amoroso proceder

texto para el folleto de mano de El lugar y el mito, diálogo contemporáneo a partir del mito de Don Juan, de Paola De Diego.

Luz Soria

¿Dónde nos encontramos? ¿Quiénes somos como espectadores? ¿Qué buscamos? ¿Qué se prende cuando se cierra el telón? ¿Qué queda dentro de nosotros una vez que acaba el espectáculo? Fue el dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht quién contaba que es el teatro el lugar donde no se dan juicios, conclusiones y respuestas, sino donde se plantean las preguntas. Y puede que sean las preguntas que surgen una y otra vez las que nunca dejen de darle forma, las que hagan de él un espacio único y maleable, recién hecho, un artefacto que nunca deja de crecer, romperse y reinventarse. Una voz sentencia en El Burlador de Sevilla: “También es camino este”. No dejan de ser estos lugares y mitos que aquí se presentan una nueva senda llena de palabras, seres y organismos, pero que conllevan, a su vez, nuevas preguntas. Somos los espectadores, en este punto, parte de un engranaje vivo, universal, que nunca, nunca se detiene. ¿Sin nuestros cuerpos sería posible la obra? ¿el paisaje? ¿la voz? ¿la misma palabra escrita y contada? Materia atravesada somos, y como Don Juan, incluso, más allá de los límites de la representación, formamos parte de linajes y sistemas que seducen, manipulan, extraen, contaminan, mancillan, toquetean, engañan y transforman. Quizás llegó la hora de cuestionar lo establecido y dejarse llevar sin miedo por entablar nuevas conversaciones fuera del centro, del poder, del mismo escenario. Una y otra vez regresamos a las historias antiguas, estamos sedientos, deseosos de nuevos futuros, de otras posibilidades. Ahora nos rehacemos sin reparo, queremos sacar los textos de nuevo, repensarlos desde otros lados, en los cuales podamos sin miedo romper jerarquías, lógicas y relatos construidos sobre los mismos cimientos antropocéntricos, extractivistas, coloniales y occidentales. Futuros sorprendentes nos aguardan si aceptamos la invitación a estos nuevos ejercicios de atención que nos sacuden, que nos interpelan a nuevos procesos y diálogos constantes desde otros vértices y comienzos. Tal vez no hay mejor sitio para ello que el teatro: un espacio de encuentro, pero a la vez colisión, donde las grietas tras la fractura también pueden albergar – no solo a nosotros- nuevas costumbres, dinámicas, cuerpos y relatos. Es la interrogación, la simple duda, un campo que se abre y no limita ni impone, un halo de luz desde el que podemos repensar el territorio no desde la dominación, el saqueo o la propiedad, -aquí no vale un nosotros imponente desde fuera y desde arriba-, sino un todo, una mixtura sin distinción en el que podamos jugar y temblar, en el que podamos inclinarnos, contemplar, elegir, abrirnos a ser rama, canto, germen, micelio, espora, vuelo, oruga, musgo o raíz. También los vínculos, las conversaciones y los afectos se encuentran llenos de prejuicios y jerarquías, y por mucho que nos pese, no dejamos de ser, sin remedio, las historias que nos contamos. Inconscientemente, muchas veces sin quererlo, en algún momento o circunstancia hemos sido don juanes para otros, somos parte de un conglomerado que atraviesa territorios y cuerpos como el personaje, que, a través de la seducción, trucos, palabrerías y engaños, depreda y caza los honores de toda mujer a la que termina reduciendo a simple objeto y capricho bajo las falsas promesas del amor eterno y el compromiso. Vivimos, sobrevivimos, habitamos muchos parajes que han sido convertidos en zonas de sacrificio por la producción y el beneficio, y también, aunque nos sorprenda, por la belleza. A través de ella, y por alcanzarla, contemplando solo el fin, hemos transformado y maltratado cuerpos, recursos, seres, paisaje. En estas tablas no son solo actores y actrices los que realizan su función, nos reciben diferentes especies vegetales, naturales y artificiales abrazando plástica, texto, movimiento y representación, cuestionando los paisajes asimilados y preconcebidos. Nunca podríamos encontrarlas conviviendo juntas, afuera, en este estrato en el que hoy vivimos, pero, ¿no somos nosotros acaso esa especie que no termina de llenar los ecosistemas de especies invasoras, diálogos y amantes? Esta disposición podría ser faro, luciérnaga que nos invita, un primer paso para rebelarnos contra el silencio, lo establecido y la domesticación. Y no vale fuimos, sino somos, el porvenir se hace a base de latidos y dudas, con los gestos de aquellos y aquellas que hicieron posible un ayer. Nos toca a otras usar otros ritmos, otras brújulas, despojarnos del miedo y la vergüenza, habitar una nueva casa viva, hecha de otros y otras, donde no convivan recelos ni espantos por mostrar los silencios, los rotos y zurcidos, los titubeos y las fragilidades. De vulnerabilidad e interdependencia estamos hechos e irremediablemente unidos, por mucho que le pese a aquellos que orbitan alrededor de un sistema que hoy nos deshonra y maltrata. Y aquí vuelve el mito: convirtámonos en salamandras, más bien en toda la ficción que las envuelve y que hoy puede articularlas de nuevo en estos tiempos de emergencia climática y pandemias. Contaba la creencia que estos anfibios pueden resistir al fuego. Ellas representaban renacimiento y pasión, la asombrosa capacidad de resistir ante las llamas. En esa resistencia tal vez pueda hallarse una nueva forma de pensar y vivir los espacios, otro modo de esperar sin urgencias todas las palabras y pensamientos que quedan aún por brotar. Para que haya un futuro tiene que haber un ayer, entre ellos se tejen a su vez los fantasmas que un día atormentaron al burlador y en los que nos convertiremos un mañana. En el nacimiento de toda obra, palabra, voz, gesto y acción, hay posibilidad de nuevas partículas, ideas con las que podremos elaborar otros textos, otras vidas, otros movimientos, transformarnos así en semillas que germinen entre nuevos senderos y relatos fuera de expolios y centros. Podría ser este proyecto de Paola de Diego, que comienza a crecer ya aquí, entre estas palabras, un amoroso proceder, una nueva deriva, un rehacer sin prisa, entre cuidados, vínculos y afectos, un dibujo que comienza a trazarse, que contemple en el agua el reflejo de lo que un día cualquiera nos gustaría ser. Otros espacios podrán surgir si damos cobijo a otras palabras y presencias, por ejemplo, a un árbol, en un lugar como es este. El teatro, casa única- para vivos y muertos- alberga cada día una multitud diferente llena de multitudes que conversan y reciben mañanas e historias que también son posibles en las palmas de sus manos. 

