Instrucciones para aliñar aceitunas

Columna publicada en Comer La Vanguardia para noviembre

No es una piedra cualquiera. Descansa por encima del suelo, en el poyete de la ventana, desde fuera pareciera que la reja la protege, la guarda del frío y de lo extraño. Más de treinta años me separan de ella. Mirándola me descubro un poco envidiosa, pensando en todo lo que escuchó y vivió desde allá arriba, sin quererlo ni buscarlo. Vino del campo. Unas manos la eligieron de forma cuidadosa para su futuro cometido. Hoy, una vez más, la tocarán otras, un cuerpo nuevo y forastero que llegó impaciente a la casa. Me pregunto qué fue lo que la convirtió en elegida para desempeñar este trabajo, que nunca se sustituyera por otra, que se dejara siempre bien puesta al terminar. Fue escogida y se queda sola, como el olivo de la cerca donde estuvimos por la mañana, hijo de uno mayor que fue traído del monte para ser uno más en el pueblo, para esperar tal vez cada año la misma ceremonia. Cogemos algunas aceitunas, son pequeñas, casi no sirven, pero nos empeñamos, quizás como si fuera un conjuro para llamar esa lluvia que tanto necesitamos y que no viene. A puñaítos, así las cogía mi abuela, cómo podía, desde pequeña; así también las cogió mi madre, también niña. La hierba que aún no fue está deseando romper y nosotros nos obstinamos, buscamos entre las ramas las que creemos mejores, llenamos un canasto antiguo de ellas y nada más. Mientras, él no deja de contarnos, nosotros, nosotros nacimos con la aceituna. Al terminar, volvemos al mismo caminito por el que llegamos, sin prisa, hablando de lo que un día fue y no será más. A la tarde, aquí estoy: me recibe la piedra. Dentro, mi tío Manolo intenta escribir —tembloroso— todos aquellos poemas que se sabe de memoria, y que sin pudor los cobija en cualquier conversación para recitarlos. A pesar de que la vista falla, ahí sigue, aferrado al papel, quizás queriendo ser ese niño que nunca pudo ir a la escuela. Por las noches, después del campo—cerro arriba, cerro abajo—, cruzaba la ribera para llegar a las clases del maestro. Justo en este instante, cambia la mesa camilla por una tabla, coge sin prisa piedra y aceitunas. Me enseña cómo prepararlas, una a una; cómo darles con decisión el golpe, sin partir el hueso. Mientras, vuelve el poema, la retahíla de versos entremezclados con un zurcido de recuerdos que sigue vivo a pesar de los achaques y los retazos. Él se irá, me dice mientras parte las aceitunas, él se irá y se quedarán sus olivos solos, y con ellos sus compañeros, los pajarillos, los senderos a reventar de alpargatas y espuertas. Se acercaba la muerte y recuerda cómo su abuelo, dijo sin titubear que ya no podría acompañarlo más. De estas aceitunas vengo, me digo mientras me mancho los dedos y acompaso el golpe con el corazón. Qué bien arreglaba tu abuela las aceitunas, así es la despedida. Llegará la noche y la llamaré por teléfono, le preguntaré por su receta, por las cantidades, por los tiempos. Comenzará a reírse, me dirá: déjate de faenas, que ya te arreglo yo unas. Pero hace años que dejó de hacerlo, y no sabré si para ella ese paso del tiempo es un ayer reciente o un olvido que recién comienza. Anotaré en el cuaderno sus instrucciones. Primero hay que endulzarlas, con agua, y cambiársela a los tres días. Mi tío me contaba cómo las dejaban en las fuentes que hoy se volvieron fantasmas. No hay precisión ni medida exacta: hay que cambiar el agua hasta que se vaya el amargor, aparezca la dulzura. A ojo, me dirá, tú a ojo, ya verás, diez hojas de laurel, láminas de ajo o los dejas machacaítos enteros, cuatro o cinco pimientos rojos, cuatro pimientos verdes, sal —que admite bastante—, vinagre de vino blanco y un poquito de comino molido. Yo le preguntaré varias veces que cómo sabré si están bien, si se volvieron al fin dulces. Al día siguiente recogeré el hinojo para añadirlo una vez que estén listas. Nos las llevaremos al norte, iremos por auga a fonte y comenzaremos el ritual. Habrá que dejarlas cubiertas de agua, tapaditas, solas, a oscuras. Día tras día volveré a revisarlas, y me acompañaré de paciencia y de mimo, puede que un día caminando tropiece y venga una nueva piedra. Aquí también aguardan, y saben —como me recordó mi tío Manolo— que, en el campo, uno nace viendo sembrar. 

