ser altavoz

Hay expresiones que se encuentran muy adentro, embebidas en nuestro día a día, muy injertadas en el sistema, en la voz, incluso en el gesto. Las decimos sin reparar en ellas, sin darnos cuenta, que a pesar de lo acostumbradas que estamos a ellas, chirrían.

No sé qué cara pongo cuando leo o oigo a alguien decir o escribir eso de “dar voz”. Es una expresión que me revuelve, me parece fea, pretenciosa, fuera de lugar. Dar voz. Dos palabras que a primera vista podrían parecernos simples, y que construyen una expresión que duele, que trae mucho consigo. Como si el mundo estuviese dividido entre los que tienen voz y la dan, y los que no la tienen y esperan que estos primeros se la den. Suele pasar, además, que la mayoría de los que “no tienen voz” y esperan a que vengan los otros a prestársela pertenecen a minorías, son de diferente clase social o género, o simplemente viven en los márgenes. Sus circunstancias, sus narrativas, e incluso su misma voz no se consideran como propias. Visto así, esta expresión a la vez es un gesto que se convierte en un favor, y que la mayoría de las veces se torna como si fuera algo caritativo, algo que los de afuera deben agradecer, sentirse reconfortados por esa voz que no es suya pero que habla por ellos. Pienso mucho en una frase de la escritora Alana Portero: “Somos emoción, conocimiento y narrativas. Lo que otra mujer me cuenta, me construye”. Me gusta pensar en las voces de otras genealogías como algo que mece, que reconforta, que cura. Pero claro, no es lo mismo hablar sola o en medio de la nada, afuera, en los márgenes, que tener un lugar destacado, en el centro, que sigue mucha gente y que acapara cuidados y atención.Todos tenemos voz, una voz propia y única. Una voz para contar nuestra historia. Cada día pienso más en esas voces que no suelen ocupar los espacios ni los medios, esas voces que no disponen de los altavoces que tienen las otras, voces que tenemos por comunes, mayoritarias, normales, importantes. Quizás por eso, aparezca en algunos sorpresa e inquietud cuando otras voces toman el lugar que siempre les correspondieron. Como cuenta Donna J. Haraway en su último libro, Seguir con el problema: importa qué historias contamos para contar otras historias, importa qué nudos anudan nudos, qué pensamientos piensan pensamientos, qué descripciones describen descripciones, qué lazos enlazan lazos. Importa qué historias crean mundos, qué mundos crean historias. Querida Donna, perdona por la confianza, pero creo que también importan las voces que ocupan, narran y nos cuentan. Y siempre que leo acerca de voces vuelve la misma imagen. Una que no se despega de mí, en una comida hace un verano, en un prado de Babia, mientras no dejaba de sonar el agua, y las niñas se turnaban para mecerse las unas a las otras en la hamaca, alguien comenzó a hablar de cazadores, guerrilleros, maquis, furtivos, pastores… hombres que se echaban al monte y vivían apartados, solos, que elegían, muchos de ellos por imposición, la intemperie y la soledad. No sé quién habló del fantasma que desde entonces me persigue, hay momentos que quizás dudo si lo oí de verdad o ha sido una invención mía, el resultado de algún detalle que tras días apareciendo y rondando por cuadernos e ideas ha terminado convirtiéndose en una voz que no dejo de imaginar, en una historia, en algo palpable y posible. Un cuerpo en un espacio reducido, en la montaña, entre rocas, durmiendo en la posibilidad de una grieta, de pie, cubierto de mantas, solo. Siempre descansaba de pie, no había lugar para la horizontalidad. Nada más saber de su historia, sin saber por qué, pensé en su voz. No me vino lo inhóspito de la situación, la soledad, o el frío. Solo imaginé arrullos, tonos con los que el fantasma se tejía a sí mismo para quedarse dormido entre montañas. Y de nuevo ese pellizco, esa pregunta inconsciente de querer saber si sigue retumbando entre los animales y rocas que habitan hoy el lugar, con fuerza, una voz que nunca conoceremos, que nunca escucharemos. Una voz sola, huérfana, lejana, quizás ronca, pero propia.

las primeras lluvias

La primera vez que operaron a mi padre de su cáncer, soñé que el médico aparecía por el pasillo con un ramillete de espigas en la mano. Yo estaba completamente sola. El pasillo era largo, y caminaba, pero tardaba mucho en llegar. Esa distancia de aproximación se hacía eterna, infinita, dolía, porque solo yo seguía ahí, esperando. Esa espera parecía que nunca se rompería, que entre ese cuerpo que se aproximaba y el mío, siempre existiría la misma distancia. Pero la brecha se unía. Y el doctor llegaba sonriendo y me decía, “tranquila, solo era esto”. Desde entonces, ese ramo en sus manos se convirtió en una especie de presentimiento, de amuleto, de señal. Recurrí muchas veces a esa imagen y a esa forma de agarrar las espigas contra el cuerpo para sentirme tranquila. El sueño se convirtió en una especie de amuleto, en un refugio en el que cobijarme y respirar. 

