Por un feminismo de hermanas de tierra

Manifiesto 2020 por las mujeres rurales

Este marzo no nos ha traído la primavera; ya lleva asomando desde invierno demasiado pronto. La falta de lluvias y la emergencia climática en la que nos encontramos hacen más que necesario nombrar la crisis ecológica y climática. Actuar, ser conscientes de la tierra que pisamos, de esos árboles que se secan por primera vez por la sequía pero aun así siguen cobijando nidos y cuidando con su propio cuerpo a las nuevas crías. Cosirando, como esa palabra tan bonita del aragonés que implica estar pendiente, mirar, dar una vuelta para comprobar cómo están el huerto, los animales, los demás. Cosirar, cuidar, querer.

Hermana,

nosotras

también somos así. Y venimos de esto. Somos nietas, hijas, sobrinas, hermanas, madres… de tantas y tantas mujeres que no tuvieron opción de decidir y quedaron a la sombra. En la umbría, fuera de la atención y de la luz, cargando con una mochila enorme y pesada de cuidados, tareas domésticas, campo, huerta, animales, hijos, hermanos… sin recibir nada a cambio, con las manos abiertas y agrietadas de trabajar después de dar toda una vida para los demás que no existe para muchos ni se tiene en cuenta, porque no se valora ni se remunera como debería. Somos las ramas de esas mujeres árbol que mantuvieron las casas de nuestros campos y nuestros pueblos con sus mismos cuerpos, y que hoy malllaman mujeres todoterreno y heroínas del rural para ocultar una situación gravísima de machismo y desigualdad.

Mujeres invisibles, en los márgenes, a las que muchas veces no tenemos en cuenta en nuestras luchas sin empatizar con sus tiempos y sus ritmos… Mujeres a las que creemos hermanas de todos los feminismos, diversas… y que necesitamos reivindicar no solo en nuestros pueblos, sino también en las ciudades, ya que el machismo y la desigualdad es una infección que alcanza todos los estratos de nuestra sociedad. Hoy queremos reivindicarlas. Pensar en ellas. Nombrarlas. Por todas aquellas que tuvieron que dejar su casa a la fuerza por un pantano o una repoblación forestal. Por aquellas que tuvieron que marchar fuera de su pueblo y trabajar en la ciudad como sirvientas, cocineras, limpiadoras, camareras, niñeras, operadoras de fábrica… Por todas las mujeres que han seguido cuidando desde la distancia a los suyos, levantando un territorio que jamás las ha nombrado ni recordado como merecen. Por aquellas que ya no están y ni siquiera pudieron volver. Por todas las que siguen emigrando para buscar las oportunidades o los servicios que no encuentran en sus pueblos.

Por todas.

Por todas las que mantienen viva a esta España vaciada que tanto resuena en los medios y que siguen cargando con la misma carga de cuidados en nuestros medios rurales sin los mismos derechos ni servicios básicos que en otros puntos del país. Son ellas; somos nosotras, convertidas en ciudadanas de segunda, las que cuidamos lo que el Estado olvida, lo que el Estado nos quita. Y queremos que la Administración no piense solo en satisfacer las demandas de las ciudades, porque nosotras también necesitamos servicios básicos. Queremos poder decidir si irnos o quedarnos. Queremos soberanía alimentaria, ganadería extensiva y agroecología. Queremos crear comunidades, mantenerlas, ayudarnos siempre las unas a las otras. Sentirnos reconocidas y respaldadas.

Hermana,

este sudor que hemos heredado y cargamos es invisible,

pero está presente en cada huerta,

en cada casa,

en cada escuela,

en la misma tierra.

Estas manos, que nadie ve y nadie calma. Estas manos que trabajan la tierra, cuidan a los pequeños y a los mayores, mecen la cuna, dan de comer, cuidan de los animales y de las huertas Estas manos llenas de historias, tradiciones, oficios y palabras heredadas a través de la voz. Una voz viva que si no cuidamos morirá con nuestras antepasadas.

Estas manos que no tuvieron opción y de las que nunca se preocuparon, y siguieron a pesar de todo tejiendo territorio, familias, comunidades y pueblos.

Estas manos que se rompen en silencio y sin protestar detrás de la barra del bar, que esconden las duras condiciones de las mariscadoras, que saben de la triple discriminación de nuestras hermanas migrantes jornaleras, que conocen la precariedad de aquellas a quienes sus familias olvidaron en algún lugar, y que quieren acompañar y dar cobijo también hoy a nuestras hermanas trans. Estas manos que están abiertas para recibir e integrar a todas las personas nuevas que vienen a vivir a nuestros pueblos.