Un ayer en el aire

Columna publicada en Comer La Vanguardia para octubre

Hay una pared. Cerca crece un árbol que se comba poco a poco, mientras coches y transeúntes pasan, siguen su rutina sin reparar en lo que permanece más arriba de lo que le deparan sus ojos. Hay una pared, una pared casi desnuda, si no fuera por una alacena que se abre al aire. En ella, algunos platos y tacitas, alguna botella; si entrecierro los ojos adivino un bote, algún cubierto suelto, algunos frascos de cuyo contenido nunca podré saber. Reparé en ella la primera vez porque un gato me llamó desde el solar que ahora ocupa la casa fantasma. No sé por qué miré hacia arriba, tal vez un susurro, un crujir de hojas, un tintineo en un cristal por el viento hizo que desviara hacía allí mi atención. Quedé prendada por esa voluntad de persistir, por esa mera existencia de un rincón al que le arrebataron prácticamente todo: un hogar reducido a ese hueco labrado en una medianera. Imaginaba las manos que dispusieron todo lo que hoy queda. Qué se llevó de ese ahí, qué decidió que se quedara a la intemperie. Sin darse cuenta les otorgó así un nuevo lenguaje, otros nuevos usos, quizás, soportando las inclemencias, las miradas de fuera, otros cuerpos desde la distancia. Aquí quedan, en el otro lado, quienes nunca pudieron abrir esa puerta, preparar la comida, quizás servir una cucharadita más de azúcar, dos platos soperos para engañar al hambre, una copa para celebrar o para hacer más llevadera la soledad. Sin darme cuenta, me escucho a mí misma intentando hablar a los objetos, preguntando por aquel o aquella que observaba y vivía a través de ellos, intentando arañar esa transparencia del amor que tal vez queda suspendida en los detalles. El gato maúlla y yo sigo tanteando diferentes formas de adivinación. Hay una pared y vive en el aire porque alguien se fue o tuvo que irse, puede que el dinero nunca alcanzase, puede que solo quedara la opción de intentar vivir al otro lado de un mar inmenso y feroz. Pienso en esas cosas en las que nadie repara como objetos de transición, lugares momentáneos de fuga que nos trasladan a todas esas historias que llevaron bordadas nuestros antepasados, hechas de ausencias y exilios, de derrumbes y silencios. Desde esa altura, ese fragmento de cocina permanece, resiste, no deja de contarme, otra historia antigua que no conozco. Nada existe aislado, por sí solo, y quizás, si lloviera, una maraña de hilos uniría mis manos con ese pedazo de otro tiempo, con el animal que me vigila atento y espera por si cae algo de comida, con el árbol y las zarzas que han usurpado lo que en un día fue una casa. Aquí acaso surge una nueva confidencia, una grieta que se abre y que hace posible que comience de nuevo el mundo. Sonrío, sigo pendiente de la alacena, recreo una y otra vez una posible aparición. No una mujer entumecida de soledad y de tareas, no un cuerpo enfermo, hambriento o cansado. Un mantel impecable, olor a café recién hecho, algún dulce y castañas en el medio, mientras las bocas celebran y no callan. La puerta de la pequeña despensa abierta, de cara a la luz, me permite formar parte de esa merienda que quizás algún día fue. Comienza a nublarse, el gato se gira en busca de refugio, y yo vuelvo a caminar antes de que las gotas hagan visibles los hilos. Rompe la tormenta y no me queda más remedio que guarecerme en un soportal. Cómo no, levanto la vista hacia arriba y hay otra pared, otro ayer en el aire, con otra alacena pequeña, abierta. En el borde, una taza de porcelana —demasiado fina, me digo— cuelga de una alcayata que resiste ahí, engarzada a la madera a pesar de la humedad, del tiempo y la carcoma. ¿Cómo será posible? Tiembla mientras la miro, insolente, y regresa a mí el poema de Silvia García en Nenas medrando: «Non sei cantas cousas do mundo/ aguantarán no seu lugar// vou vixiar/ para que os obxectos// non desaparezan».

Las que se levantan

Columna publicada en Comer La Vanguardia para septiembre

‘El Banquete’ de María Alcaide, en Alcuéscar 
(foto: Asier Rua)

La memoria es caprichosa: aparece y hace de las suyas cuando menos te lo esperas. Conmigo últimamente, juega a presentarse sin invitación, a la hora de comer. Despliego el mantel, lo aliso con las manos, dispongo vajilla, servilletas, vasos y cubiertos, y de golpe llega la risa de mi abuelo, el olor a naranjas recién cogidas del árbol, los cristales empañados nada más abrir el puchero, mi abuela, mi madre, ellas, ellas nunca sentadas del todo, yendo y viniendo, detrás, en cualquier parte. Escribía el poeta argentino Roberto Juarroz que en el centro de la fiesta no hay nadie, que en el centro de la fiesta es donde está el vacío. También, replicaba, que en el centro del vacío hay otra fiesta. Recuerdo cómo se presentaban y se desenvolvían ante mí los misterios del mundo, cómo se desenrollaban las conversaciones en la mesa, mientras otras recogían y quedaban al margen, esperaban tiestos y cacharros, agua hirviendo y mistol. En ese centro de la fiesta había un vacío porque eran las de siempre las que nunca estaban, un lugar que a veces les era prestado un momento, un suspiro, porque la casa es un organismo que nunca descansa, un trapo viejo que siempre será necesario zurcir Tal vez, de ahí, las confidencias y los susurros arraigaban en otros espacios, mientras los grandes relatos quedaban prendidos con ellos en el mismo mantel. Recogiendo, enjuagando, secando los platos, metiéndolos de vuelta en la alacena, guardando el pan sobrante en la misma bolsita bordada de paño, fue en esos momentos y espacios donde la jerarquía doméstica me daba la bienvenida a los asuntos de mujeres. Un universo aparte con un lenguaje propio entre fuegos y silencios. Quedarse después de comer sin levantarse de la mesa no dejaba de ser, a fin de cuentas, símbolo de poder, de estatus. Permanecer quieto, hurgar entre dientes, huecos y encías, esperar al café mientras se juega con la servilleta, reposar, mirar el telediario, aguardar al sueño; al fin y al cabo, privilegio de unos cuerpos sobre otros. Puede que de ahí nazca una obsesión impaciente por la mesa: un lugar que no escapa de todas las circunstancias que no dejan de atraversarnos. Quizás, por eso, algo me pellizcó y me encandilé cuando vi las imágenes de El banquete, la intervención de la artista Maria Alcaide para los talleres de Filare en el pueblo extremeño de Alcuéscar. Porque en el centro de la fiesta siempre hay un vacío que pellizca, que escuece, un no-lugar que por fin se reivindica y se deja ver. En aquella mesa tan bonita y bien dispuesta se sentaron las mujeres del pueblo, las mayores y las jóvenes, las que nunca vieron el mar y las que por fin regresan. María, a través de la comida y la genealogía, con esta intervención, erigió un altavoz precioso en el que se engarzaban las historias personales de cada habitante y del pueblo entero. Alrededor de la visibilización de sus trabajos, se rehicieron los blasones y heráldicas del lugar. No se tallaron en piedra esta vez. Todas ellas, sentadas a la mesa, sin recados ni urgencias rompieron relatos y poder. Los linajes y las historias propias del territorio se volvieron orgánicos y vivos. Cada mujer inventó o rehízo su símbolo con los productos locales y ecológicos de la tierra: frutas, verduras y vino. Y así se equilibró el centro, y aparecieron la fiesta, la cháchara y la risa, los nuevos relatos que reparan pero que también hermanan, sueñan, crecen. El pueblo se volvió banquete, sustento, alegría, pan, redignificando la vida de todas aquellas que trabajaron a la sombra, calladas, invisibles. Maria sonríe al contarme que todo terminó en una comilona improvisada: blasones y escudos se convirtieron en alimento y fueron celebrados esta vez en el estómago, con pan y otros avíos que pusieron las vecinas. Del vino se encargó el cura. En el centro del pueblo no hay un vacío porque que hay una fiesta, y es ahí, en la fiesta, donde hay un banquete, en el que se quedan, por fin, las que primero siempre se levantaban. 