Luz Soria

Alimentar lo cotidiano

Columna publicada en Comer La Vanguardia para diciembre

La directora Manuela Serra durante el rodaje de ‘O movimento das coisas’ 

Un cuerpo se despereza. Entra en la cocina, enciende la radio nada más aparecer en la escena. Luego vendrán el fuego, el ritual de la cafetera, unos segundos después las manos aprovecharán antes de que suba el café para recoger algún mechón que se rebela frente al espejo. Después cogerán un pedazo de pan seco, lo mojarán dentro de la taza; de fondo, un segundero apremia, la jornada acaba de comenzar. Otro lugar, otra escena. Otro cuerpo, que se encorva, ordeña una vaca en el establo. De repente el alboroto, bajará una multitud de niños que se sentarán a la mesa, esperando el hervor de la leche recién traída para desayunar. La puerta de la cocina siempre entreabierta, a la casa, al establo, al trocito de patio donde se adivinan aperos, donde un perro atado a una correa se relame pensando quizás en rebañar el cubo del ordeño, ahora vacío. Luego jugará con una niña que aún no lo sabe, pero algún día se verá a sí misma en la película y sonreirá pensando en que tuvo, a pesar de todo, una infancia feliz. El primer cuerpo se subirá al autobús que lo llevará a la fábrica lejos del hogar. A la vuelta, se sentará en el suelo y abrirá un baúl lleno de sábanas y toallas cuidadosamente dobladas, ahí espera su ajuar con sus iniciales bordado. El segundo quedará en casa y seguirá el trabajo: hacer el pan, cuidar el huerto, arreglar la colada, llevar la comida al descanso de la faena de los hombres, estar pendiente de los niños que son demasiado pequeños para estar en la escuela, ir al mercado, llevar el carro con las vacas, acariciar una gallina mientras sucede la conversación con otros cuerpos, preparar la cena, esperar a los que trabajan fuera, sonreír cuando el marido dice sí, está buena la comida, mujer. El fuego siempre encendido, la vida del día a día en los sus gestos, en los silencios que inundan todos los pasajes pero que en su mayoría reflejan más que algunas palabras.

Así respiraban las cosas, un día tras otro, hace casi cuarenta años. Son algunas labores y secuencias que vemos en O movimento das coisas, la única película de la directora portuguesa Manuela Serra, que retrata de forma única algunas jornadas de trabajo en Lanheses, una pequeña aldea en el norte de Portugal, entre Viana do Castelo y Ponte de Lima. Una película que podría ser un poema, una canción popular, la sucesión de las estaciones, toda la luz que se desenvuelve en el transcurso de un solo día. Los cuerpos de ellas, mujeres fantasma, trabajando por y para los demás, nos guían entre escena y escena, mientras sigue el orden, todo lo que hay pendiente por hacer y el único fin que no debe alterarse: que la vida de los demás siga como siempre, sin altercados ni ausencias. En una entrevista reciente, la escritora Mercè Ibarz contaba que “una obra de cultura es un retrato colectivo: de la memoria de los ausentes y de los que siguen ahí, de tu relación con ella, y con otros que la aman o la odian, de tu propio paso del tiempo”. Y es exactamente lo que consigue Manuela Serra, un retrato colectivo de una comunidad que pende entre las costumbres y el ayer de la mano, entre otras tareas, del barquero que cruza el río, y el mañana, que se presenta poco a poco en la fábrica y un puente a medio construir. Luego el hormigón y las máquinas terminarán de hacer su trabajo. Cuenta la leyenda que, quien bebía agua del río Limia, olvidaba por completo todo lo que había vivido justo hasta el instante que el agua formaba a pasar parte del propio cuerpo. Funciona la película como antídoto contra el olvido: nos lleva a una vida, no tan lejana, totalmente reconocida para nuestras madres y abuelas, también para nosotras. No quedamos inmunes a algunos de los restos que nos alcanzan de un pasado que algunos quieren rescatar contando medias verdades y llenando de nostalgia desigualdades y silencios. Quizás de ahí también el título tan acertado para esta obra, el movimiento de las cosas: las idas y venidas sin parar de todas aquellas que envejecieron antes de tiempo, que siguieron cantando a pesar del trabajo, de la dictadura, de la rueda de molino que les tocó girar día tras día para que la vida no dejara de correr. 

Manuela Serra tuvo la clarividencia de revelar lo que no hemos sido capaces de ver, nombrar, reconocer y denunciar hasta hace poco. Pero su mirada llegó antes de tiempo. Cuenta Manuela Serra en alguna entrevista que el fin de su carrera en el cine lo precipitó un entorno demasiado masculino, en el que le era imposible resistir. Tuvo que retirarse porque se sentía acosada, ignorada, insultada, también —confiesa— agredida físicamente. No dejaba de pensar, al terminar de ver la película, que regresó a las salas tras ser invisible durante casi cuatro décadas, en cómo habría sido la carrera de esta directora si hubieran venido otras aguas, otros trayectos, otros tiempos. Cuando el color negro inundó la pantalla, recordé unas palabras de Chantal Akerman sobre su película Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles, que justo esta semana ha sido elegida la mejor película de la historia en una encuesta de la revista Sight & Sound: “La diferencia, creo que es, que un hombre no habría hecho esta película. Desde que nacen, a ellos se les enseñan valores diferentes. Una mujer lavando los platos no es arte. No era un reto consciente. Simplemente, conté una historia que me interesaba, y este es el resultado.”