Hoy, muchas mujeres de nuestro medio rural no podrán participar en los actos que hay preparados porque no tienen opción ni ayuda posible: solo la de quedarse en casa o en el campo y cuidar. Por ellas, por su ausencia, por todas las injusticias que han traído siempre a cuestas en sus manos, por todo lo que han hecho por nosotras; hoy queremos gritar, denunciar su situación, homenajearlas, decirles que estamos aquí con las manos y la voz dispuestas. Estamos aquí. No estáis solas. Queremos deciros que somos también madriguera, un refugio, una red: como las ovejas cuando hace calor, que se agrupan y protegen sus cabezas las unas debajo de las otras. Aquí estamos, hermanas.

Aquí estamos para ser rebaño. Un rebaño infinito y diverso.

Para cosirar las unas de las otras.

Porque ya estamos hartas de que digan de que nuestra tierra está vacía, hay muchas manos invisibles de mujeres que lo mantuvieron y lo mantienen vivo.

Por un feminismo de todas,

por un feminismo de hermanas que cuidan.

Por un feminismo de hermanas de tierra.

***

Puedes adherirte a nuestro manifiesto aquí. Somos rebaño. Juntas, mejor.

***

La ilustración es de Pilar Serrano. Podéis descargarla para imprimirla aquí.

Este año las amigas de Ajuar comparten con nosotras la Jota de la Huelgapara que la cantemos todas juntas.

(Este Manifiesto fue escrito por Lucía López Marco María Sánchez. Gracias a los consejos y anotaciones de Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

A lo largo del día se subirán a esta entrada el manifiesto en todas las lenguas de nuestro territorio.

en aragonés traducido por Lucía López Marco

en gallego traducido por David Lourido, de O Tempo da Aldea

mi canción favorita de Extremoduro es de Marcos Ana

No sé si la vida antes era más fácil, pero a mis catorce años todo lo veía más claro o eso es lo que, ingenua de mí, creía. Las cosas eran transparentes, de frente, a cuchillo, sin pelos en la lengua y sin unos dedos dudosos toqueteando la mesa antes de teclear las palabras adecuadas. Claro, no tenía ordenador, tampoco twitter ni facebook ni insta ni blog, ni nada por el estilo donde pudiera volcar (y exhibir) lo que se me pasaba por la cabeza al instante. Nada de nada.

Me gustaba escribir en el pupitre, rayarlo, hacer frases sin sentido como pequeños nubarrones de los que siempre me avergonzaba y borraba al instante, porque sí, me daba pena ensuciar la madera con tinta y solo escribía a lápiz, casi sin fuerza, como temblando, pudorosa de que alguien leyera mi propio caos.

No. No leía ni a Sylvia Plath, ni a Alejandra Pizarnik. Kafka, Borges y Delibes empezaban a aparecer por mi cuarto. Lo reconozco: no nací prematura en la escritura. Era una adolescente atormentada, un esbozo que solo tramaba problemas en lugar de buscar soluciones, y que, prácticamente, se sentía todo el tiempo sola. Una niñata con catorce años que iba a un colegio de monjas con un palestino y con la carpeta forrada de portadas y letras de casetes de grupos como La Polla Records y Extremoduro.

Mi fantasma adolescente que tantas veces durante la veintena me ha avergonzado, era un poco insolente y solo encontraba consuelo en los libros y en las canciones. Y sí, exhibirlos era una forma de reconocerse. Iba por los pasillos orgullosa, siempre con la carpeta en el brazo, luciendo la letra de esa canción con la que tanto me identificaba. Una pintura de guerra, una manera de sentir que pertenecía al bando de los invisibles y de los callados, un grito silencioso de declarar quién era y cuáles eran mis intenciones.

Me gustaba hurgar en la herida, hacerla más grande, quitar la costra y ver como empezaba a manar poco a poco la sangre. Me reconfortaba. Me hacía sentir a salvo, en una casa imaginaria llena de árboles infinitos que cantaban y hablaban entre ellos a través de aves y ramas. Como una familia sin sentido que hacía que me sintiera menos sola. Eso es justo lo que me pasaba con muchas canciones de Extremoduro: me daban a entender que formaba parte de algo, que alguien desde el otro lado sabía delimitar de manera exacta mi dolor aunque no llegara nunca a escucharme.

Su herida golpead de vez en cuando. No dejadla jamás que cicatrice. Que arroje sangre fresca su dolor y eterno viva en su raíz el llanto. Y si se arranca a volar, gritadle a voces su culpa: ¡qué recuerde! Sí en su palabra crecen flores, nuevamente, arrojad pellas de barro oscuro al rostro, pisad su savia roja. Talad. talad, que no descuelle el corazón de música oprimida.