¿No os habéis preguntado por los árboles que se quedan solos en medio de un paisaje? En el sur, atravesando la campiña, en medio de la “nada”, se deja ver alguna encina, sola, sin nada que la acompañe. Como ese ramillete de espigas contra la piel. No hay un grupo de árboles, ni ninguna construcción alrededor. Solo ella, imponente, solitaria, haciéndose ver entre el trigo. Posiblemente, podría ser la única superviviente de un bosque que dejó de ser para convertirse en la nada, para convertirse en un espacio para arar la tierra y producir alimentos. No me había fijado nunca en ellas hasta que el año pasado, conduciendo, con mi padre, atravesé el desierto de Monegros, y pregunté por esas hileras que surgían en medio de la nada, de arbolitos que empezaban a crecer. No habían aparecido ahí por antojo, los que comenzaban a levantarse tenían un cometido en la vida: proteger a los cultivos del viento. Pensé, mientras continuábamos el viaje, en la soledad, en la elegida y en la impuesta. En el fantasma que irrumpe sin avisar y se convierte en una carga. Recuerdo que comenzó a llover. Y desalojé al que anhela un cuerpo de mi cabeza y pensé en los pájaros. ¿Conocerían ese oasis de árboles en medio de la nada? ¿Contarían los kilómetros hasta llegar a ellos? ¿Esperarían ansiosos a ellos cada día cuando la luz se va? ¿Serían los únicos visitantes que acudirían al cobijo?

Hay una frase de Juan Benet, de su libro Volverás a Región, que la tengo grabada a fuego. No obedece a ninguna razón, sencillamente hay algo, inexplicable, que una siente dentro, una especie de necesidad de tenerla cerca, escrita en el cuaderno como acercar sin darse cuenta las espigas al pecho: “Escuchar -una facultad o un privilegio exclusivo de quien tenía un padre, un hijo o un amado enterrado en el monte-“

No puedo evitarlo, con las primeras lluvias después del verano siempre viene la misma imagen, la de las primeras briznas de hierba rompiendo la superficie para salir. También, sin venir a cuento, pienso en las tumbas de los cementerios, en aquellas que no se encuentran apiladas, formando una colmena, sino en esas que están solas, horizontales, paralelas al cielo y perpendiculares a los cipreses, y a las paredes de cal que las encierran. Esas que empiezan a resquebrajarse, a dejarse invadir por las raíces, con los jarroncitos tirados y las flores marchitas, esas que no esperan a nadie. En ellas también, con el agua que llega después del calor, irrumpe la hierba, y crece, sin la intervención de nadie, suave y sola. 

contralume

Últimamente pienso mucho en todo lo que desaparecerá cuando llegue la muerte de mi abuela. Vendrá el duelo pero se llevará consigo demasiado. Gestos, voces, manías… imágenes con las que mi memoria jugará y transformará con el paso del tiempo, alejándolas de las que eran en realidad, pero convertidas en un amuleto al que volveré una y otra vez a aferrarme. No dejo de darle vueltas a la idea de que lo que quedará de ella posiblemente sea una nueva ficción, que crecerá por sí sola reescribiendo momentos y palabras, encuentros, movimientos… todo será susceptible de ser transformado y comenzar una nueva vida en la memoria de la que añora. 

Escribe Annie Ernaux en Los años que “Todo se borrará en un segundo…Llegará el silencio y no habrá palabras para decirlo.” Y duele. Qué inabarcable la nada, el silencio, la ausencia, el vacío. No habrá brazos suficientes para delimitar. Aquí las lindes son inservibles. Al leer ese fragmento de la escritora francesa, saqué de una bolsa un trozo de madera de fresno que me regaló un carpintero de Segovia. En él, surcos de insectos que habitaron la atraviesan. La convierten en otra. No los toqué ni los llegue a ver nunca, pero a través de la imagen y del tacto siguen aquí conmigo. La huella persiste.

En O que arde, de Oliver Laxe, podríamos medir la distancia entre el ayer y el hoy por el fuego. La memoria querrá detenerse, no recordar, pero en los gestos siempre vuelven las imágenes, el vínculo, las semillas. Ella se refugia de la lluvia dentro del árbol, como si fueran uno solo, cuerpo y madera, como hacían los nootkas con sus muertos: los enterraban sentados en un hueco que realizaban para ello en los árboles. Así comenzaba una nueva vida completa, sin necesidad de nada más. Pero el cuerpo raíz se vuelve imposible con las llamas.

Una canción de tierra, una mano que cuida. Me separa un país entero de las montañas de Benedicta y Amador, pero reconozco a los míos en los gestos. Prender o lume, cortar el pan, llamar al rebaño, volver por el sendero, cuidar del prado. O que arde se convierte en genealogía, en un resquicio de la memoria colectiva que no quiere recordar ni conocer a los suyos. Los últimos habitantes llevan en las manos la marca, el lenguaje de los campesinos, la herencia de no ser narrados ni contados de forma justa.

Y llega el incendio. Y arrasa. La insistencia del fuego recuerda y descubre las casas huecas, los pueblos vacíos, esos que mueren solos sin nadie que les agarre de las manos y les cante una nana, solos, solos pero acompañados de animales y tierra que no entenderán nunca por qué ya no regresa nadie, por qué abandono, por qué exilio, por qué solo hay cobijo posible para el fuego.

Pero yo creo en la memoria. Me agarro demasiado a ella, como las llamas se crecen con lo silvestre. Olores, ruidos, voces, gestos, palabras, imágenes llenas de tierra y raíz… Quizás, esa es nuestra materia orgánica para seguir, el mejor contralume, como O que arde. Como las trochas, el camino que abren los animales para moverse por el monte. Como esos frutales que insisten creciendo salvajes en un huerto que se volvió huérfano hace años y siguen buscando la luz entre la maleza. La memoria del agro, del suelo, de lo pastoril, de los ecosistemas . La memoria, la memoria, la memoria. Porque esta memoria no podrá detenerse nunca.