Equivocarse de mundo

Columna publicada en el número de noviembre de 2022 de El Salto

Histoire naturelle des singes et des makis
Paris,L’an VII (1797).

Cada mañana, el mundo en el que una vez fuimos y vivimos se deshace un poco más. Los paisajes en los que crecimos, aquellos que amamos y que llevan consigo nuestras genealogías e historias, se van convirtiendo, cada día, en algo lejos de ser reconocible. Desaparecen con ellos memorias y vínculos únicos, acontecimientos que solo se encuentran y fueron posibles porque cada monte, arroyo o umbría fue el sustrato extraordinario y certero para albergar cada pequeña comunidad. Estamos atravesadas por un dolor que nos hace reflexionar y reconocer que quizás, la mayoría de los lugares de los que venimos son resultado de los impactos y heridas que hicieron las generaciones anteriores. ¿Es todo este territorio que amo un organismo moribundo?  Pero todavía la tierra nos habla, juntas y entrelazadas podemos romper jerarquías y conceptos preestablecidos y heredados, sacar del centro nuestra conciencia, transformar nuestra mirada en algo que también implique nuestros cuerpos y acciones, que vaya más allá de uno solo. Tal vez debamos comenzar a romper los relatos, todas aquellas historias que solo empiezan por y con el yo. Puede que sea hora de quebrar el espejo que siempre refleja solamente al mismo otro, hacer añicos así este relato autocéntrico que domina y saquea, reparar, que sin los otros (sean humanos, mamíferos, micelios, vegetales o guijarros), el yo propio y pensado como único nunca fue, no es ni será posible. Porque todas las veces que salimos de esa narrativa y nos abrimos al mundo que también somos, cada vez que nombramos y compartimos, estamos rompiendo el silencio, asistiendo a nuevos nacimientos. Nombrar no deja de ser en cierta forma, otra manera de nacer. No existimos sin el territorio y sin pequeñas comunidades que nos albergan y habitamos, convirtiéndonos también nosotros en comunidades para otros. Todavía en la tierra queda esa conversación pendiente, y estamos a tiempo de aprender esa lengua común que hace posible la vida, la lluvia, el mismo universo. ¿Qué significa ahora el futuro? ¿Podremos sembrarlo ahora? ¿Será posible convertirnos en buenas ancestras para los que vivan en el mañana? Quizás sea el árbol, el pelaje de un depredador, la semilla envuelta, la luz del firmamento la que pueda darnos también la palabra. Son necesarios nuevos compromisos compartidos, otros modos de hacer e imaginar, otras formas de prestar atención y cambiar así radicalmente la manera en que nos pensamos a nosotros mismos y a los otros. No somos posibles desde la individualidad y la inmediatez. Como una luciérnaga me ilumina lo que propuso ese ser que escribe, como le gustaba decirse a sí misma, la portuguesa María Gabriela Llansol, que pensó la posibilidad de acabar con las jerarquías, también en el espacio de los afectos. Debemos reconocer que incluso ellos son alcanzados por órdenes y categorías. Porque no dejamos de respirar el mismo aire que hace posible el vuelo de una abubilla, el florecimiento de las encinas, la descomposición de lo que fue y sustenta al fin y al cabo lo que hay debajo de nuestros pies. Es hora de demoler todas aquellas viejas creencias. Y de ella a otro faro de luz, qué bien lo explica el filosofo francés Oliver Remaud en su maravilloso libro Pensar como un iceberg: “Con frecuencia solo prestamos atención a nuestros semejantes…En eso reside la ilusión: creer que nadie nos escruta cuando estamos lejos de nuestros congéneres. Creer que vivimos de incógnito cuando estamos solos. Creer, en fin, que estamos realmente solos. Es equivocarse de mundo” 