Una conversación pendiente

territory in bird life

Afirma Robin Wall Kimmerer en su maravilloso libro Una trenza de hierba sagrada que la verdad de nuestra relación con la tierra no está escrita en ningún libro tan bien como sobre el propio terreno. Pero ¿conocemos las lenguas que habitan y propician la vida un día tras otro en la tierra que pisamos y nos relacionamos? ¿Sabemos leer el paisaje que vemos más allá de nuestra ventana y nombrar las fuerzas que hacen posible que hoy florezcan los ciruelos y el polen comience de nuevo su viaje? Delimitamos y encerramos la lengua solo a nuestros cuerpos, parece que solo le corresponde al humano el habla y la escucha. Pero nada más lejos de la realidad, no dejaremos nunca de formar parte de una conversación más extensa, más amplia, que no deja de desenvolverse allá donde nuestra vista nunca llega. Muchas definiciones y conversaciones -reducidas a nosotros, orbitando alrededor del antropocentrismo, como si nosotros estuviéramos solo a cargo del mundo y no fuéramos partícipes de las fuerzas y relaciones a las que están sujetas otras maneras de vida-, nos aíslan de lo que vive y nos sostiene, de lo que nos rodea y nos alimenta. Quizás debamos intentar llenar nuestras palabras de poros, pensarlas como esponjas, posibilitar así nuevos acercamientos y hacer de la conversación una membrana permeable que se deja hacer, que se atraviesa por todo aquellos y aquellas -humanos y no- que existen dentro de la tierra. Convirtámonos en seres porosos, conscientes de la vulnerabilidad y la interdependencia en la que estamos enredados, y gracias a las cuales despertamos cada día. Las palabras determinan nuestro mundo, pero también podríamos reparar en las otras, abrazar y aprender las palabras de todos los que no escriben en la lengua que hemos hecho primordial y única. Abramos las puertas, seamos ventanas abiertas a un paisaje vivo lleno de lazos y vínculos que todavía nos habla, que espera, quizás, que nos detengamos un segundo para entablar un diálogo. Dejémonos ser, o como reza un fragmento de Empédocles: Once I was boy and girl, bush, bird and silent fish jumping out the sea

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Una conversa pendent

Afirma Robin Wall Kimmerer, al seu meravellós llibre Una trenza de hierba sagrada, que “la veritat de la nostra relació amb la Terra no està escrita en cap llibre tan bé com sobre el terreny mateix”. Però coneixem les llengües que habiten i propicien la vida un dia rere l’altre a la terra que trepitgem i amb la qual ens relacionem? Sabem llegir el paisatge que veiem més enllà de la nostra finestra i anomenar les forces que fan possible que avui floreixin les pruneres i que el pol·len torni a començar el seu viatge? Delimitem i tanquem la llengua només als nostres cossos, sembla que la parla i l’escolta només corresponen als humans. Però res més lluny de la realitat, mai no deixarem de formar part d’una conversa més extensa, més àmplia, que no deixa de tenir lloc allà on la vista no ens hi arriba mai. Moltes definicions i converses —reduïdes a nosaltres, orbitant al voltant de l’antropocentrisme, com si només nosaltres estiguéssim a càrrec del món i no fóssim partícips de les forces i les relacions a què estan subjectes altres maneres de vida— ens aïllen d’allò que és viu i ens sosté, del que ens envolta i ens alimenta. Potser hem d’intentar omplir les paraules de porus, pensar-les com a esponges, per fer possible, d’aquesta manera, nous acostaments i fer de la conversa una membrana permeable que es deixa fer, que es travessa per tots aquells i aquelles –humans i no– que existeixen a la Terra. Convertim-nos en éssers porosos, conscients de la vulnerabilitat i la interdependència en què estem enredats i gràcies a les quals despertem cada dia. Les paraules determinen el nostre món, però també podríem parar atenció en les altres, abraçar i aprendre les paraules de tots els que no escriuen en la llengua que hem fet primordial i única. Obrim les portes, siguem finestres obertes a un paisatge viu ple de llaços i vincles que encara ens parla, que espera, potser, que ens aturem un segon per entaular un diàleg. Deixem-nos ser o, com resa un fragment d’Empèdocles: “Car el que és jo, ja he estat un xicot i una noia, un arbust i un ocell, i peix mut en la mar”.

Traducción al catalán de Josep Sucarrats.