Es curioso cómo se van cerrando los círculos, cómo la vida va imitando los pequeños rodeos de que dan algunos animales sobre sí mismos antes de acostarse. Como el dedo se extiende y alcanza el hilo, y se va deshilachando poco a poco el telón, dejando ver, lentamente, lo que terminará por deslumbrarnos. Te juzgarán sólo por tus errores (yo no), una de las últimas canciones de Rock transgresivo, el primer álbum de Extremoduro, casi escondida y nada comercial, era posible gracias a Decidme cómo es un árbol, un poema de Marcos Ana, alguien que por entonces, era un completo desconocido para mí.

Y así tirando del hilo vas encontrando ramas y piedrecitas que puede que consigan llevarte de vuelta a esa casa inventada donde empiezas a conocer la palabra hogar. Fernando Macarro Castillo, quiso llamarse Marcos Ana, para tener también a lo que él conocía por hogar más cerca, para llevar consigo a sus padres en el mismo nombre. Quiso inventarse un bosque, un mar y un horizonte sin muros entre cuatro paredes que lo contuvieron durante más de veinte años.

Hizo del lápiz y del papel su manera de resistir, de imaginar lo que no le rodeaba, su propio hilo inquebrantable que algún día podría hacerle volver a casa. Porque el ahora reconocido poeta, entró en la cárcel con 19 años y no salió de ella hasta cumplir los 42. Un temblor adolescente en una celda, pidiéndole siempre a la palabra que no olvidara contarle las cosas esenciales del mundo, algo que la propia vida le arrebataría durante un par de décadas.

Hoy todos recordaran al poeta que una vez confesó que su profesión era la de preso: algunos escribirán sobre las heridas que no conocen de suturas como son las de la guerra, otros escribirán sobre su militancia en el partido comunista y otros, lo seguirán llamando asesino. Yo, o mejor dicho lo que queda de esos retazos que fui y de la que tantas veces pudorosa he ocultado, me quedo con el hombre que rompió a llorar en Auschwitz junto a un Neruda sorprendido, confesándole lo increíble que a un hombre como él le siguieran quedando lágrimas.

Con el chiquillo asustado pidiéndole al poema dadme el nombre del amor / no lo recuerdo con el poeta que escribía a tientas el mar, el campo, y el bosque, y hacía que estallara la luz y la palabra hasta en la mismísima cárcel. Hoy, que tan fácil es lanzar palabras y no avergonzarse, me quedo con ese niño que salió de la cárcel con más de cuarenta años y no sabía comportarse. El hilo había tocado a su fin pero ya no había regazo. Vendría luego el exilio, el hombre, la paciencia para reubicar en el espacio lo que tantos años había esbozado en la prisión.

Acariciar la dimensión de las cosas, los olores, el horizonte tras el paisaje. Hoy se va el eterno niño que con una sola canción hizo que empezara a dejar de acrecentar en las heridas y a buscar mi propio hilo. Impecable, caliente, reconfortante. Sin manchas de sangre ni claroscuros. El primer árbol donde los poemas empezaron a sentirse a salvo, pudiendo realizar al fin, el círculo perfecto antes de acostarse.

*artículo publicado en El español el 24 de noviembre de 2016 por la muerte del poeta.

quebrantahuesos


Quise contarle que el domingo vi un quebrantahuesos. 

De lejos, arriba, en la montaña, rompiendo el cielo con su silueta, dejando ridícula la altura a la que estábamos las demás. Quise contarle que el canto del ave es silencioso, que solo canta cuando busca pareja, y se deja llevar así por silbidos que se alargan convirtiéndose en un habitante más que se une al coro que nunca calla de animales y pasos del bosque. Un silbido que no sé si sabría reconocer allí, quieta, con una piedra en la mano izquierda que recogí un rato antes porque mojada me parecía bonita. Un silbido, que más que un canto parece un lamento, que corta la montaña en dos y calla y sigue. Un silbido que calla y advierte, que consigue que los demás, al oír a la sombra desde arriba, obedezcan. 

Quise contarle que su nombre científico realmente significa algo así como una mezcla de buitre y águila con barbas, que una parte de sus ojos es demasiado caliente, demasiado roja para pertenecer a las alturas y a las montañas. Quise contarle que dudé al principio, porque lo sentía demasiado arriba, demasiado inalcanzable. Y era eso lo que lo hacía más bello. 

Quise contarle que Sara, la pastora de la aldea de al lado me puso una mano en el hombro,y sonrió, mira María, un quebrantahuesos. Ella, sin saberlo, convirtiéndose en una madre que le da el primer nombre a la hija que pregunta sin preguntar, sin saber, pero que dentro del cuerpo del niño late y desea. 