Instrucciones para aliñar aceitunas

Columna publicada en Comer La Vanguardia para noviembre

No es una piedra cualquiera. Descansa por encima del suelo, en el poyete de la ventana, desde fuera pareciera que la reja la protege, la guarda del frío y de lo extraño. Más de treinta años me separan de ella. Mirándola me descubro un poco envidiosa, pensando en todo lo que escuchó y vivió desde allá arriba, sin quererlo ni buscarlo. Vino del campo. Unas manos la eligieron de forma cuidadosa para su futuro cometido. Hoy, una vez más, la tocarán otras, un cuerpo nuevo y forastero que llegó impaciente a la casa. Me pregunto qué fue lo que la convirtió en elegida para desempeñar este trabajo, que nunca se sustituyera por otra, que se dejara siempre bien puesta al terminar. Fue escogida y se queda sola, como el olivo de la cerca donde estuvimos por la mañana, hijo de uno mayor que fue traído del monte para ser uno más en el pueblo, para esperar tal vez cada año la misma ceremonia. Cogemos algunas aceitunas, son pequeñas, casi no sirven, pero nos empeñamos, quizás como si fuera un conjuro para llamar esa lluvia que tanto necesitamos y que no viene. A puñaítos, así las cogía mi abuela, cómo podía, desde pequeña; así también las cogió mi madre, también niña. La hierba que aún no fue está deseando romper y nosotros nos obstinamos, buscamos entre las ramas las que creemos mejores, llenamos un canasto antiguo de ellas y nada más. Mientras, él no deja de contarnos, nosotros, nosotros nacimos con la aceituna. Al terminar, volvemos al mismo caminito por el que llegamos, sin prisa, hablando de lo que un día fue y no será más. A la tarde, aquí estoy: me recibe la piedra. Dentro, mi tío Manolo intenta escribir —tembloroso— todos aquellos poemas que se sabe de memoria, y que sin pudor los cobija en cualquier conversación para recitarlos. A pesar de que la vista falla, ahí sigue, aferrado al papel, quizás queriendo ser ese niño que nunca pudo ir a la escuela. Por las noches, después del campo—cerro arriba, cerro abajo—, cruzaba la ribera para llegar a las clases del maestro. Justo en este instante, cambia la mesa camilla por una tabla, coge sin prisa piedra y aceitunas. Me enseña cómo prepararlas, una a una; cómo darles con decisión el golpe, sin partir el hueso. Mientras, vuelve el poema, la retahíla de versos entremezclados con un zurcido de recuerdos que sigue vivo a pesar de los achaques y los retazos. Él se irá, me dice mientras parte las aceitunas, él se irá y se quedarán sus olivos solos, y con ellos sus compañeros, los pajarillos, los senderos a reventar de alpargatas y espuertas. Se acercaba la muerte y recuerda cómo su abuelo, dijo sin titubear que ya no podría acompañarlo más. De estas aceitunas vengo, me digo mientras me mancho los dedos y acompaso el golpe con el corazón. Qué bien arreglaba tu abuela las aceitunas, así es la despedida. Llegará la noche y la llamaré por teléfono, le preguntaré por su receta, por las cantidades, por los tiempos. Comenzará a reírse, me dirá: déjate de faenas, que ya te arreglo yo unas. Pero hace años que dejó de hacerlo, y no sabré si para ella ese paso del tiempo es un ayer reciente o un olvido que recién comienza. Anotaré en el cuaderno sus instrucciones. Primero hay que endulzarlas, con agua, y cambiársela a los tres días. Mi tío me contaba cómo las dejaban en las fuentes que hoy se volvieron fantasmas. No hay precisión ni medida exacta: hay que cambiar el agua hasta que se vaya el amargor, aparezca la dulzura. A ojo, me dirá, tú a ojo, ya verás, diez hojas de laurel, láminas de ajo o los dejas machacaítos enteros, cuatro o cinco pimientos rojos, cuatro pimientos verdes, sal —que admite bastante—, vinagre de vino blanco y un poquito de comino molido. Yo le preguntaré varias veces que cómo sabré si están bien, si se volvieron al fin dulces. Al día siguiente recogeré el hinojo para añadirlo una vez que estén listas. Nos las llevaremos al norte, iremos por auga a fonte y comenzaremos el ritual. Habrá que dejarlas cubiertas de agua, tapaditas, solas, a oscuras. Día tras día volveré a revisarlas, y me acompañaré de paciencia y de mimo, puede que un día caminando tropiece y venga una nueva piedra. Aquí también aguardan, y saben —como me recordó mi tío Manolo— que, en el campo, uno nace viendo sembrar. 

Un ayer en el aire

Columna publicada en Comer La Vanguardia para octubre

Hay una pared. Cerca crece un árbol que se comba poco a poco, mientras coches y transeúntes pasan, siguen su rutina sin reparar en lo que permanece más arriba de lo que le deparan sus ojos. Hay una pared, una pared casi desnuda, si no fuera por una alacena que se abre al aire. En ella, algunos platos y tacitas, alguna botella; si entrecierro los ojos adivino un bote, algún cubierto suelto, algunos frascos de cuyo contenido nunca podré saber. Reparé en ella la primera vez porque un gato me llamó desde el solar que ahora ocupa la casa fantasma. No sé por qué miré hacia arriba, tal vez un susurro, un crujir de hojas, un tintineo en un cristal por el viento hizo que desviara hacía allí mi atención. Quedé prendada por esa voluntad de persistir, por esa mera existencia de un rincón al que le arrebataron prácticamente todo: un hogar reducido a ese hueco labrado en una medianera. Imaginaba las manos que dispusieron todo lo que hoy queda. Qué se llevó de ese ahí, qué decidió que se quedara a la intemperie. Sin darse cuenta les otorgó así un nuevo lenguaje, otros nuevos usos, quizás, soportando las inclemencias, las miradas de fuera, otros cuerpos desde la distancia. Aquí quedan, en el otro lado, quienes nunca pudieron abrir esa puerta, preparar la comida, quizás servir una cucharadita más de azúcar, dos platos soperos para engañar al hambre, una copa para celebrar o para hacer más llevadera la soledad. Sin darme cuenta, me escucho a mí misma intentando hablar a los objetos, preguntando por aquel o aquella que observaba y vivía a través de ellos, intentando arañar esa transparencia del amor que tal vez queda suspendida en los detalles. El gato maúlla y yo sigo tanteando diferentes formas de adivinación. Hay una pared y vive en el aire porque alguien se fue o tuvo que irse, puede que el dinero nunca alcanzase, puede que solo quedara la opción de intentar vivir al otro lado de un mar inmenso y feroz. Pienso en esas cosas en las que nadie repara como objetos de transición, lugares momentáneos de fuga que nos trasladan a todas esas historias que llevaron bordadas nuestros antepasados, hechas de ausencias y exilios, de derrumbes y silencios. Desde esa altura, ese fragmento de cocina permanece, resiste, no deja de contarme, otra historia antigua que no conozco. Nada existe aislado, por sí solo, y quizás, si lloviera, una maraña de hilos uniría mis manos con ese pedazo de otro tiempo, con el animal que me vigila atento y espera por si cae algo de comida, con el árbol y las zarzas que han usurpado lo que en un día fue una casa. Aquí acaso surge una nueva confidencia, una grieta que se abre y que hace posible que comience de nuevo el mundo. Sonrío, sigo pendiente de la alacena, recreo una y otra vez una posible aparición. No una mujer entumecida de soledad y de tareas, no un cuerpo enfermo, hambriento o cansado. Un mantel impecable, olor a café recién hecho, algún dulce y castañas en el medio, mientras las bocas celebran y no callan. La puerta de la pequeña despensa abierta, de cara a la luz, me permite formar parte de esa merienda que quizás algún día fue. Comienza a nublarse, el gato se gira en busca de refugio, y yo vuelvo a caminar antes de que las gotas hagan visibles los hilos. Rompe la tormenta y no me queda más remedio que guarecerme en un soportal. Cómo no, levanto la vista hacia arriba y hay otra pared, otro ayer en el aire, con otra alacena pequeña, abierta. En el borde, una taza de porcelana —demasiado fina, me digo— cuelga de una alcayata que resiste ahí, engarzada a la madera a pesar de la humedad, del tiempo y la carcoma. ¿Cómo será posible? Tiembla mientras la miro, insolente, y regresa a mí el poema de Silvia García en Nenas medrando: «Non sei cantas cousas do mundo/ aguantarán no seu lugar// vou vixiar/ para que os obxectos// non desaparezan».