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*fotogramas de O que Arde, de Oliver Laxe. Se estrena este viernes, 11 de octubre.

*Cita de Annie Ernaux. Los años, editado por Cabaret Voltaire, 2019.

volver a casa

ilustración de Raquel Marín

*tribuna publicada en El País el 14 de septiembre de 2019

Hay dolores que se adhieren, van con una a todas partes, a veces crecen y otras hacen como que se esconden, pero siempre están ahí, sentándose a la mesa con el resto de la familia, aunque nunca se les pongan plato y cubierto, aunque nunca se les espere. Hay dolores que se adhieren, sí, que aparecen de un día para otro de repente, como una mancha de humedad en la pared, que rompe la cal y se aferra para no dejar de crecer. Pero últimamente creo que hay dolores que también se heredan. Pequeñas heridas, cicatrices de multitud de formas que vienen de fábrica, de las células de mamá y papá, de las manos y silencios de nuestras abuelas, del sudor y la guita en los pantalones de nuestros abuelos. Dolores que una cree que son tonterías, historias que siempre se cuentan alrededor de un brasero de picón y un juego de café. Pequeñas nanas que siguen reproduciéndose a lo largo de genealogías, entre cabeceros y lápidas. Quizás el dolor, como la mancha, insiste, quiere extenderse al resto del cuerpo, colonizar otras células, otros lugares, ser visible, sentirse hermano de alguien, ser nombrado. Comenzar a existir por sí solo.

Yo llevo un dolorcito a cuestas desde que comenzó el verano. Doy vueltas alrededor de él, a veces le canto, le quito las hojas secas como a algunas plantas, aprovecho las horas de sol que dan a la pared del cuarto donde escribo para que pueda tumbarse y quedarse dormido, para que coja fuerzas y crezca. Sol y un poquito de agua, también a veces hablo conmigo misma y con él, pronuncio a menudo en voz alta la palabra nosotros, para que se le quite la vergüenza y comience a hablar y me cuente, para que así sea posible el regreso de este dolor a su verdadera casa.

Y creedme, el dolor habla. Y tiene nombres y apellidos, y compartimos sangre y alacenas, pequeñas habitaciones que vieron crecer a tantos que precedieron a nuestra familia. Un dolor que yo pensaba pequeño pero que se ha hecho infinito y alumbra, y que no para de encontrar hermanas fuera de las voces conocidas, lejos de los lugares comunes. Un dolor que arrastra a demasiados, como una turba que no para de acoger y arrullar a todo lo que se descompone y desaparece a su paso. Un dolor que como en las orillas del río, da forma y transforma a sus habitantes, acoge y se deja llevar dependiendo de lo que traiga la corriente.

He de reconocer que me ha costado desprenderme de este dolor mío tan insolente. Es difícil escribir sobre algo que ocupa tanto y apenas se nombra. Porque no hay un nombre para ellos. Exilio, desarraigo, nostalgia… para este dolor esas palabras no terminan de ser suficientes. Ni para él ni para tantos hombres y mujeres de mi familia y de tantas de este país que tuvieron que emigrar lejos de su pueblo. La mayoría de las veces sin remedio, sin poder evitarlo, sin nada que pudiera tener algún día solución. No hay posibilidad de aferrarse a un regreso: la muerte los pilla allí, en el sitio que debería ser su casa porque es allí donde han pasado la mayoría de su vida, entre fábricas y cuartitos de limpieza, pero ellos y ellas saben que no, que es un falso espejismo, que la casa de donde deben de marcharse para siempre no es esa.

Qué fácil es escribir la palabra hogar cuando no has tenido que dejar tu tierra para comer. Cuando no has tenido que dejar tu casa y a tus muertos bajo las aguas de un pantano, cuando esas cuatro paredes ni siquiera existen, solo son posibles en algún lugar de tu memoria, en algún gesto que aún recuerdas y sigues reproduciendo con tus propias manos. Qué fácil pronunciar la palabra volver, cuando una nunca ha tenido esa certeza, la única que insiste y reclama, como ese instinto tan verdadero que lleva a alejarse y a esconderse a los animales cuando saben que van a parir o a morir. Y es que este dolor, como ellas y ellos, quiere irse a morir a su casa, a aquel lugar en el que menos años de su vida han pasado, pero al que vuelven siempre que pueden como si nunca se hubieran ido. Y el dolor crece y se aferra un poquito más cada vez que se hace imposible el regreso. Mancha, se apodera de la luz y se convierte en el centro, hace imposible la limpieza y la nada.

Mi tita Carmen murió un lunes de agosto en Barcelona. Hasta el viernes siguiente por la tarde no pudo volver al pueblo. Abrimos su casa y regamos el patio al caer la noche, para que pensasen que ella no se fue sin despedirse. Se marchó del pueblo con veintitantos, a la periferia de una ciudad, limpiando todos los pisos de Barcelona, como decía ella, mientras su marido trabajaba en la Seat. Se vio en la calle con una bolsa de basura, con lo poco que pudo recoger de su primera casa, un piso a las afueras que se derrumbó y que se quedó con lo poco que tenían entre los escombros, una casa de la que apenas hablaban, a la que nunca quisieron volver, como si las vigas y los ladrillos rotos hubieran hecho por completo su trabajo. Murió en un hospital de la gran ciudad, creyendo que estaba en su pueblo, cerca de los suyos, oliendo el azahar del patio por las noches, las voces de las vecinas asomándose al zaguán, el motor que anuncia a los que regresan del campo a la hora de comer. Tuvo que morirse y dejar unas macetas que la siguen esperando, y una historia, la suya, como la de tantas y tantos que llegó tarde, en la boca de algún familiar cercano, esa con la que comparto sangre, pero que creció lejos de la tierra, agrandando con sus propios cuerpos fábricas y periferia, haciendo posible con su trabajo el crecimiento imparable de una urbe. Se fue y me dejó con una costumbre que ahora se convierte en huérfana, la de tocar a su puerta cada noche de verano y sentarnos juntas, al fresco. Se fue y solo queda este dolor, esta impotencia que también ha venido para quedarse, para hacerse hermana, que solo busca la forma menos dolorosa de regresar, una vereda fácil, una madriguera donde cobijar los pasos y las voces de aquellos y aquellas que tuvieron que irse a la fuerza, y que siguen intentando hasta el último de sus días, volver a casa.