Este artículo fue publicado en el número 6 de la revista Arrels.

una mujer de su casa

Columna publicada en Comer La Vanguardia para agosto

Amanda Fielding

Quería sentarse a terminar ese poema. Solo eso. Pero tenía las manos manchadas y el trapo de cocina lejos; una torre de platos, cacharros y tazas por fregar; una comida aún sin hacer que requiere toda la atención y el movimiento. Ella quería sentarse a escribir, quitar por fin este mantel y hacerlo jirones, tocar la madera desnuda, deshacerse con las nuevas palabras sin ningún intermediario. Las manchas de tinta hay que empaparlas con leche para que desaparezcan, eso lo aprendió de su madre. Experta en tipología de manchas, ella ahora las delimita con el dedo, recordando la genealogía y el porqué de cada una de ellas. Qué fácil se mancha una cuando no le toca frotar. Una vida entera, piensa, una vida entera. Fue Gabriela Mistral quien escribió que vivía una vida entera en cada hora que pasaba. Ella, a cada minuto del reloj de cocina, siente como son otros los que viven esa vida por ella. Es ella la que alimenta a la locomotora sin descanso, este es el problema de latir; después de la digestión y el saciarse vendrá de nuevo el hambre, los restos, la suciedad. A veces le gustaría apagarse, se rasca sin cuidado la espalda por debajo de la camiseta, por si encontrara un botón para dejar de devorarse, un simple intervalo, una pausa entre todas las tareas. Para los asuntos de mayor profundidad, usa siempre el estropajo de alambre. Araña y araña, como si pudiera con el gesto quitar todo lo que le sobra y le ata, todo lo que le duele. Una cocina requiere altos niveles de higiene y, para ello, una pasa a habitar un mundo de susurros, un espacio donde solo ella habla consigo misma y solo se oye a sí misma, no deja de ver cómo rebota entre ollas y sartenes todo lo que no se atreve a atravesarla porque morirá entre jabones y desinfectante. Curioso, piensa ella, que Amanda Fielding decidiera trepanarse a sí misma y filmar el proceso en su propia cocina. Pero, mujer previsora, se preparó un bistec que comió antes de la cirugía casera: así sus niveles de hierro no se verían alterados durante la intervención. Una conmoción, sí, ¿pero se sentiría luego más ligera? ¿Desaparecerían de una vez la grasa, los platos y las migajas? A veces se da cuenta de que llora porque la vajilla comienza a enjuagarse antes de abrir el grifo. Y sonríe porque recuerda ese poema que se sabe de memoria de Susan Griffin, bueno, se sabe solo la primera parte, le gusta tenerlo en la cabeza siempre que friega los platos. Escribió la primera estrofa en el traductor, retocó las palabras para hacer por fin algo suyo y amasarlo como amasa todos los días el pan y la soledad. En Tres poemas para una mujer, la poeta insiste: “Este es un poema para una mujer que lava los platos / Este es un poema para una mujer que lava los platos. / Debe ser repetido. / Debe ser repetido, / una y otra vez, / una y otra vez, / porque la mujer que lava los platos / porque la mujer que lava los platos / no puede escucharlo / no puede escucharlo.”