Las que se levantan

Columna publicada en Comer La Vanguardia para septiembre

‘El Banquete’ de María Alcaide, en Alcuéscar 
(foto: Asier Rua)

La memoria es caprichosa: aparece y hace de las suyas cuando menos te lo esperas. Conmigo últimamente, juega a presentarse sin invitación, a la hora de comer. Despliego el mantel, lo aliso con las manos, dispongo vajilla, servilletas, vasos y cubiertos, y de golpe llega la risa de mi abuelo, el olor a naranjas recién cogidas del árbol, los cristales empañados nada más abrir el puchero, mi abuela, mi madre, ellas, ellas nunca sentadas del todo, yendo y viniendo, detrás, en cualquier parte. Escribía el poeta argentino Roberto Juarroz que en el centro de la fiesta no hay nadie, que en el centro de la fiesta es donde está el vacío. También, replicaba, que en el centro del vacío hay otra fiesta. Recuerdo cómo se presentaban y se desenvolvían ante mí los misterios del mundo, cómo se desenrollaban las conversaciones en la mesa, mientras otras recogían y quedaban al margen, esperaban tiestos y cacharros, agua hirviendo y mistol. En ese centro de la fiesta había un vacío porque eran las de siempre las que nunca estaban, un lugar que a veces les era prestado un momento, un suspiro, porque la casa es un organismo que nunca descansa, un trapo viejo que siempre será necesario zurcir Tal vez, de ahí, las confidencias y los susurros arraigaban en otros espacios, mientras los grandes relatos quedaban prendidos con ellos en el mismo mantel. Recogiendo, enjuagando, secando los platos, metiéndolos de vuelta en la alacena, guardando el pan sobrante en la misma bolsita bordada de paño, fue en esos momentos y espacios donde la jerarquía doméstica me daba la bienvenida a los asuntos de mujeres. Un universo aparte con un lenguaje propio entre fuegos y silencios. Quedarse después de comer sin levantarse de la mesa no dejaba de ser, a fin de cuentas, símbolo de poder, de estatus. Permanecer quieto, hurgar entre dientes, huecos y encías, esperar al café mientras se juega con la servilleta, reposar, mirar el telediario, aguardar al sueño; al fin y al cabo, privilegio de unos cuerpos sobre otros. Puede que de ahí nazca una obsesión impaciente por la mesa: un lugar que no escapa de todas las circunstancias que no dejan de atraversarnos. Quizás, por eso, algo me pellizcó y me encandilé cuando vi las imágenes de El banquete, la intervención de la artista Maria Alcaide para los talleres de Filare en el pueblo extremeño de Alcuéscar. Porque en el centro de la fiesta siempre hay un vacío que pellizca, que escuece, un no-lugar que por fin se reivindica y se deja ver. En aquella mesa tan bonita y bien dispuesta se sentaron las mujeres del pueblo, las mayores y las jóvenes, las que nunca vieron el mar y las que por fin regresan. María, a través de la comida y la genealogía, con esta intervención, erigió un altavoz precioso en el que se engarzaban las historias personales de cada habitante y del pueblo entero. Alrededor de la visibilización de sus trabajos, se rehicieron los blasones y heráldicas del lugar. No se tallaron en piedra esta vez. Todas ellas, sentadas a la mesa, sin recados ni urgencias rompieron relatos y poder. Los linajes y las historias propias del territorio se volvieron orgánicos y vivos. Cada mujer inventó o rehízo su símbolo con los productos locales y ecológicos de la tierra: frutas, verduras y vino. Y así se equilibró el centro, y aparecieron la fiesta, la cháchara y la risa, los nuevos relatos que reparan pero que también hermanan, sueñan, crecen. El pueblo se volvió banquete, sustento, alegría, pan, redignificando la vida de todas aquellas que trabajaron a la sombra, calladas, invisibles. Maria sonríe al contarme que todo terminó en una comilona improvisada: blasones y escudos se convirtieron en alimento y fueron celebrados esta vez en el estómago, con pan y otros avíos que pusieron las vecinas. Del vino se encargó el cura. En el centro del pueblo no hay un vacío porque que hay una fiesta, y es ahí, en la fiesta, donde hay un banquete, en el que se quedan, por fin, las que primero siempre se levantaban. 