Quise contarle que lo reconocimos por el vuelo. Que me sentí a la vez insignificante y poderosa, y también agradecida. Quise contarle que por segundos fui un organismo que formaba parte de un estrato de la roca, que cantaba nanas a los fósiles marinos que emergieron hace miles y miles de años ahí, del sedimento marino. Quise contarle que donde yo pisé hubo mar, otros surcos, otros cuerpos, otras olas. Quise contarle que no me quitaba de la cabeza un trocito del libro de Canto yo y la montaña baila de Irene Sola, un trocito que canta:venid, venid aquí, que os dejo un poco de espalda para que os hagáis una casa.

Quise contarle.

Quise contarle, pero al subir al coche tuve que ayudarle con el cinturón, pasarle a la espalda la cinta que debería cruzarle el pecho que ya no está. Quise contarle que después del quebrantahuesos me daba igual seguir sin tener mesa donde escribir, que en la ciudad veo demasiadas mariposas, pero al doblarme para ayudarle y cuidarla, rocé el pelo nuevo, fuerte, blandito, suave, pelusa. Y que mi cuerpo quiso quedarse así, más tiempo, durante horas, sin nada más, porque en ese instante no servía para nada más, solo como una extensión que calma y cuida, o eso intenta. Y quise decirle que ahí, en el parking de un absurdo centro comercial, me vino el silbido del ave que nunca escuché, las alas silenciosas cobijándonos a las dos, cubriéndonos de plumas y cantos, desgarrando una a una, con mimo las células culpables, las células enfermas, las células que nunca más deberían volver.

ser altavoz

Hay expresiones que se encuentran muy adentro, embebidas en nuestro día a día, muy injertadas en el sistema, en la voz, incluso en el gesto. Las decimos sin reparar en ellas, sin darnos cuenta, que a pesar de lo acostumbradas que estamos a ellas, chirrían.

No sé qué cara pongo cuando leo o oigo a alguien decir o escribir eso de “dar voz”. Es una expresión que me revuelve, me parece fea, pretenciosa, fuera de lugar. Dar voz. Dos palabras que a primera vista podrían parecernos simples, y que construyen una expresión que duele, que trae mucho consigo. Como si el mundo estuviese dividido entre los que tienen voz y la dan, y los que no la tienen y esperan que estos primeros se la den. Suele pasar, además, que la mayoría de los que “no tienen voz” y esperan a que vengan los otros a prestársela pertenecen a minorías, son de diferente clase social o género, o simplemente viven en los márgenes. Sus circunstancias, sus narrativas, e incluso su misma voz no se consideran como propias. Visto así, esta expresión a la vez es un gesto que se convierte en un favor, y que la mayoría de las veces se torna como si fuera algo caritativo, algo que los de afuera deben agradecer, sentirse reconfortados por esa voz que no es suya pero que habla por ellos. Pienso mucho en una frase de la escritora Alana Portero: “Somos emoción, conocimiento y narrativas. Lo que otra mujer me cuenta, me construye”. Me gusta pensar en las voces de otras genealogías como algo que mece, que reconforta, que cura. Pero claro, no es lo mismo hablar sola o en medio de la nada, afuera, en los márgenes, que tener un lugar destacado, en el centro, que sigue mucha gente y que acapara cuidados y atención.Todos tenemos voz, una voz propia y única. Una voz para contar nuestra historia. Cada día pienso más en esas voces que no suelen ocupar los espacios ni los medios, esas voces que no disponen de los altavoces que tienen las otras, voces que tenemos por comunes, mayoritarias, normales, importantes. Quizás por eso, aparezca en algunos sorpresa e inquietud cuando otras voces toman el lugar que siempre les correspondieron. Como cuenta Donna J. Haraway en su último libro, Seguir con el problema: importa qué historias contamos para contar otras historias, importa qué nudos anudan nudos, qué pensamientos piensan pensamientos, qué descripciones describen descripciones, qué lazos enlazan lazos. Importa qué historias crean mundos, qué mundos crean historias. Querida Donna, perdona por la confianza, pero creo que también importan las voces que ocupan, narran y nos cuentan. Y siempre que leo acerca de voces vuelve la misma imagen. Una que no se despega de mí, en una comida hace un verano, en un prado de Babia, mientras no dejaba de sonar el agua, y las niñas se turnaban para mecerse las unas a las otras en la hamaca, alguien comenzó a hablar de cazadores, guerrilleros, maquis, furtivos, pastores… hombres que se echaban al monte y vivían apartados, solos, que elegían, muchos de ellos por imposición, la intemperie y la soledad. No sé quién habló del fantasma que desde entonces me persigue, hay momentos que quizás dudo si lo oí de verdad o ha sido una invención mía, el resultado de algún detalle que tras días apareciendo y rondando por cuadernos e ideas ha terminado convirtiéndose en una voz que no dejo de imaginar, en una historia, en algo palpable y posible. Un cuerpo en un espacio reducido, en la montaña, entre rocas, durmiendo en la posibilidad de una grieta, de pie, cubierto de mantas, solo. Siempre descansaba de pie, no había lugar para la horizontalidad. Nada más saber de su historia, sin saber por qué, pensé en su voz. No me vino lo inhóspito de la situación, la soledad, o el frío. Solo imaginé arrullos, tonos con los que el fantasma se tejía a sí mismo para quedarse dormido entre montañas. Y de nuevo ese pellizco, esa pregunta inconsciente de querer saber si sigue retumbando entre los animales y rocas que habitan hoy el lugar, con fuerza, una voz que nunca conoceremos, que nunca escucharemos. Una voz sola, huérfana, lejana, quizás ronca, pero propia.