*fotogramas de O que Arde, de Oliver Laxe. Se estrena este viernes, 11 de octubre.

*Cita de Annie Ernaux. Los años, editado por Cabaret Voltaire, 2019.

alumbramiento

 

También de esto surge la literatura. La conjunción de circunstancias que hizo posible que Júpiter arrasara el sistema solar y lo hiciera habitable. La oración de alguien que cree que el manto del universo se esconde tras la piel de una vaca. Los ornitólogos que se rompen la cabeza al descubrir que John James Audubon pintó aves que nunca existieron. La incesante lucha del organismo para controlar el equilibro entre las células que nacen y las que se destruyen. El poeta al que la radiografía de un cáncer le recuerda a los girasoles de Vincent van Gogh. Los hombres de la resurrección saqueando multitud de tumbas para saciar al hambre de la ciencia. Los que se mueren cada día un poco más pero afirman que en realidad están aprendiendo a volar. Las mujeres que descubrieron enanas blancas, novas, nebulosas y centenares de estrellas y se quedaron entre el anonimato y el silencio. La gravedad haciendo siempre su trabajo. También de esto nace el poema. Los científicos que murieron de hambre en la estación de Pavlovsk rodeados de comida. El número exacto de los círculos que realiza un animal sobre su propio eje antes de acostarse. La definición inexistente para una madre que pierde a un hijo. El silencio que inunda un espacio antes de que la boca emita sonido o diagnóstico. Las manos que cantan nanas al duelo. El pulso de Nelville implorando hágase la soledad. La forma de arder de las mujeres satis. Los nudillos rotos de cal y de muerte de las abuelas. El invidente que abraza una lápida creyendo que es un cabecero. Los que comparten el dolor como comparten el incendio y la palabra. Los síntomas del vuelo y de la escritura. La necesidad absurda de sostenerse. La teoría de Digges o cómo desmantelar el cielo esparciendo las estrellas a través de un espacio infinito. Los cereales necesarios para fundar una civilización. Las instrucciones exactas para destruirla. La lista de objetos que podrían esconderse en el estómago de una ballena. Las tablillas de maldición en la boca de los muertos para conseguir venganza. El vuelo de las aves que van y vienen a Chernobyl transportando con el pico la radiación. De nuevo el conocimiento, la vida, el poema. La misma vida, llevando otra vez más, en la boca, la misma muerte.

***
(ilustración de John James Audubon: Caprimulgus Americanus. Night hawk femelle A.W. Pennsylvania,1812 May 8 /// texto publicado en Nodos (next door publishers, 2016)

Por un feminismo de hermanas de tierra

La primavera se intuye, y hay una semilla que germina y que lucha por crecer. Sola, comienza a abrirse paso, rompiendo la tierra, poco a poco, al ritmo del sol, irá creciendo. Pero para nacer y crecer también necesita el agua. Y si no llega, luchará por encontrarla.

Hermana,

nosotras,

también somos así. Nos abrimos paso como las semillas. A primera vista parecen invisibles, pero que crecen con la fuerza de nuestras voces en un territorio lleno de vida que no deja de tejer comunidad gracias a nuestras manos y nuestras palabras.

También somos parte de la vida de nuestros pueblos: nana, raíz, latido. Y como esas semillas que se enganchan en la lana de las trashumantes para germinar a miles y miles de kilómetros de su lugar de origen, resistimos y luchamos. Y miramos a las que nos precedieron y sabemos porque no podemos callar más.

Dicen que el 8 de marzo es de todas.

Pero lo que se refleja en los medios y en las redes no suele ser así. Porque muchas veces nos quedamos en la superficie y no vamos más allá de las ciudades, y de nombrar y celebrar a mujeres de los círculos estrictamente culturales.

¿Dónde quedamos las mujeres rurales? ¿Cómo ? ¿Cómo sacar de la umbría lo que no se conoce? ¿Cómo valorar unas manos que trabajan pero que, a vista de muchos, siguen siendo invisibles?

Las mujeres rurales, en este sistema capitalista, tecnocrático y urbanocéntrico, hemos sido siempre doblemente marginadas, doblemente olvidadas: por ser mujeres y por ser rurales.

Mujeres rurales,

hermanas de un hijo único, mujeres de, hijas de, hermanas de, nietas de, sobrinas de…

Siempre en la sombra, pero llevando todo el peso. Dueñas de nada, pero encargadas de todo.

Ya va siendo hora de rendir homenaje al trabajo y al sudor de mujeres como nuestras abuelas y nuestras madres, que tanto trabajaron la tierra y que cargaron con la mochila a la vez de los cuidados domésticos a la sombra, en el más absoluto silencio.