Una conversación pendiente

territory in bird life

Afirma Robin Wall Kimmerer en su maravilloso libro Una trenza de hierba sagrada que la verdad de nuestra relación con la tierra no está escrita en ningún libro tan bien como sobre el propio terreno. Pero ¿conocemos las lenguas que habitan y propician la vida un día tras otro en la tierra que pisamos y nos relacionamos? ¿Sabemos leer el paisaje que vemos más allá de nuestra ventana y nombrar las fuerzas que hacen posible que hoy florezcan los ciruelos y el polen comience de nuevo su viaje? Delimitamos y encerramos la lengua solo a nuestros cuerpos, parece que solo le corresponde al humano el habla y la escucha. Pero nada más lejos de la realidad, no dejaremos nunca de formar parte de una conversación más extensa, más amplia, que no deja de desenvolverse allá donde nuestra vista nunca llega. Muchas definiciones y conversaciones -reducidas a nosotros, orbitando alrededor del antropocentrismo, como si nosotros estuviéramos solo a cargo del mundo y no fuéramos partícipes de las fuerzas y relaciones a las que están sujetas otras maneras de vida-, nos aíslan de lo que vive y nos sostiene, de lo que nos rodea y nos alimenta. Quizás debamos intentar llenar nuestras palabras de poros, pensarlas como esponjas, posibilitar así nuevos acercamientos y hacer de la conversación una membrana permeable que se deja hacer, que se atraviesa por todo aquellos y aquellas -humanos y no- que existen dentro de la tierra. Convirtámonos en seres porosos, conscientes de la vulnerabilidad y la interdependencia en la que estamos enredados, y gracias a las cuales despertamos cada día. Las palabras determinan nuestro mundo, pero también podríamos reparar en las otras, abrazar y aprender las palabras de todos los que no escriben en la lengua que hemos hecho primordial y única. Abramos las puertas, seamos ventanas abiertas a un paisaje vivo lleno de lazos y vínculos que todavía nos habla, que espera, quizás, que nos detengamos un segundo para entablar un diálogo. Dejémonos ser, o como reza un fragmento de Empédocles: Once I was boy and girl, bush, bird and silent fish jumping out the sea

***

Una conversa pendent

Afirma Robin Wall Kimmerer, al seu meravellós llibre Una trenza de hierba sagrada, que “la veritat de la nostra relació amb la Terra no està escrita en cap llibre tan bé com sobre el terreny mateix”. Però coneixem les llengües que habiten i propicien la vida un dia rere l’altre a la terra que trepitgem i amb la qual ens relacionem? Sabem llegir el paisatge que veiem més enllà de la nostra finestra i anomenar les forces que fan possible que avui floreixin les pruneres i que el pol·len torni a començar el seu viatge? Delimitem i tanquem la llengua només als nostres cossos, sembla que la parla i l’escolta només corresponen als humans. Però res més lluny de la realitat, mai no deixarem de formar part d’una conversa més extensa, més àmplia, que no deixa de tenir lloc allà on la vista no ens hi arriba mai. Moltes definicions i converses —reduïdes a nosaltres, orbitant al voltant de l’antropocentrisme, com si només nosaltres estiguéssim a càrrec del món i no fóssim partícips de les forces i les relacions a què estan subjectes altres maneres de vida— ens aïllen d’allò que és viu i ens sosté, del que ens envolta i ens alimenta. Potser hem d’intentar omplir les paraules de porus, pensar-les com a esponges, per fer possible, d’aquesta manera, nous acostaments i fer de la conversa una membrana permeable que es deixa fer, que es travessa per tots aquells i aquelles –humans i no– que existeixen a la Terra. Convertim-nos en éssers porosos, conscients de la vulnerabilitat i la interdependència en què estem enredats i gràcies a les quals despertem cada dia. Les paraules determinen el nostre món, però també podríem parar atenció en les altres, abraçar i aprendre les paraules de tots els que no escriuen en la llengua que hem fet primordial i única. Obrim les portes, siguem finestres obertes a un paisatge viu ple de llaços i vincles que encara ens parla, que espera, potser, que ens aturem un segon per entaular un diàleg. Deixem-nos ser o, com resa un fragment d’Empèdocles: “Car el que és jo, ja he estat un xicot i una noia, un arbust i un ocell, i peix mut en la mar”.

Traducción al catalán de Josep Sucarrats.

Este artículo fue publicado en el número 6 de la revista Arrels.

una mujer de su casa

Columna publicada en Comer La Vanguardia para agosto

Amanda Fielding

Quería sentarse a terminar ese poema. Solo eso. Pero tenía las manos manchadas y el trapo de cocina lejos; una torre de platos, cacharros y tazas por fregar; una comida aún sin hacer que requiere toda la atención y el movimiento. Ella quería sentarse a escribir, quitar por fin este mantel y hacerlo jirones, tocar la madera desnuda, deshacerse con las nuevas palabras sin ningún intermediario. Las manchas de tinta hay que empaparlas con leche para que desaparezcan, eso lo aprendió de su madre. Experta en tipología de manchas, ella ahora las delimita con el dedo, recordando la genealogía y el porqué de cada una de ellas. Qué fácil se mancha una cuando no le toca frotar. Una vida entera, piensa, una vida entera. Fue Gabriela Mistral quien escribió que vivía una vida entera en cada hora que pasaba. Ella, a cada minuto del reloj de cocina, siente como son otros los que viven esa vida por ella. Es ella la que alimenta a la locomotora sin descanso, este es el problema de latir; después de la digestión y el saciarse vendrá de nuevo el hambre, los restos, la suciedad. A veces le gustaría apagarse, se rasca sin cuidado la espalda por debajo de la camiseta, por si encontrara un botón para dejar de devorarse, un simple intervalo, una pausa entre todas las tareas. Para los asuntos de mayor profundidad, usa siempre el estropajo de alambre. Araña y araña, como si pudiera con el gesto quitar todo lo que le sobra y le ata, todo lo que le duele. Una cocina requiere altos niveles de higiene y, para ello, una pasa a habitar un mundo de susurros, un espacio donde solo ella habla consigo misma y solo se oye a sí misma, no deja de ver cómo rebota entre ollas y sartenes todo lo que no se atreve a atravesarla porque morirá entre jabones y desinfectante. Curioso, piensa ella, que Amanda Fielding decidiera trepanarse a sí misma y filmar el proceso en su propia cocina. Pero, mujer previsora, se preparó un bistec que comió antes de la cirugía casera: así sus niveles de hierro no se verían alterados durante la intervención. Una conmoción, sí, ¿pero se sentiría luego más ligera? ¿Desaparecerían de una vez la grasa, los platos y las migajas? A veces se da cuenta de que llora porque la vajilla comienza a enjuagarse antes de abrir el grifo. Y sonríe porque recuerda ese poema que se sabe de memoria de Susan Griffin, bueno, se sabe solo la primera parte, le gusta tenerlo en la cabeza siempre que friega los platos. Escribió la primera estrofa en el traductor, retocó las palabras para hacer por fin algo suyo y amasarlo como amasa todos los días el pan y la soledad. En Tres poemas para una mujer, la poeta insiste: “Este es un poema para una mujer que lava los platos / Este es un poema para una mujer que lava los platos. / Debe ser repetido. / Debe ser repetido, / una y otra vez, / una y otra vez, / porque la mujer que lava los platos / porque la mujer que lava los platos / no puede escucharlo / no puede escucharlo.”

