, no pasa nada por echarse a un lado. Por acompañar sin decir nada. Dejarse llevar y hacerle un hueco a la calma, y esperar que vuelva la hierba, tierna y tranquila, tras la lluvia. Y paso de nuevo la libreta y miro lo último que escribí, una cita de Estamos en el borde, de Caroline Lamarche, publicada en Tránsito, y viene un pellizco: “Cuando digo nosotros, me refiero sobre todo a mí. Vivo solo, pero es nosotros. Sobre todo desde que desapareció. Necesito un nosotros en mi vida. ¿Todavía quedan nosotros en nuestras vidas?”.

por un feminismo de hermanas de tierra

Manifiesto 2020 por las mujeres rurales

Este marzo no nos ha traído la primavera; ya lleva asomando desde invierno demasiado pronto. La falta de lluvias y la emergencia climática en la que nos encontramos hacen más que necesario nombrar la crisis ecológica y climática. Actuar, ser conscientes de la tierra que pisamos, de esos árboles que se secan por primera vez por la sequía pero aun así siguen cobijando nidos y cuidando con su propio cuerpo a las nuevas crías. Cosirando, como esa palabra tan bonita del aragonés que implica estar pendiente, mirar, dar una vuelta para comprobar cómo están el huerto, los animales, los demás. Cosirar, cuidar, querer.

Hermana,

nosotras

también somos así. Y venimos de esto. Somos nietas, hijas, sobrinas, hermanas, madres… de tantas y tantas mujeres que no tuvieron opción de decidir y quedaron a la sombra. En la umbría, fuera de la atención y de la luz, cargando con una mochila enorme y pesada de cuidados, tareas domésticas, campo, huerta, animales, hijos, hermanos… sin recibir nada a cambio, con las manos abiertas y agrietadas de trabajar después de dar toda una vida para los demás que no existe para muchos ni se tiene en cuenta, porque no se valora ni se remunera como debería. Somos las ramas de esas mujeres árbol que mantuvieron las casas de nuestros campos y nuestros pueblos con sus mismos cuerpos, y que hoy malllaman mujeres todoterreno y heroínas del rural para ocultar una situación gravísima de machismo y desigualdad.

Mujeres invisibles, en los márgenes, a las que muchas veces no tenemos en cuenta en nuestras luchas sin empatizar con sus tiempos y sus ritmos… Mujeres a las que creemos hermanas de todos los feminismos, diversas… y que necesitamos reivindicar no solo en nuestros pueblos, sino también en las ciudades, ya que el machismo y la desigualdad es una infección que alcanza todos los estratos de nuestra sociedad. Hoy queremos reivindicarlas. Pensar en ellas. Nombrarlas. Por todas aquellas que tuvieron que dejar su casa a la fuerza por un pantano o una repoblación forestal. Por aquellas que tuvieron que marchar fuera de su pueblo y trabajar en la ciudad como sirvientas, cocineras, limpiadoras, camareras, niñeras, operadoras de fábrica… Por todas las mujeres que han seguido cuidando desde la distancia a los suyos, levantando un territorio que jamás las ha nombrado ni recordado como merecen. Por aquellas que ya no están y ni siquiera pudieron volver. Por todas las que siguen emigrando para buscar las oportunidades o los servicios que no encuentran en sus pueblos.

Por todas.

Por todas las que mantienen viva a esta España vaciada que tanto resuena en los medios y que siguen cargando con la misma carga de cuidados en nuestros medios rurales sin los mismos derechos ni servicios básicos que en otros puntos del país. Son ellas; somos nosotras, convertidas en ciudadanas de segunda, las que cuidamos lo que el Estado olvida, lo que el Estado nos quita. Y queremos que la Administración no piense solo en satisfacer las demandas de las ciudades, porque nosotras también necesitamos servicios básicos. Queremos poder decidir si irnos o quedarnos. Queremos soberanía alimentaria, ganadería extensiva y agroecología. Queremos crear comunidades, mantenerlas, ayudarnos siempre las unas a las otras. Sentirnos reconocidas y respaldadas.

Hermana,

este sudor que hemos heredado y cargamos es invisible,

pero está presente en cada huerta,

en cada casa,

en cada escuela,

en la misma tierra.

Estas manos, que nadie ve y nadie calma. Estas manos que trabajan la tierra, cuidan a los pequeños y a los mayores, mecen la cuna, dan de comer, cuidan de los animales y de las huertas Estas manos llenas de historias, tradiciones, oficios y palabras heredadas a través de la voz. Una voz viva que si no cuidamos morirá con nuestras antepasadas.

Estas manos que no tuvieron opción y de las que nunca se preocuparon, y siguieron a pesar de todo tejiendo territorio, familias, comunidades y pueblos.

Estas manos que se rompen en silencio y sin protestar detrás de la barra del bar, que esconden las duras condiciones de las mariscadoras, que saben de la triple discriminación de nuestras hermanas migrantes jornaleras, que conocen la precariedad de aquellas a quienes sus familias olvidaron en algún lugar, y que quieren acompañar y dar cobijo también hoy a nuestras hermanas trans. Estas manos que están abiertas para recibir e integrar a todas las personas nuevas que vienen a vivir a nuestros pueblos.

Hoy, muchas mujeres de nuestro medio rural no podrán participar en los actos que hay preparados porque no tienen opción ni ayuda posible: solo la de quedarse en casa o en el campo y cuidar. Por ellas, por su ausencia, por todas las injusticias que han traído siempre a cuestas en sus manos, por todo lo que han hecho por nosotras; hoy queremos gritar, denunciar su situación, homenajearlas, decirles que estamos aquí con las manos y la voz dispuestas. Estamos aquí. No estáis solas. Queremos deciros que somos también madriguera, un refugio, una red: como las ovejas cuando hace calor, que se agrupan y protegen sus cabezas las unas debajo de las otras. Aquí estamos, hermanas.

Aquí estamos para ser rebaño. Un rebaño infinito y diverso.

Para cosirar las unas de las otras.

Porque ya estamos hartas de que digan de que nuestra tierra está vacía, hay muchas manos invisibles de mujeres que lo mantuvieron y lo mantienen vivo.

Por un feminismo de todas,

por un feminismo de hermanas que cuidan.

Por un feminismo de hermanas de tierra.

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Puedes adherirte a nuestro manifiesto aquí. Somos rebaño. Juntas, mejor.

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La ilustración es de Pilar Serrano. Podéis descargarla para imprimirla aquí.

Este año las amigas de Ajuar comparten con nosotras la Jota de la Huelgapara que la cantemos todas juntas.

(Este Manifiesto fue escrito por Lucía López Marco María Sánchez. Gracias a los consejos y anotaciones de Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

A lo largo del día se subirán a esta entrada el manifiesto en todas las lenguas de nuestro territorio.

en aragonés traducido por Lucía López Marco

en asturiano traducido por Iniciativa pol Asturianu.

en cántabro traducido por Marcos Martínez Romano

en catalán traducido por Elisenda Rovira

en euskera traducido por  Leire Milikua Larramendi

en gallego traducido por David Lourido, de O Tempo da Aldea