las primeras lluvias

La primera vez que operaron a mi padre de su cáncer, soñé que el médico aparecía por el pasillo con un ramillete de espigas en la mano. Yo estaba completamente sola. El pasillo era largo, y caminaba, pero tardaba mucho en llegar. Esa distancia de aproximación se hacía eterna, infinita, dolía, porque solo yo seguía ahí, esperando. Esa espera parecía que nunca se rompería, que entre ese cuerpo que se aproximaba y el mío, siempre existiría la misma distancia. Pero la brecha se unía. Y el doctor llegaba sonriendo y me decía, “tranquila, solo era esto”. Desde entonces, ese ramo en sus manos se convirtió en una especie de presentimiento, de amuleto, de señal. Recurrí muchas veces a esa imagen y a esa forma de agarrar las espigas contra el cuerpo para sentirme tranquila. El sueño se convirtió en una especie de amuleto, en un refugio en el que cobijarme y respirar. 

¿No os habéis preguntado por los árboles que se quedan solos en medio de un paisaje? En el sur, atravesando la campiña, en medio de la “nada”, se deja ver alguna encina, sola, sin nada que la acompañe. Como ese ramillete de espigas contra la piel. No hay un grupo de árboles, ni ninguna construcción alrededor. Solo ella, imponente, solitaria, haciéndose ver entre el trigo. Posiblemente, podría ser la única superviviente de un bosque que dejó de ser para convertirse en la nada, para convertirse en un espacio para arar la tierra y producir alimentos. No me había fijado nunca en ellas hasta que el año pasado, conduciendo, con mi padre, atravesé el desierto de Monegros, y pregunté por esas hileras que surgían en medio de la nada, de arbolitos que empezaban a crecer. No habían aparecido ahí por antojo, los que comenzaban a levantarse tenían un cometido en la vida: proteger a los cultivos del viento. Pensé, mientras continuábamos el viaje, en la soledad, en la elegida y en la impuesta. En el fantasma que irrumpe sin avisar y se convierte en una carga. Recuerdo que comenzó a llover. Y desalojé al que anhela un cuerpo de mi cabeza y pensé en los pájaros. ¿Conocerían ese oasis de árboles en medio de la nada? ¿Contarían los kilómetros hasta llegar a ellos? ¿Esperarían ansiosos a ellos cada día cuando la luz se va? ¿Serían los únicos visitantes que acudirían al cobijo?

Hay una frase de Juan Benet, de su libro Volverás a Región, que la tengo grabada a fuego. No obedece a ninguna razón, sencillamente hay algo, inexplicable, que una siente dentro, una especie de necesidad de tenerla cerca, escrita en el cuaderno como acercar sin darse cuenta las espigas al pecho: “Escuchar -una facultad o un privilegio exclusivo de quien tenía un padre, un hijo o un amado enterrado en el monte-“

No puedo evitarlo, con las primeras lluvias después del verano siempre viene la misma imagen, la de las primeras briznas de hierba rompiendo la superficie para salir. También, sin venir a cuento, pienso en las tumbas de los cementerios, en aquellas que no se encuentran apiladas, formando una colmena, sino en esas que están solas, horizontales, paralelas al cielo y perpendiculares a los cipreses, y a las paredes de cal que las encierran. Esas que empiezan a resquebrajarse, a dejarse invadir por las raíces, con los jarroncitos tirados y las flores marchitas, esas que no esperan a nadie. En ellas también, con el agua que llega después del calor, irrumpe la hierba, y crece, sin la intervención de nadie, suave y sola. 

contralume

Últimamente pienso mucho en todo lo que desaparecerá cuando llegue la muerte de mi abuela. Vendrá el duelo pero se llevará consigo demasiado. Gestos, voces, manías… imágenes con las que mi memoria jugará y transformará con el paso del tiempo, alejándolas de las que eran en realidad, pero convertidas en un amuleto al que volveré una y otra vez a aferrarme. No dejo de darle vueltas a la idea de que lo que quedará de ella posiblemente sea una nueva ficción, que crecerá por sí sola reescribiendo momentos y palabras, encuentros, movimientos… todo será susceptible de ser transformado y comenzar una nueva vida en la memoria de la que añora. 