libros sin cocina

Columna publicada en Comer La Vanguardia para agosto

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Como si una ventana se abriera en la misma hoja de papel, una mujer se inclina, sujeta un cubo, alimenta así a un becerro. Es 1871. Unas páginas más adelante, retrocedemos al año 1471: un lobo nos mira desde otro espacio —eso parece—, hay penumbra, en su boca una presa ya fue, ahora queda reducida a alimento, la sangre gotea, igual que en 1998 una gotera aparece y salpica sin cesar en una ventana de una habitación. Es 1870, y ahora el paisaje se convierte en postal: pintor y musa, se despliega un mantel sobre la hierba, descansa una cesta, un caballete, un paraguas para el sol. Él se dispone a comenzar su tarea; ella, tumbada, preparándose para ser parte del lienzo, le ofrece vino. Otra época, otro cuerpo. 1916: un ataúd abierto, pero con huésped; esta vez el mismo espacio, ahora habitación, repleto de flores para una despedida que recién empieza. Estas son algunas de mis postales preferidas que ocupan las páginas de Aquí, una novela gráfica única y preciosa de Richard McGuire. Un libro que hace y deshace el tiempo a su antojo, abarcando desde los orígenes del planeta hasta el futuro, donde se vislumbra un más allá donde la humanidad ya no existe. Una de las frases de la faja te advierte que recordarás perfectamente cuándo y dónde leíste este libro, y tiene razón: quedé prendada de esta historia desde la primera página. Tuvieron que pasar varios días para que apareciera una pregunta que me hizo revisar de principio a final la obra del ilustrador estadounidense. ¿No aparecía ninguna cocina en la obra? ¿O ni siquiera algo relacionado con este espacio doméstico, con la comida? Una a una se sucedían las páginas donde asistí a conflictos, enfermedades y pasiones; donde conocí a animales, a organismos del pasado y del futuro; donde presencié inundaciones, caídas, incendios, bailes, reuniones, caminos, construcciones, visitas y juegos. Del enamoramiento pasé a la estupefacción. ¿Por qué en estas más de 300 páginas no pudo ser este espacio una cocina o un fuego donde preparar el alimento? ¿Cómo algo tan central en una vida, aorta del hogar, no tiene cabida en un libro que toca historias y trayectos que se despliegan de múltiples maneras ante nosotros? Todas estas ventanas contienen historias infinitas, pero ese espacio doméstico, imprescindible para la vida, no ocupa ninguna de ellas. Compaginé su lectura con un maravilloso libro que acaba de publicar la editorial Las afueras, una obra pequeña pero radiante que contiene dos ensayos esenciales de Tillie Olsen. Aquí la escritora desmenuza a través de dietarios, cartas, voces, testimonios y su propia experiencia, se sumerge así para explorar y narrar la invisibilización impuesta a escritoras y escritores por su color de piel, género o clase social. ¿Qué hay detrás de un silencio? ¿Quién y desde dónde se fuerza? Apunta Olsen sobre la escritura: «yo misma he llegado casi a enmudecer, y he tenido que dejar morir la escritura que llevaba dentro una y otra vez». Pensaba, mientras releía, cómo el silencio no solo se apodera de una voz, de un cuerpo, sino que también alcanza los espacios, en especial los domésticos, como la cocina. De pronto mientras escribo, golpean aquí los versos de la poeta brasileña Adélia Prado: «meu pai queria comer / minha mãe, peregrinar». Unos se marchan, exploran, ponen nombre a montañas y ríos, terminarán en las páginas de la historia, inmortalizados en una estatua, calle o monumento. Otras se quedan, cocinan, cuidan, reparan, cosen, limpian, doblan las sábanas, el cuerpo, (se) dejan enmudecer. Priorizan y anteponen todas estas tareas a otras como la escritura. Cosas que no suceden, que dejan devorarse en los mismos lugares, en los mismos espacios en los que otros imponen el silencio, por los que ni siquiera pasan de puntillas y dejan sin reparo en la penumbra. Qué esclarecedora la carta que leemos en Silencios, que Katherine Mansfield envió a John Middleton Murry: «La casa me come tanto tiempo… cuando tengo que volver a limpiar o fregar cosas innecesarias mi impaciencia es espantosa y lo único que deseo es ponerme a trabajar en [la escritura]. Esta semana, Gordon y tú os habéis pasado largos ratos hablando mientras a mí me tocaba fregar los platos. Alguien tiene que fregar los platos y comprar la comida, claro. Si no, “solo quedan huevos para comer”. Y cuando ya os marchabais, yo me dedicaba a pasear de arriba abajo con la mente llena de sartenes fantasmas y hornillos y con ese “¿Tendrán bastante para la cena?” rondándome la cabeza. Cada vez que me pongo con cualquier cosa, incluso a escribir, oigo tu: “Tig, ¿es que no vamos a tomar el té? Ya son las cinco”.» Ese «la casa me come tanto tiempo» bordado en el cuerpo de nuestras madres y abuelas, de amigas y conocidas, esa hambre que en algunas obras no asoma ni se intuye. Y de esta voz me vino una conversación que tuve con la escritora gallega Teresa Moure hace unos meses: ella me contaba que, cuando publicó su primera novela, algunos periodistas le habían comentado que sus personajes pasaban mucho tiempo fregando. Y ella sonreía: quizás hay que ponerse en esos lugares, coger bayeta, estropajo, olla y cuchara, y escribir desde ahí. Romper la narrativa, mancharla, dejarse llevar por otras escrituras y escritoras. Necesitamos más que esa fuerza única y poderosa de sus palabras escritas para romper de una vez todos los silencios. Quizás podemos aprender también de la ausencia, comenzar a hacer las preguntas necesarias, cuestionar el qué y el cómo, rastrear aquello que no se escucha ni se ve, reconocer de una vez los privilegios. Porque son estos libros sin cocina los que irremediablemente me llevan a aquellos donde sí aparecen o al menos se dejan ver. Elena Garro dignificó este espacio como pocas: en el relato “Una mujer sin cocina” es este espacio el origen, la puerta de entrada a la amalgama de todos los mundos y caminos. Un lugar que no queda inmune a los conflictos y silencios, sino que también cobija fantasías, complicidades, resistencias y cuidados.