Hay que nombrarlas una a una.

Servir de altavoz para que sus voces retumben.

Contar que también fueron: que son y serán mujeres fuertes de tierra que la mayoría de las veces no pudieron elegir ni decidir. Que a base de renuncias, creciendo en una casa construida sobre cimientos de desigualdad y machismo, nos abrieron vereda a las demás.

Y no:

no nos olvidamos tampoco de aquellas que hoy, aunque quisieran, no pueden hacer huelga ni venir a la manifestación.

Porque seguimos siendo nosotras las que cuidamos: de las personas, de los rebaños, de los cultivos, de los campos, los bosques y de los pueblos. Y — cómo no — no podemos olvidar a todas esas compañeras migrantes que trabajan en situaciones precarias llenas de abusos y machismo en nuestro territorio. Ellas, mujeres, rurales y migrantes, triplemente marginadas.

Insistimos.

Ya es hora de cambiar la forma de mirar.

Siempre estuvimos aquí. Trabajando la tierra, cuidando, siendo la raíz invisible pero esencial que hacía que el hogar siguiera en pie.

A pesar de lo difícil que lo tuvieron las que nos precedieron y de lo difícil que sigue siendo ahora.

No, no necesitamos que nadie nos salve.

Queremos espacios y altavoces: Estamos aquí, estuvimos: queremos seguir estando.

Queremos que la Administración no piense solo en satisfacer las demandas de las ciudades, porque nosotras también necesitamos servicios básicos. Queremos poder decidir si irnos o quedarnos. Queremos dejar de ser ciudadanas de segunda. Queremos soberanía alimentaria, ganadería extensiva y agroecología. Queremos crear comunidades, mantenerlas, ayudarnos siempre las unas a las otras. Sentirnos reconocidas y respaldadas.

Y queremos ser un ejemplo para las niñas del futuro, sean o no nuestras hijas o nuestras nietas. Queremos decirles que esta también es su tierra. Que esta cultura llena de animales, árboles, territorios y personas también es de ellas. Que de aquí venimos y es hacia dónde vamos. Porque no nos queremos ir. Porque creemos que otras formas de vida, de relación y de producción son posibles, más allá de este sistema explotador, y que nuestros márgenes tienen mucho que enseñar y que nutrir.

auzolan en euskera,

a vecinal en aragonés,

facendera en leonés,

sestaferia en asturiano,

roga en gallego,

a tornallom en valenciano,

a cumuña en cántabro,

treball a jova en catalán,

a vediau en aranés…

Trabajos comunales, manos que cuidan y ayudan. Una forma natural de trabajo para realizar muchas labores del campo o del entorno rural, en general, que alimentaban y daban vida a nuestros pueblos.

Ahora, más que nunca, tenemos que recuperar estas palabras, y — sobre todo — dar vida de verdad a todo lo que estas palabras de nuestro territorio contienen.

Tenemos que seguir tejiendo redes en el medio rural, contar, hablar, alzar la voz, ayudarnos las unas a las otras. Formar parte de la raíz y de las ramas.

Porque nuestro territorio no está vacío, por más que os hayáis empeñado en vaciarlo.

Porque seguimos aquí, porque estamos vivas aquí.

Por un feminismo de todas,

por un feminismo de hermanas de tierra.

***

Puedes adherirte a nuestro manifiesto aquí. Juntas, mejor.

***

La ilustración es de Cristina Jiménez.

(Este Manifiesto fue escrito por Lucía López Marco y María Sánchez. Gracias a los consejos y anotaciones de Patricia Dopazo, Anna Gomar, Blanca Ruibal y Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

A lo largo del día se subirán a esta entrada el manifiesto en todas las lenguas de nuestro territorio:

en aragonés

en asturiano

en catalán

en euskera

en estremeñu

en gallego

en inglés

en portugués

La primera mujer

¿Qué sería de este libro si no lo hubiera escrito una mujer?

Esta es una de las cuestiones que más me planteo últimamente acerca de los libros escritos por mujeres que suelen ocupar los lugares más lejanos de las bibliotecas, que se encuentran perdidos, descatalogados, olvidados. Diario rural, de Susan Fenimore Cooper, es uno de estos libros. Publicado por primera vez en 1850 —y con apenas diez ediciones repartidas en el tiempo durante dos siglos—, es un ejemplo de cómo, por el simple hecho de ser su autora mujer, un libro no recibe la atención ni el reconocimiento justo que merece. Susan no era una escritora cualquiera; de hecho, no solo era escritora. Tenía formación en historia y arte, sabía idiomas y llegó a estudiar botánica y zoología. Pero también era «hija de». Su padre, James Fenimore Cooper, fue uno de los escritores americanos de aventuras más reconocidos, autor de libros como El cazador de ciervos y El último mohicano. Es importante traer este pequeño detalle hasta aquí porque los que nos preceden a veces nos sustentan y enseñan, pero también a veces eclipsan, y sin querer, aunque nunca lo sabremos, dejan a la sombra.