Escribe Annie Ernaux en Los años que “Todo se borrará en un segundo…Llegará el silencio y no habrá palabras para decirlo.” Y duele. Qué inabarcable la nada, el silencio, la ausencia, el vacío. No habrá brazos suficientes para delimitar. Aquí las lindes son inservibles. Al leer ese fragmento de la escritora francesa, saqué de una bolsa un trozo de madera de fresno que me regaló un carpintero de Segovia. En él, surcos de insectos que habitaron la atraviesan. La convierten en otra. No los toqué ni los llegue a ver nunca, pero a través de la imagen y del tacto siguen aquí conmigo. La huella persiste.

En O que arde, de Oliver Laxe, podríamos medir la distancia entre el ayer y el hoy por el fuego. La memoria querrá detenerse, no recordar, pero en los gestos siempre vuelven las imágenes, el vínculo, las semillas. Ella se refugia de la lluvia dentro del árbol, como si fueran uno solo, cuerpo y madera, como hacían los nootkas con sus muertos: los enterraban sentados en un hueco que realizaban para ello en los árboles. Así comenzaba una nueva vida completa, sin necesidad de nada más. Pero el cuerpo raíz se vuelve imposible con las llamas.

Una canción de tierra, una mano que cuida. Me separa un país entero de las montañas de Benedicta y Amador, pero reconozco a los míos en los gestos. Prender o lume, cortar el pan, llamar al rebaño, volver por el sendero, cuidar del prado. O que arde se convierte en genealogía, en un resquicio de la memoria colectiva que no quiere recordar ni conocer a los suyos. Los últimos habitantes llevan en las manos la marca, el lenguaje de los campesinos, la herencia de no ser narrados ni contados de forma justa.

Y llega el incendio. Y arrasa. La insistencia del fuego recuerda y descubre las casas huecas, los pueblos vacíos, esos que mueren solos sin nadie que les agarre de las manos y les cante una nana, solos, solos pero acompañados de animales y tierra que no entenderán nunca por qué ya no regresa nadie, por qué abandono, por qué exilio, por qué solo hay cobijo posible para el fuego.

Pero yo creo en la memoria. Me agarro demasiado a ella, como las llamas se crecen con lo silvestre. Olores, ruidos, voces, gestos, palabras, imágenes llenas de tierra y raíz… Quizás, esa es nuestra materia orgánica para seguir, el mejor contralume, como O que arde. Como las trochas, el camino que abren los animales para moverse por el monte. Como esos frutales que insisten creciendo salvajes en un huerto que se volvió huérfano hace años y siguen buscando la luz entre la maleza. La memoria del agro, del suelo, de lo pastoril, de los ecosistemas . La memoria, la memoria, la memoria. Porque esta memoria no podrá detenerse nunca.

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*fotogramas de O que Arde, de Oliver Laxe. Se estrena este viernes, 11 de octubre.

*Cita de Annie Ernaux. Los años, editado por Cabaret Voltaire, 2019.

volver a casa

ilustración de Raquel Marín

*tribuna publicada en El País el 14 de septiembre de 2019

Hay dolores que se adhieren, van con una a todas partes, a veces crecen y otras hacen como que se esconden, pero siempre están ahí, sentándose a la mesa con el resto de la familia, aunque nunca se les pongan plato y cubierto, aunque nunca se les espere. Hay dolores que se adhieren, sí, que aparecen de un día para otro de repente, como una mancha de humedad en la pared, que rompe la cal y se aferra para no dejar de crecer. Pero últimamente creo que hay dolores que también se heredan. Pequeñas heridas, cicatrices de multitud de formas que vienen de fábrica, de las células de mamá y papá, de las manos y silencios de nuestras abuelas, del sudor y la guita en los pantalones de nuestros abuelos. Dolores que una cree que son tonterías, historias que siempre se cuentan alrededor de un brasero de picón y un juego de café. Pequeñas nanas que siguen reproduciéndose a lo largo de genealogías, entre cabeceros y lápidas. Quizás el dolor, como la mancha, insiste, quiere extenderse al resto del cuerpo, colonizar otras células, otros lugares, ser visible, sentirse hermano de alguien, ser nombrado. Comenzar a existir por sí solo.