escoitar ós mortos

Columna publicada para junio de 2022 en Comer La Vanguardia

Esta es una frase que nunca imaginé que terminaría convirtiéndose en algo propio y rutinario en mi día a día desde que asenté parte de mi vida en Galicia. Es la hora de escuchar a los muertos, dicen siempre, en esta casa, cuando se aproxima la una y media de la tarde, el momento exacto en que la mayor parte de los días nos disponemos a comer o nos encontramos preparando la mesa y el almuerzo. Escuchar a los muertos requiere atención, silencio, un cambio en el cuerpo. Muchas veces, de repente, todo el ruido se concentra para desaparecer, para dejar paso a la voz de la radio que cada mediodía nos anuncia quiénes marcharon las horas anteriores, cómo se hará su despedida, a qué hora, en qué lugar podríamos encontrarnos, qué palabras y ceremonias escogen sus familiares para decirles adiós. Al principio me chocaba esto de escuchar con minucioso detalle una lista de aquellos que morían cada día mientras yo me disponía a comer o comía como si nada. No solo el nombre del muerto mientras dirijo la cuchara a la boca, sino todo lo que sucede y se despliega alrededor. Los vínculos, las historias, las anécdotas, los caminos compartidos. Compartir la mesa con los muertos me recordaba a ese verso de Quevedo que decía “escuchar a los muertos con los ojos”. Solo que aquí, entre chirivías y berzas listas para servirse, los escucho con la boca, con las manos, con un plato a rebosar y un pan siempre por delante, con apetito y curiosidad por saber más acerca de que los que recién desaparecen en esa ausencia permanente que devora mientras yo rebaño el plato. Soy un cuerpo que necesita alimento, estoy viva y aprendo, o eso creo: formar parte de este lado de los vivos conlleva vivir con la pérdida cada día, y quizás, esta no sea más que otra forma de ensayar una y otra vezuna de las despedidas más antiguas del mundo. Me decía Olga Novo cuando le conté esta inmersión en su tierra y cómo me sentía, que era precioso esa vereda compartida que se abría entre el alimento y el difunto, porque eran ellos los que, al fin y al cabo, volvían a tener voz y continuaban hablándonos, sentándose así con nosotros en la mesa. Quizás, a través de la comida podríamos invocarlos, por eso mi abuela nada más volver del cementerio tras el entierro de mi abuelo, lo primero que hizo fue ir a la cocina a preparar unos huevos fritos con patatas. Mi madre me lo cuenta con una mezcla de enfado y ternura, pero yo, ahora que estoy en esta tierra que no se desprende de lo que desparece, lo entiendo, lo veo ahora desde un lugar diferente. Algo parecido también le pasó a la escritora alemana Judith Schalansky. En su libro, Inventario de algunas cosas perdidas, decide abrir el prólogo con un recuerdo, mejor dicho, con una conversación con la muerte. Ella camina, un día de agosto, en alguna ciudad del norte, por un barrio de marineros. Cerca del mar, descubre algo que terminará injertándose en su memoria, una imagen de la que no podrá desprenderse, que se convertirá en recuerdo, que tendrá por sí sola voz y peso propios, ocupará con fuerza las primeras páginas de este libro: en el centro de la localidad por la que pasea no hay mercado. No hay plaza, no hay comercios, bares, restaurantes. Unos tilos jóvenes aprenden a dar sombra a un cementerio. Aquí, en este lugar, el espacio pensado para la vida, para el intercambio, la comida y el trasiego, las charlas y los encuentros, los canastos y los cambios, se convierte en otra cosa, tiene otro destino. El centro es lugar para el silencio, para el descanso eterno, para una tierra que poco a poco va dejándose hacer por la convivencia de unas raíces que se ahuecan con los cuerpos de los recién sumergidos en el manto. Ella, en estas páginas, confiesa que al principio le invadió una especie de malestar, una sensación que se le agarró al cuerpo y no la soltó hasta que dio paso a un estupor inmenso. Desde el lugar que ocupaba como recién llegada al corazón del escenario, una imagen de golpe nacía y le impactaba: Frente a ella, una ventana abierta que dejaba ver una cocina. De ella, el ruido de cazuelas y fuegos, los olores de la despensa y la paciencia. Allí arriba, una mujer preparaba la comida, con vistas siempre al cementerio. Mientras cuidaba de lo que bulle y alimenta, podía ver en todo momento la tumba de un hijo que se fue demasiado pronto. Un hilo invisible pendía en el espacio, se hacía presente, enredaba a la forastera y también a aquellos que comenzamos a formar parte de la conversación. Una en la que no se vive de espaldas a la muerte, una en la que no se esconde, no se silencia, no se cubre con viejas sábanas y trapos. Una conversación antigua que se hace nueva cada día en la que no se rompe el vínculo, una que hace posible que todos sigan sentándose en la mesa, comiendo juntos, compartiendo, conversando, escuchándose los unos a los otros atentos, mientras se parte el pan y se contemplan a la par, sigilosamente, futuros y pasados.