libros sin cocina

Columna publicada en Comer La Vanguardia para agosto

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Como si una ventana se abriera en la misma hoja de papel, una mujer se inclina, sujeta un cubo, alimenta así a un becerro. Es 1871. Unas páginas más adelante, retrocedemos al año 1471: un lobo nos mira desde otro espacio —eso parece—, hay penumbra, en su boca una presa ya fue, ahora queda reducida a alimento, la sangre gotea, igual que en 1998 una gotera aparece y salpica sin cesar en una ventana de una habitación. Es 1870, y ahora el paisaje se convierte en postal: pintor y musa, se despliega un mantel sobre la hierba, descansa una cesta, un caballete, un paraguas para el sol. Él se dispone a comenzar su tarea; ella, tumbada, preparándose para ser parte del lienzo, le ofrece vino. Otra época, otro cuerpo. 1916: un ataúd abierto, pero con huésped; esta vez el mismo espacio, ahora habitación, repleto de flores para una despedida que recién empieza. Estas son algunas de mis postales preferidas que ocupan las páginas de Aquí, una novela gráfica única y preciosa de Richard McGuire. Un libro que hace y deshace el tiempo a su antojo, abarcando desde los orígenes del planeta hasta el futuro, donde se vislumbra un más allá donde la humanidad ya no existe. Una de las frases de la faja te advierte que recordarás perfectamente cuándo y dónde leíste este libro, y tiene razón: quedé prendada de esta historia desde la primera página. Tuvieron que pasar varios días para que apareciera una pregunta que me hizo revisar de principio a final la obra del ilustrador estadounidense. ¿No aparecía ninguna cocina en la obra? ¿O ni siquiera algo relacionado con este espacio doméstico, con la comida? Una a una se sucedían las páginas donde asistí a conflictos, enfermedades y pasiones; donde conocí a animales, a organismos del pasado y del futuro; donde presencié inundaciones, caídas, incendios, bailes, reuniones, caminos, construcciones, visitas y juegos. Del enamoramiento pasé a la estupefacción. ¿Por qué en estas más de 300 páginas no pudo ser este espacio una cocina o un fuego donde preparar el alimento? ¿Cómo algo tan central en una vida, aorta del hogar, no tiene cabida en un libro que toca historias y trayectos que se despliegan de múltiples maneras ante nosotros? Todas estas ventanas contienen historias infinitas, pero ese espacio doméstico, imprescindible para la vida, no ocupa ninguna de ellas. Compaginé su lectura con un maravilloso libro que acaba de publicar la editorial Las afueras, una obra pequeña pero radiante que contiene dos ensayos esenciales de Tillie Olsen. Aquí la escritora desmenuza a través de dietarios, cartas, voces, testimonios y su propia experiencia, se sumerge así para explorar y narrar la invisibilización impuesta a escritoras y escritores por su color de piel, género o clase social. ¿Qué hay detrás de un silencio? ¿Quién y desde dónde se fuerza? Apunta Olsen sobre la escritura: «yo misma he llegado casi a enmudecer, y he tenido que dejar morir la escritura que llevaba dentro una y otra vez». Pensaba, mientras releía, cómo el silencio no solo se apodera de una voz, de un cuerpo, sino que también alcanza los espacios, en especial los domésticos, como la cocina. De pronto mientras escribo, golpean aquí los versos de la poeta brasileña Adélia Prado: «meu pai queria comer / minha mãe, peregrinar». Unos se marchan, exploran, ponen nombre a montañas y ríos, terminarán en las páginas de la historia, inmortalizados en una estatua, calle o monumento. Otras se quedan, cocinan, cuidan, reparan, cosen, limpian, doblan las sábanas, el cuerpo, (se) dejan enmudecer. Priorizan y anteponen todas estas tareas a otras como la escritura. Cosas que no suceden, que dejan devorarse en los mismos lugares, en los mismos espacios en los que otros imponen el silencio, por los que ni siquiera pasan de puntillas y dejan sin reparo en la penumbra. Qué esclarecedora la carta que leemos en Silencios, que Katherine Mansfield envió a John Middleton Murry: «La casa me come tanto tiempo… cuando tengo que volver a limpiar o fregar cosas innecesarias mi impaciencia es espantosa y lo único que deseo es ponerme a trabajar en [la escritura]. Esta semana, Gordon y tú os habéis pasado largos ratos hablando mientras a mí me tocaba fregar los platos. Alguien tiene que fregar los platos y comprar la comida, claro. Si no, “solo quedan huevos para comer”. Y cuando ya os marchabais, yo me dedicaba a pasear de arriba abajo con la mente llena de sartenes fantasmas y hornillos y con ese “¿Tendrán bastante para la cena?” rondándome la cabeza. Cada vez que me pongo con cualquier cosa, incluso a escribir, oigo tu: “Tig, ¿es que no vamos a tomar el té? Ya son las cinco”.» Ese «la casa me come tanto tiempo» bordado en el cuerpo de nuestras madres y abuelas, de amigas y conocidas, esa hambre que en algunas obras no asoma ni se intuye. Y de esta voz me vino una conversación que tuve con la escritora gallega Teresa Moure hace unos meses: ella me contaba que, cuando publicó su primera novela, algunos periodistas le habían comentado que sus personajes pasaban mucho tiempo fregando. Y ella sonreía: quizás hay que ponerse en esos lugares, coger bayeta, estropajo, olla y cuchara, y escribir desde ahí. Romper la narrativa, mancharla, dejarse llevar por otras escrituras y escritoras. Necesitamos más que esa fuerza única y poderosa de sus palabras escritas para romper de una vez todos los silencios. Quizás podemos aprender también de la ausencia, comenzar a hacer las preguntas necesarias, cuestionar el qué y el cómo, rastrear aquello que no se escucha ni se ve, reconocer de una vez los privilegios. Porque son estos libros sin cocina los que irremediablemente me llevan a aquellos donde sí aparecen o al menos se dejan ver. Elena Garro dignificó este espacio como pocas: en el relato “Una mujer sin cocina” es este espacio el origen, la puerta de entrada a la amalgama de todos los mundos y caminos. Un lugar que no queda inmune a los conflictos y silencios, sino que también cobija fantasías, complicidades, resistencias y cuidados.

escoitar ós mortos

Columna publicada para junio de 2022 en Comer La Vanguardia

Esta es una frase que nunca imaginé que terminaría convirtiéndose en algo propio y rutinario en mi día a día desde que asenté parte de mi vida en Galicia. Es la hora de escuchar a los muertos, dicen siempre, en esta casa, cuando se aproxima la una y media de la tarde, el momento exacto en que la mayor parte de los días nos disponemos a comer o nos encontramos preparando la mesa y el almuerzo. Escuchar a los muertos requiere atención, silencio, un cambio en el cuerpo. Muchas veces, de repente, todo el ruido se concentra para desaparecer, para dejar paso a la voz de la radio que cada mediodía nos anuncia quiénes marcharon las horas anteriores, cómo se hará su despedida, a qué hora, en qué lugar podríamos encontrarnos, qué palabras y ceremonias escogen sus familiares para decirles adiós. Al principio me chocaba esto de escuchar con minucioso detalle una lista de aquellos que morían cada día mientras yo me disponía a comer o comía como si nada. No solo el nombre del muerto mientras dirijo la cuchara a la boca, sino todo lo que sucede y se despliega alrededor. Los vínculos, las historias, las anécdotas, los caminos compartidos. Compartir la mesa con los muertos me recordaba a ese verso de Quevedo que decía “escuchar a los muertos con los ojos”. Solo que aquí, entre chirivías y berzas listas para servirse, los escucho con la boca, con las manos, con un plato a rebosar y un pan siempre por delante, con apetito y curiosidad por saber más acerca de que los que recién desaparecen en esa ausencia permanente que devora mientras yo rebaño el plato. Soy un cuerpo que necesita alimento, estoy viva y aprendo, o eso creo: formar parte de este lado de los vivos conlleva vivir con la pérdida cada día, y quizás, esta no sea más que otra forma de ensayar una y otra vezuna de las despedidas más antiguas del mundo. Me decía Olga Novo cuando le conté esta inmersión en su tierra y cómo me sentía, que era precioso esa vereda compartida que se abría entre el alimento y el difunto, porque eran ellos los que, al fin y al cabo, volvían a tener voz y continuaban hablándonos, sentándose así con nosotros en la mesa. Quizás, a través de la comida podríamos invocarlos, por eso mi abuela nada más volver del cementerio tras el entierro de mi abuelo, lo primero que hizo fue ir a la cocina a preparar unos huevos fritos con patatas. Mi madre me lo cuenta con una mezcla de enfado y ternura, pero yo, ahora que estoy en esta tierra que no se desprende de lo que desparece, lo entiendo, lo veo ahora desde un lugar diferente. Algo parecido también le pasó a la escritora alemana Judith Schalansky. En su libro, Inventario de algunas cosas perdidas, decide abrir el prólogo con un recuerdo, mejor dicho, con una conversación con la muerte. Ella camina, un día de agosto, en alguna ciudad del norte, por un barrio de marineros. Cerca del mar, descubre algo que terminará injertándose en su memoria, una imagen de la que no podrá desprenderse, que se convertirá en recuerdo, que tendrá por sí sola voz y peso propios, ocupará con fuerza las primeras páginas de este libro: en el centro de la localidad por la que pasea no hay mercado. No hay plaza, no hay comercios, bares, restaurantes. Unos tilos jóvenes aprenden a dar sombra a un cementerio. Aquí, en este lugar, el espacio pensado para la vida, para el intercambio, la comida y el trasiego, las charlas y los encuentros, los canastos y los cambios, se convierte en otra cosa, tiene otro destino. El centro es lugar para el silencio, para el descanso eterno, para una tierra que poco a poco va dejándose hacer por la convivencia de unas raíces que se ahuecan con los cuerpos de los recién sumergidos en el manto. Ella, en estas páginas, confiesa que al principio le invadió una especie de malestar, una sensación que se le agarró al cuerpo y no la soltó hasta que dio paso a un estupor inmenso. Desde el lugar que ocupaba como recién llegada al corazón del escenario, una imagen de golpe nacía y le impactaba: Frente a ella, una ventana abierta que dejaba ver una cocina. De ella, el ruido de cazuelas y fuegos, los olores de la despensa y la paciencia. Allí arriba, una mujer preparaba la comida, con vistas siempre al cementerio. Mientras cuidaba de lo que bulle y alimenta, podía ver en todo momento la tumba de un hijo que se fue demasiado pronto. Un hilo invisible pendía en el espacio, se hacía presente, enredaba a la forastera y también a aquellos que comenzamos a formar parte de la conversación. Una en la que no se vive de espaldas a la muerte, una en la que no se esconde, no se silencia, no se cubre con viejas sábanas y trapos. Una conversación antigua que se hace nueva cada día en la que no se rompe el vínculo, una que hace posible que todos sigan sentándose en la mesa, comiendo juntos, compartiendo, conversando, escuchándose los unos a los otros atentos, mientras se parte el pan y se contemplan a la par, sigilosamente, futuros y pasados. 