Un dato curioso acerca de muchas autoras que escriben sobre naturaleza es que heredan este vínculo al medio, y a los animales, por el padre o por el abuelo. Siguen el camino que marcan los hombres de la familia, pero se convierten en las primeras mujeres en escribir sobre el terreno de una manera diferente, con un estilo totalmente renovador y nuevo. Es el caso de Susan Fenimore Cooper con este libro, y de obras que se han editado recientemente en nuestro país como La memoria secreta de las hojas, de Hope Jahren, y El ingenio de los pájaros, de Jennifer Ackerman. Mujeres que, siguiendo la estela de las profesiones o aficiones de los padres, prosiguen con ellas a través de la escritura. También todas comparten una admiración y un sentimiento de amor profundo hacia ellos. En el caso de Susan: es tan grande el apego y el amor hacia el padre, que no llega a casarse porque él consideraba que ningún pretendiente estaba a la altura de su querida hija y, cuando este muere, ella deja de escribir y se dedica por completo a salvaguardar la obra del padre, y a la beneficencia. Su obra literaria desaparece con el padre, lo que nos lleva irremediablemente a preguntarnos: ¿cómo hubiera sido la carrera literaria de Susan Fenimore Cooper sin la figura de su padre? ¿Habría ido a más? ¿Y si se hubiera casado? ¿Habría pasado de ser eclipsada por el padre a convertirse en una sombra atenta y obediente al marido? ¿Habría crecido su escritura sin la figura masculina?

Consideramos a Henry D. Thoreau el padre por excelencia de dos términos que hoy en día han vuelto a estar en boga: Nature Writing y Environmentalist. Tenemos a Walden como una obra sin precedentes, un manual único de defensa de la naturaleza y una crítica feroz que cuestiona los modelos de producción y la sociedad. Un ensayo que termina convirtiendo a su autor en uno de los padres fundadores de la literatura de Estados Unidos, y que lo presenta como un tótem imprescindible de la literatura. Es imposible no relacionar a Susan Fenimore Cooper con Thoreau al leer Diario rural, tras celebrar tanto a Walden y a su autor. Aunque parten de premisas y lugares diferentes, comparten muchos puntos en común: ambos escriben sobre lo que les rodea. Siendo el medio natural esencial en su obra, reflexionan, contemplan, narran a partir de lo que ven de una forma que se deja mecer a veces por la ficción, y que también llega a ser, a menudo, poética. Y por supuesto, cada uno —a su manera— apuesta por la conservación de la naturaleza y advierte sobre el peligro que supone para el medio la acción del hombre sin medida. Dos escritores que brillan por su conciencia ambiental como nunca antes había sucedido en la historia de la literatura de su país. Pero esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿por qué reconocemos y nos es tan familiar Walden, y no ocurre así con Diario rural?

 

Sí, Diario rural se publicó cuatro años antes que Walden. ¿Qué curioso, verdad? Sabemos que Thoreau leyó Diario rural, y que en uno de los medios en los que colaboraba hizo alguna mención sin pena ni gloria al libro de Susan. Hoy sabemos que lo leyó. Vuelve el género a marcar la escritura y a cuestionarnos una vez más: ¿y si Diario rural hubiera sido escrito por un hombre? ¿Se habría cuestionado a Thoreau? ¿Se habría hablado de una obra fundamental que lo precedía y que claramente había sido influencia y semilla?

Con Diario rural, Susan Fenimore Cooper se convierte sin saberlo en una pionera de la conservación y la ecología. En estas páginas encontramos pasajes llenos de una fuerza arrolladora que podrían ser perfectamente partes de poemas. Es imposible no acordarse de Emily Dickinson conforme crece la lectura. La Susan narradora no habla, no ordena, no dicta. Nos incluye a todos nosotros en su cuaderno. Nos apela, con una escritura llena de sensibilidad y luz. Su palabra incisa, pero calma, serena, está llena de tonos, ritmos, colores, murmullos. Aquí los árboles y los animales se dejan mecer por una escritora naturalista que, atenta, describe como nadie los cambios de estación, las migraciones de las aves, la llegada del frío, el orden natural de las cosas, las canciones que suceden día tras día en su entorno. Susan, como espectadora, no solo escribe sobre el medio que la rodea, sino que involucra a los habitantes y los mezcla con pasajes de literatura, con cuentos populares y costumbres. Su conciencia ambiental inunda cada una de las páginas de Diario rural, convirtiéndola a ella, y no a Thoreau, en la primera persona en Estados Unidos en escribir un ensayo sobre la naturaleza. Porque Susan no solo describe: aboga por la conservación de la vida vegetal y animal que la rodea, advierte de las consecuencias de la industrialización y del uso de recursos naturales por parte del hombre sin mesura. Se aventura, incluso, observando a los pájaros que llegan con el cambio de estación, a predecir la desaparición de especies por culpa de la actuación del hombre sobre la tierra. Y aboga, como no se había hecho, por una acción medida del hombre sobre medio. Susan Fenimore Cooper utiliza por primera vez una palabra que no para de repetirse en nuestro día a día: sostenibilidad. Y escribe también para un mañana, porque no deja de pensar en lo que dejaremos para las generaciones futuras si no cuidamos nosotros, con nuestras acciones en el día a día, la naturaleza.

Pero las sombras no son permanentes: siempre llega el día que les toca marcharse y dar paso a la luz. Aunque tarde, al fin se reconoce a Susan Fenimore Cooper como la primera en escribir sobre el medio ambiente que le rodeaba, aunando territorio, persona y naturaleza como nadie. Plantando sobre el papel de manera clara y concisa los problemas ambientales que empezaban a traslucir en su época, y cuestionando la huella del hombre sobre el territorio, apostando por la conservación del medio rural y de lo salvaje como clave para el futuro.