Yo llevo un dolorcito a cuestas desde que comenzó el verano. Doy vueltas alrededor de él, a veces le canto, le quito las hojas secas como a algunas plantas, aprovecho las horas de sol que dan a la pared del cuarto donde escribo para que pueda tumbarse y quedarse dormido, para que coja fuerzas y crezca. Sol y un poquito de agua, también a veces hablo conmigo misma y con él, pronuncio a menudo en voz alta la palabra nosotros, para que se le quite la vergüenza y comience a hablar y me cuente, para que así sea posible el regreso de este dolor a su verdadera casa.

Y creedme, el dolor habla. Y tiene nombres y apellidos, y compartimos sangre y alacenas, pequeñas habitaciones que vieron crecer a tantos que precedieron a nuestra familia. Un dolor que yo pensaba pequeño pero que se ha hecho infinito y alumbra, y que no para de encontrar hermanas fuera de las voces conocidas, lejos de los lugares comunes. Un dolor que arrastra a demasiados, como una turba que no para de acoger y arrullar a todo lo que se descompone y desaparece a su paso. Un dolor que como en las orillas del río, da forma y transforma a sus habitantes, acoge y se deja llevar dependiendo de lo que traiga la corriente.

He de reconocer que me ha costado desprenderme de este dolor mío tan insolente. Es difícil escribir sobre algo que ocupa tanto y apenas se nombra. Porque no hay un nombre para ellos. Exilio, desarraigo, nostalgia… para este dolor esas palabras no terminan de ser suficientes. Ni para él ni para tantos hombres y mujeres de mi familia y de tantas de este país que tuvieron que emigrar lejos de su pueblo. La mayoría de las veces sin remedio, sin poder evitarlo, sin nada que pudiera tener algún día solución. No hay posibilidad de aferrarse a un regreso: la muerte los pilla allí, en el sitio que debería ser su casa porque es allí donde han pasado la mayoría de su vida, entre fábricas y cuartitos de limpieza, pero ellos y ellas saben que no, que es un falso espejismo, que la casa de donde deben de marcharse para siempre no es esa.

Qué fácil es escribir la palabra hogar cuando no has tenido que dejar tu tierra para comer. Cuando no has tenido que dejar tu casa y a tus muertos bajo las aguas de un pantano, cuando esas cuatro paredes ni siquiera existen, solo son posibles en algún lugar de tu memoria, en algún gesto que aún recuerdas y sigues reproduciendo con tus propias manos. Qué fácil pronunciar la palabra volver, cuando una nunca ha tenido esa certeza, la única que insiste y reclama, como ese instinto tan verdadero que lleva a alejarse y a esconderse a los animales cuando saben que van a parir o a morir. Y es que este dolor, como ellas y ellos, quiere irse a morir a su casa, a aquel lugar en el que menos años de su vida han pasado, pero al que vuelven siempre que pueden como si nunca se hubieran ido. Y el dolor crece y se aferra un poquito más cada vez que se hace imposible el regreso. Mancha, se apodera de la luz y se convierte en el centro, hace imposible la limpieza y la nada.

Mi tita Carmen murió un lunes de agosto en Barcelona. Hasta el viernes siguiente por la tarde no pudo volver al pueblo. Abrimos su casa y regamos el patio al caer la noche, para que pensasen que ella no se fue sin despedirse. Se marchó del pueblo con veintitantos, a la periferia de una ciudad, limpiando todos los pisos de Barcelona, como decía ella, mientras su marido trabajaba en la Seat. Se vio en la calle con una bolsa de basura, con lo poco que pudo recoger de su primera casa, un piso a las afueras que se derrumbó y que se quedó con lo poco que tenían entre los escombros, una casa de la que apenas hablaban, a la que nunca quisieron volver, como si las vigas y los ladrillos rotos hubieran hecho por completo su trabajo. Murió en un hospital de la gran ciudad, creyendo que estaba en su pueblo, cerca de los suyos, oliendo el azahar del patio por las noches, las voces de las vecinas asomándose al zaguán, el motor que anuncia a los que regresan del campo a la hora de comer. Tuvo que morirse y dejar unas macetas que la siguen esperando, y una historia, la suya, como la de tantas y tantos que llegó tarde, en la boca de algún familiar cercano, esa con la que comparto sangre, pero que creció lejos de la tierra, agrandando con sus propios cuerpos fábricas y periferia, haciendo posible con su trabajo el crecimiento imparable de una urbe. Se fue y me dejó con una costumbre que ahora se convierte en huérfana, la de tocar a su puerta cada noche de verano y sentarnos juntas, al fresco. Se fue y solo queda este dolor, esta impotencia que también ha venido para quedarse, para hacerse hermana, que solo busca la forma menos dolorosa de regresar, una vereda fácil, una madriguera donde cobijar los pasos y las voces de aquellos y aquellas que tuvieron que irse a la fuerza, y que siguen intentando hasta el último de sus días, volver a casa.