un andar suave

manojitos de espárragos cogidos este abril en mi tierra

Cuando le pregunto a mi padre cómo aprendió a coger espárragos siempre me dice que uno se ilustra a base de andar. De pequeño, él salía con otros niños del pueblo al campo en busca de ellos. Antiguamente también se veían en grandes cubos con agua. Las macetas de espárragos, como así las llamaban, crecían en las cunetas de las carreteras nacionales, se convertían en el sustento, entre otros alimentos, de muchas familias que esperaban a los futuros consumidores con lo recién cogido remojándose en agua. No dejo de pensar, mientras me salgo de la vereda guiñando un poco los ojos, prestando atención, que al fin y al cabo venimos de linajes que se han alimentando durante mucho tiempo a base de recolectar y hacer camino. Donde una mira puede que se abra un sendero, me digo, y voy hablando conmigo misma mientras busco atenta el manjar. Quizás tanteando, reparando en todo lo que dejo atrás y comienza, surgen nuevos parentescos, otra manera de pisar el suelo del que también somos.  ¿Qué es si no, esta casa para vosotros? Susurro mientras aparto una jara con las manos, tarareo para mí lo que sé de estos espárragos: trigueros, los que crecen en mi tierra, en suelos más calizos o en aquellos que presentan algunas vetas calizas. Planta perenne, vivaz, con raíces fuertes. El alimento que después disfrutaré es la nueva esparraguera de la planta. Fue otro tiempo, aquel, donde aquellos que los ansiaban, cortaban la planta para que otros no dieran con ella. Pero este intento de hacer propio lo silvestre era en vano, en el sustrato siempre queda un rizoma vivo, que sin parte aérea se decide a crecer para poder continuar realizando la fotosíntesis. Así, aquellos que intentaban esconder su preciado hallazgo terminaban por hacer justo lo contrario, contribuían a que nuevas esparragueras aparecieran y se desperezaran en busca del aire y de la luz. Buscar también es ir al encuentro, y yo insisto: me da miedo pensar que este paisaje que amo se vuelva irreconocible, desaparezca, que solo quede vivo en la memoria, esa volátil y dúctil, que termina haciendo con lo verdadero lo que le da la gana. 

Prosigo y mientras va creciendo el manojo, con la otra mano acaricio la navaja que uso cuando voy a por setas, vuelvo a musitar, me gusta creer que todo lo que aparece delante de mí está vivo, que hay una memoria colectiva que también atañe a lo silvestre, que se encarga de guardar todo, cada vida, cada instante, todas son preciadas para ella. Mira, mira con calma a tu alrededor, porque siempre habrá otro, habrá otra. Todo está siendo a la vez, mientras unos se descomponen, otras germinan. Recoger, recolectar, puede que esta acción requiera otra forma de estar en el mundo, otra especie de atención. Aquí y ahora, mientras no dejan de desentrañarse raíces y canciones a mi paso, divago sobre cómo surgen las historias, quizás nunca terminan, sino que se propagan y se engarzan entre ellas, florecen trigueras, palabras, destellos, generando otras nuevas que sobreviven y que están ahí, aunque no las veamos. Latentes, quizás yo estoy llena de palabras así, que se estiran hacia al cielo y se abren en flor, pero que nunca se escriben o se nombran, no son recogidas, escritas, habladas. Tal vez cada uno de nosotros somos rizoma y todos nuestros pasos y acciones hacen posible otras semillas, otros frutos. Siempre habrá veredas, simientes, raíces que comienzan y se abren para imaginar otros mañanas, otras casas posibles, otros vínculos, otros mundos. A lo lejos intuyo mi nombre, alguien me llama, pero quiero acurrucarme aquí, en esta solana, dejándome hacer por los árboles y las primeras flores. Y sonrío pensando en los espárragos que he dejado en la tierra, sin cortar, para los próximos que vengan. De regreso, paramos por el lugar donde mi abuelo tenía el huerto. Hace muchos años quiso probar con algunos silvestres y salieron varias esparragueras. Yo no recuerdo, pero lo sé porque mi padre siempre cuida el contarme. A pesar del tiempo y del abandono me esperaba una, con su fruto, sin camuflarse, como si saliera a mi encuentro, como si quisiera insistir que, a pesar de todo, la vida prosigue, alimenta, florece. 