Diario rural no fue su único libro. Escribió primero una novela de carácter social, Elinor Wyllys, y numerosos artículos y colaboraciones. Cooper fue una visionaria que también alcanzaba con su escritura la posición de la mujer en la sociedad. En 1870, en una carta que se publica en Harper’s New Weekly Magazine, se posiciona en contra del voto femenino porque piensa que con ello no está poniendo sobre la mesa algo fundamental para las mujeres de su época: tener el mismo acceso a la educación y a los puestos de trabajo que ocupaban los hombres y cobrar lo mismo que ellos. «El aspecto verdaderamente crucial en lo que respecta a la actual posición de las mujeres en Estados Unidos es la cuestión del trabajo y de los salarios. Es eso lo que afecta al bolsillo del hombre. Y el bolsillo es la parte más sensible de muchos hombres, aunque no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. No cabe duda ninguna de que las mujeres, ahora mismo, se están viendo apartadas de ciertas ocupaciones, para las que están bien adaptadas, por el egoísmo de algunos hombres».

Podemos afirmar que Susan Fenimore Cooper, atendiendo a su posición y a su época, era una mujer con conciencia de género, feminista y ecologista. Una escritora que atravesaba el paisaje con una voz personal y brillante, adelantándose a sus contemporáneos de género masculino que le arrebataron a ella el lugar de madre de la escritura de la naturaleza y de textos-germen por el conservacionismo, la biodiversidad y la conciencia ambiental colectiva. La primera mujer que, como tantas, se queda a la sombra, en silencio, dejando suceder por el tiempo y la sociedad de la que formaba. En Diario rural, escribe: «Los prados que nos rodean [los talaron] nuestros padres».

Me reconforta pensar que quizás a Susan le gustaría saber que hoy, al fin, volvemos la vista atrás y renombramos, buscamos, sacamos a la luz y recuperamos la voz de tantas mujeres. Tantas mujeres que fueron las primeras en abrir el campo a otras formas de mirar y permanecieron, injustamente, demasiado tiempo silenciadas y apartadas en la sombra.

Prólogo ‘Diario rural’, de Susan Fenimore Cooper, un ensayo que la convirtió, años antes que Thoreau, en pionera de la literatura que reivindica la ecología y la sostenibilidad. Publicado en El País.

Almáciga en La noche de los investigadores

El maestro y la poeta

El despacho de mi abuelo de su casa del pueblo se transformó en una especie de refugio cuando él murió. Cartas, planos, manuales de ciencia, apuntes de la facultad, libros en francés, fotografías de vacas de leche en blanco y negro de Canadá, instrumentos de cirugía… Todos estos retazos que habían pasado por sus manos y que habían conformado poco a poco su vida, se convirtieron en un lugar al que aferrarse. Rebuscando una tarde entre sus apuntes y libros de veterinaria, descubrí que uno de sus libros de la carrera, el de bioquímica, abría cada capítulo con una cita de literatura. El primero, con de Shakespeare: “Somos de la sutil substancia con la cual están formados los sueños, y el sueño mismo circunda nuestra corta vida.”

Por entonces yo ya había empezado veterinaria, pero mi parte de escritora se peleaba a menudo con mi parte de estudiante de ciencias. Todo eso sumado, a que parte del mundo que me rodeaba me decía que me dejara de tonterías de libros y de poemas, que lo que tenía que hacer era centrarme y dedicarme a estudiar. Encontrar este libro lo cambió todo, fue una especie de revelación. ¿En qué momento nos metieron en la cabeza que ciencias y letras no podían ser un todo? ¿Por qué dejamos que se adentrara en nosotros esa expresión tan absurda de “yo es que soy de letras/ciencias” como manera de evitar lo que desconocemos?

Es curioso como algunos lugares marcan nuestro día a día, dejan huella, dan forma a nuevas narrativas. Conocí la antigua facultad de veterinaria de pequeña, mi padre, allí, era profesor de agricultura, y al regresar por la tarde del colegio, nos abría el aula de enfrente a su despacho y mi hermano y yo jugábamos a darnos clases. Recuerdo la luz entrando por las ventanas, el olor a formol de los sótanos de disección y anatomía, los pasos de los estudiantes por los pasillos. Siempre quise ser la tercera generación de mi familia que estudiara allí. Aunque hice veterinaria en Rabanales, siempre que paso por la antigua facultad miro el busto de Castejón y la ventana del antiguo despacho de mi padre, como si no hubiera pasado el tiempo. Me gusta subir a la azotea de mi casa por la tarde, cuando se empieza a ir la luz, ver el edificio y sus árboles, el vuelo de los pájaros anticipando la noche. Me gusta imaginar que me  cruzo a mi abuelo, a mi padre y al mismísimo Castejón por el barrio, con sus ventipocos y cargados de apuntes de camino a clase. Me gusta pensar en los sitios que pisaron, las mesas donde se sentaron, los apuntes que cogieron a mano. Y reescribir con mis manos y mi voz, mi historia.

 

*Texto para la intervención de Almáciga en La noche de los investigadores, en el Rectorado de la Universidad de Córdoba, Antigua Facultad de Veterinaria de Córdoba, junto al busto de Rafael Castejón y Martínez de Arizala, veterinario, historiador y arabista.