*Texto publicado en Comer La Vanguardia, abril de 2022

Por un feminismo de hermanas de tierra

Manifiesto de 2022 por las mujeres rurales

ilustración de Mayte Alvarado

Hemos declarado costumbre que amanezca y miremos al cielo en busca de señales de lluvia, en una tierra asolada por la sequía. En algunos puntos comienza a derretirse la escarcha, crecen los arroyos; el musgo envuelve cortezas, piedras, árboles, recordándonos que la vida sigue, que nosotras también estamos aquí, que también somos parte del territorio.

El último informe del IPCC vuelve a recordarnos que somos vulnerables al cambio climático, y que ya no valen las medias tintas. No podemos alargar más la inacción: si no, perderemos esa pequeña y fugaz ventana de oportunidad que puede asegurar, para todas las personas, un futuro habitable y sostenible.

Este invierno primaveral no puede distraernos de la emergencia climática, de la falta de agua que agrieta nuestros suelos, de los macroproyectos que acosan nuestro territorio y que amenazan las múltiples formas de vida de nuestros medios rurales. Por eso estamos aquí, alzamos la voz, sostenemos el territorio, no dejamos de tejer redes entre nosotras, ayudándonos y visibilizando todo aquello que nos amenaza y nos quiere hacer caer. Juntas podremos enfrentar las adversidades y superar todos los tropiezos, porque sin la alegría y la empatía no somos ni seremos nada.

Hermana de tierra,

otro marzo más

volvemos a llenar nuestras plazas y calles, reivindicando que otro mañana es posible; un futuro de igualdad, diversidad y sostenibilidad. Hoy queremos, todas juntas, empezar a habitarlo: no perder nunca la esperanza.

La pandemia continúa sacudiéndonos, pero nosotras hemos sabido avanzar siendo rebaño. Como todas esas ovejas que se agrupan y protegen sus cabezas debajo del cuerpo de sus compañeras. No pensamos un medio rural sin el colectivo: sin la ayuda y el apoyo mutuo no podremos seguir adelante.

No queremos formar parte de esa ruralidad solitaria y cerrada que se quiere imponer, que se aprovecha, que engaña y que se aferra a una nostalgia peligrosa que romantiza la desigualdad y el machismo que — por desgracia — vivieron nuestras madres y abuelas. Que nos reprime y solo nos reduce a tradición y maternidad, que no quiere — y al que no le interesa — abrir una ventana a la diversidad y a la realidad de nuestros medios rurales.

Porque necesitamos nuevas ruralidades llenas de feminismos, agroecología, diversidad, pero también de memoria. En estos tiempos en los que la incertidumbre nos atraviesa, es importante saber de dónde venimos para pensar e imaginar veredas que nos lleven a un futuro mejor; caminos que puedan enseñarnos, desde otros aprendizajes, hacia dónde podemos y queremos ir.

Por eso aguardamos otro año más con la misma paciencia a que florezca el saúco, a que las malvas inunden los campos, a que el olor de la menta y la albahaca regrese al aire que respiramos. También a recoger juntas los frutos de los árboles, las hortalizas de la tierra. Volveremos a compartir nuestras recetas, a visibilizar todo ese conocimiento que tantas veces se despreció por no venir de la academia. Tal como nos enseñaron tantas mujeres que nos precedieron, como nuestras abuelas, desovillaremos los saberes y uniremos los hilos, rehaceremos las madejas; podremos formar parte de un telar que acoja pero que también se pregunte, que actúe como puente entre aquellas de las que venimos y aquellas que vendrán.

Las amenazas de hoy no dejan de ser, en parte, las mismas de siempre, disfrazadas bajo las palabras «progreso» y «prosperidad». Pero nosotras somos como esas casas de nuestras aldeas, fuertes, levantadas con las piedras del propio paisaje, hechas de árboles y diálogos con la tierra. A pesar de los embalses, del abandono y del exilio forzado, muchas de ellas se mantienen en pie, testigos del ansia de un sistema hiper extractivista que solo piensa en dinero y en producción, en usar las palabras verdes y renovables para lavarse las manos; para permitir, con toda la impunidad del mundo, que proliferen por todo el territorio macroproyectos que ponen en riesgo espacios naturales protegidos y de alto valor ambiental. Monocultivos de placas solares y parques eólicos, desiertos verdes, naves intensivas donde se rompe el vínculo entre el territorio, la persona y el animal. Explotaciones industriales que contaminan nuestros suelos y el agua que bebemos. No queremos esta fiebre de industralización que contamina, precariza y mata. Que olvida a todas aquellas personas que habitan y hacen posibles nuestros pueblos, invisibilizando y vulnerabilizando a colectivos como el de las mujeres migrantes, aún sin condiciones dignas de trabajo y de vida. Aquí estamos para alzar la voz, para deciros que no dejaremos de luchar por garantizar una tierra digna.