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(Diseño de Almáciga Francisca Pageo. Montaje de Rafael Obrero. Pacas de heno de Felipe Molina. Propuesta de Elena Lázaro para La Noche de los Investigadores. Gracias, queridos)

un pequeño vivero de palabras de nuestro medio rural

 

cartel diseñado por Francisca Pageo para el proyecto

 

El campo tiene otro ritmo y otras canciones:
una manera de hablar única que hermana territorio, personas y animales. Nuestros pueblos se vacían a la vez que dejan de oírse y usarse términos muy ligados al medio rural. Muchas de estas palabras llevan demasiado tiempo a la intemperie, y en muchas de ellas encontramos que la acepción ligada al campo ni siquiera aparece en el Diccionario de la Real Academia Española. Han dejado de resultarnos cercanas, convirtiéndose la mayoría en huérfanas y desconocidas. Si no las cuidamos, muchas morirán con nuestros mayores y nuestros pueblos. Esta almáciga quiere ser un punto de encuentro: un sustrato donde las expresiones de nuestro territorio descansen; una semillera para recuperar sus palabras y sus significados, para darles voz y normbrarlas, para que arraiguen entre nosotros y las tengamos más cerca.

Un diálogo-tejido con nuestro medio rural para que ellas puedan volver a existir.

(Proyecto para la próxima edición de Bañarte: encuentros de arte en Baños de río Tobía, del 30 de agosto al 2 de septiembre)

mujeres haenyeo: así son las últimas sirenas

Hyung S. Kim

No son las protagonistas de una película de Disney. Tampoco salen en ningún cuento para niños ni forman parte de alguna antigua leyenda marina. En la isla surcoreana de Jeju, las mujeres se lanzan al agua para dar de comer a los suyos. Sin oxígeno y con pocos medios de protección, siguen la tradición de coger de los fondos del mar solo lo necesario para alimentar a sus hijos. Ellas son las haenyeo, las últimas sirenas.

 

Mi voz es una sirena sollozante

y la gente cree que es un habla normal

Yehuda Amijai 

 Existe un lugar en el mundo donde las mujeres se sumergen a pleno pulmón para poder dar de comer a sus hijos. Un lugar en el mundo donde mar y mujer son sinónimo de simbiosis y hermandad. Un lugar en el océano donde la primera respiración que nace después de salir a la superficie se llama sumbisori, donde viven las últimas sirenas de la tierra,  las mujeres haenyeo (해녀), las que nadan hasta las profundidades en busca de alimento.

En la isla de Jeju, las niñas se convierten en sirenas cuando cumplían 16 años. Clases de natación y de muljil (el oficio de recolectar debajo del agua), las preparaban para su nueva vida en el agua. Aquí, la mar pertenece a las mujeres. Aquí, la isla volcánica ha dado cobijo a un matriarcado inseparable del océano, a una hermandad de mujeres que han sido y son el sustento de las familias y el motor económico de la región.  El cuerpo femenino en Jeju se venera. Ellas bucean mejor. Se sumergen mejor. Recolectan el alimento del fondo marino mejor. En la literatura, se tiene constancia de estas sirenas singulares desde 1105.  Mujeres que se rigen por el calendario lunar, que recogen con sus manos las vísceras que les ofrece el mar: conchas, pequeños caracoles, algas… con una sola condición que ellas han respetado a lo largo de su historia: solo se toma de la mar lo necesario para alimentar a su familia. Pero no todas vuelven a la superficie. Son muchas las que se pierden en las profundidades, víctimas del cansancio, de la falta de oxígeno, del ataque de los tiburones o las medusas.

Seo Jae-cheol

 

Cuentan que las embarazadas nadaban hasta el mismo día que daban a luz. Que los bebés, los dejaban en la orilla en pequeños canastitos, mecidos quizás por la brisa del mar, esperándolas a que regresaran para cuidarlos, mientras ellas, se zambullían durante horas y horas en el agua fría en busca del sustento.

Pero aquí las sirenas no son adolescentes tiernas ni jóvenes como la sirenita de Andersen. Aquí, las mujeres del mar son abuelas. Mujeres con el rostro lleno de arrugas que esconden, no un cuento para niños, sino una historia dura de supervivencia. Y puede que la palabra haenyeo (해녀) pronto se convierta en algo obsoleto, antiguo, como un objeto que se tira al mar y vuelve erosionado por las olas y lleno de arena. Las mujeres que dieron su cuerpo a la mar para mantener a su familia son hoy abuelas de niñas que al fin tienen los medios suficientes para poder ir a estudiar. En 1970, 15000 mujeres de Jeju eran sirenas. En 2002, solo quedaban 5600, de las cuales, la mitad supera fácilmente los sesenta años. Actualmente, el número de mujeres haenyeo no alcanza las 2500.

Joon Choi

 

La tradición está fallando. Son otros los tiempos que corren. Al fin, en Jeju las hijas y nietas de las sirenas pueden estudiar y salir del agua. Porque ellas, cuentan que el trabajo es duro y muy peligroso, pero  insisten, no quieren que se olvide el oficio, y quizás, una forma de vida y de ser. Porque ser haenyeo no se es solo en el agua. Para estas mujeres mayores, algunas con 80 y 90 años, ser sirena de Jeju es una forma de vida que nació alrededor del siglo XVII, cuando la isla se ahogaba en impuestos y los hombres se marchaban para buscar trabajo, quedándose ellas al frente. Cuando no están en el agua, cultivan la tierra y reparten beneficios. Son una comunidad de valores. Dedican un día al mes para limpiar la playa de la basura que deja el turismo y la pesca, y también han creado un refugio para las mujeres que son víctimas de la violencia de género. Aquí las sirenas siempre se ayudan las unas a las otras. Porque quizás, han compartido demasiado dolor de articulaciones, oleaje y corrientes, porque sus manos entienden como nadie cómo se rompe el mar con un cuchillo y el aire de sus pulmones. Mujeres fuertes de sororidad y agua.

*artículo publicado hace 3 años en Gonzoo (20 minutos)