Hermana de tierra,

no dejamos de ser árboles. Enraizadas entre nosotras, con nuestras acciones y palabras también podemos ser simbiosis, rizomas, bosques. Entrelazadas hoy nos manifestamos, cantamos, nos damos la mano, echamos a andar sin miedo, siempre hacia adelante. Lo vemos en el resurgimiento del pino canario después del volcán, también en las coladas marinas que ven crecer las primeras algas. A pesar de la lava y la ceniza, siempre vuelven los brotes.

Hoy más que nunca pensamos en todas las hermanas ucranianas, pero también en todas aquellas que sufren en tantos conflictos armados invisibilizados. Hoy ellas luchan, huyen hacia las fronteras buscando otro mañana con sus hijas, dejando atrás a su gente, a sus raíces. Mientras vemos en las pantallas cómo en Ucrania muchas recogen nieve para poder beber, para algunos parece que la única preocupación es el aumento del precio en el cereal para sus producciones intensivas. También ellas llenan de semillas los bolsillos de algunos soldados rusos para que la tierra nunca deje de florecer, a pesar de la guerra, de la violencia, de la muerte.

Hermanas, no estáis solas.

Otro año más, seguimos aquí, estamos aquí. A pesar de la pandemia, de la sequía, del volcán, de las guerras… Aquí nombramos, aquí nos sentimos más unidas que nunca. Aquí hacemos frente, compartimos nuestros temores, dejamos a un lado el silencio. Reivindicamos que existen muchas maneras de habitar el territorio, muchas ruralidades que dialogan, que construyen, que cuidan y acogen. Una de hermanas de tierra: llena de feminismo y diversidad, de agroecología, de memoria, de interdependencia, esperanza y alegría.

Por un feminismo de todas,

por un feminismo de hermanas de tierra.

*La ilustración es de Mayte Alvarado. Podéis descargar el cartel en castellano y en el resto de lenguas aquí.

**(Este Manifiesto fue escrito por Lucía López Marco María Sánchez. Gracias a los consejos y aportaciones de Celsa Peitado, Blanca Casares, Patricia Dopazo, Julia Álvarez, Karina Rocha, y Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

***El texto en cursiva pertenece a la traducción del último informe del IPCC del periodista Eduardo Robaina en La Marea.

-Traducíu al asturianu por Inaciu Galán.

-Traducido a l’aragonés por Lucía López Marco.

-Traducido ao galego por David, da cooperativa O Tempo da Aldea (Rebordechán, Crecente, Galicia).

-Arrevirat ar aranés per Mireia Boya Busquet.

-Traduït al català per Mar García Gálvez

-Traducíu al cántabru por Daniel Lobete de asociación Alcuentru

-Traduzido ao português brasileiro por Estela Rosa.

-Manifestu hau Leire Milikua Larramendik itzuli du euskarara.

-This manifesto was translated into English by Becky Stoakes.

-Questo manifesto è stato tradotto in italiano da Alice Verni.

Palabras como ecosistemas

tribuna publicada en el primer número de la revista igluu

Las palabras dan forma a nuestro planeta. Lo definen, lo amasan, lo moldean. Crecemos rodeados de ellas, las usamos para nombrar, delimitar, poseer. Pero también para conservar, cuidar, querer, recuperar. La lengua es corazón y raíces, sustenta nuestra cultura, nuestros lugares en el mundo. Sobre las palabras que pronunciamos y sobre las que también callamos se levantan comunidades, micorrizas y vínculos. Nunca dejaremos de necesitarlas: sucede que cuando nombramos y conocemos, comenzamos a sentirnos como en casa, los nombres forman también nuestro hogar. Todas ellas, siempre fueron y son válidas: las que aparecen en los diccionarios, las que susurraban bajito nuestras abuelas, las que nacieron en otros idiomas, las que se amparan en acentos, también aquellas que fueron despreciadas por venir de periferias y medios rurales. Cuando una lengua desaparece, muere un bosque, un hábitat, un prisma, una aldea, una manera única a través de la cual mirar y rehacer el mundo. Otras formas de habitar son necesarias en estos tiempos de emergencia climática e incertidumbre, me pregunto cómo podríamos hacer para crear una nueva lengua en la que no estemos solo nosotros, también los árboles, los animales y las plantas, todos los seres con los que compartimos nudos y pasos. Un lenguaje para la interdependencia, la defensa y la conservación de nuestro planeta. Necesitamos, más que nunca, nuevas y viejas historias para rehacer y re-imaginar nuestros vínculos. Muchas de ellas llevaban consigo maneras únicas de relación y saberes que no llegaron a escribirse porque no se consideraron válidas ni suficientes. Quizás debamos ahora mirar hacia abajo, hundir las manos en la tierra, remover aquel sustrato que hoy habitamos gracias al cuidado y al trabajo de todas aquellas personas que nos precedieron y que nunca dejaron de ser semillas. En estas raíces sobre las que crecemos, se crearon y mantuvieron relaciones que hicieron posible que nuevas raíces y palabras hoy nos sostengan a nosotros. Muchas de ellas que ya no recordamos definieron nuestros ecosistemas y paisajes, se enraizaron a pesar de que no fueran reconocidas ni protegidas como conocimiento y cultura. Quizás, las palabras más antiguas del mundo pueden revelarnos acerca de los lugares de los que venimos, ayudarnos a convivir en un planeta herido, a no repetir los mismos errores que hoy se disfrazan de nostalgia, convertirse en amuleto para seguir adelante. Puede que todas esas palabras que se encuentran en en peligro de extinción lleven consigo la capacidad no solo de contar y modelar nuestros días, sino de transformarlos. Sin duda, ellas siguen ahí, impacientes, esperando el momento en el que reparemos que hay que romper el silencio, que tenemos que descubrir y nombrar las heridas no solo para calmarlas, también para que sanen. Algo de esto sabían aquellos que amanecían con una palabra en la boca: seher; ese viento de las mañanas sobre el que se piensa, que cuando aparece, ayuda a que las plantas nunca dejen de crecer.