alumbramiento

 

También de esto surge la literatura. La conjunción de circunstancias que hizo posible que Júpiter arrasara el sistema solar y lo hiciera habitable. La oración de alguien que cree que el manto del universo se esconde tras la piel de una vaca. Los ornitólogos que se rompen la cabeza al descubrir que John James Audubon pintó aves que nunca existieron. La incesante lucha del organismo para controlar el equilibro entre las células que nacen y las que se destruyen. El poeta al que la radiografía de un cáncer le recuerda a los girasoles de Vincent van Gogh. Los hombres de la resurrección saqueando multitud de tumbas para saciar al hambre de la ciencia. Los que se mueren cada día un poco más pero afirman que en realidad están aprendiendo a volar. Las mujeres que descubrieron enanas blancas, novas, nebulosas y centenares de estrellas y se quedaron entre el anonimato y el silencio. La gravedad haciendo siempre su trabajo. También de esto nace el poema. Los científicos que murieron de hambre en la estación de Pavlovsk rodeados de comida. El número exacto de los círculos que realiza un animal sobre su propio eje antes de acostarse. La definición inexistente para una madre que pierde a un hijo. El silencio que inunda un espacio antes de que la boca emita sonido o diagnóstico. Las manos que cantan nanas al duelo. El pulso de Nelville implorando hágase la soledad. La forma de arder de las mujeres satis. Los nudillos rotos de cal y de muerte de las abuelas. El invidente que abraza una lápida creyendo que es un cabecero. Los que comparten el dolor como comparten el incendio y la palabra. Los síntomas del vuelo y de la escritura. La necesidad absurda de sostenerse. La teoría de Digges o cómo desmantelar el cielo esparciendo las estrellas a través de un espacio infinito. Los cereales necesarios para fundar una civilización. Las instrucciones exactas para destruirla. La lista de objetos que podrían esconderse en el estómago de una ballena. Las tablillas de maldición en la boca de los muertos para conseguir venganza. El vuelo de las aves que van y vienen a Chernobyl transportando con el pico la radiación. De nuevo el conocimiento, la vida, el poema. La misma vida, llevando otra vez más, en la boca, la misma muerte.

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(ilustración de John James Audubon: Caprimulgus Americanus. Night hawk femelle A.W. Pennsylvania,1812 May 8 /// texto publicado en Nodos (next door publishers, 2016)

Por un feminismo de hermanas de tierra

La primavera se intuye, y hay una semilla que germina y que lucha por crecer. Sola, comienza a abrirse paso, rompiendo la tierra, poco a poco, al ritmo del sol, irá creciendo. Pero para nacer y crecer también necesita el agua. Y si no llega, luchará por encontrarla.

Hermana,

nosotras,

también somos así. Nos abrimos paso como las semillas. A primera vista parecen invisibles, pero que crecen con la fuerza de nuestras voces en un territorio lleno de vida que no deja de tejer comunidad gracias a nuestras manos y nuestras palabras.

También somos parte de la vida de nuestros pueblos: nana, raíz, latido. Y como esas semillas que se enganchan en la lana de las trashumantes para germinar a miles y miles de kilómetros de su lugar de origen, resistimos y luchamos. Y miramos a las que nos precedieron y sabemos porque no podemos callar más.

Dicen que el 8 de marzo es de todas.

Pero lo que se refleja en los medios y en las redes no suele ser así. Porque muchas veces nos quedamos en la superficie y no vamos más allá de las ciudades, y de nombrar y celebrar a mujeres de los círculos estrictamente culturales.

¿Dónde quedamos las mujeres rurales? ¿Cómo ? ¿Cómo sacar de la umbría lo que no se conoce? ¿Cómo valorar unas manos que trabajan pero que, a vista de muchos, siguen siendo invisibles?

Las mujeres rurales, en este sistema capitalista, tecnocrático y urbanocéntrico, hemos sido siempre doblemente marginadas, doblemente olvidadas: por ser mujeres y por ser rurales.

Mujeres rurales,

hermanas de un hijo único, mujeres de, hijas de, hermanas de, nietas de, sobrinas de…

Siempre en la sombra, pero llevando todo el peso. Dueñas de nada, pero encargadas de todo.

Ya va siendo hora de rendir homenaje al trabajo y al sudor de mujeres como nuestras abuelas y nuestras madres, que tanto trabajaron la tierra y que cargaron con la mochila a la vez de los cuidados domésticos a la sombra, en el más absoluto silencio.

Hay que nombrarlas una a una.

Servir de altavoz para que sus voces retumben.

Contar que también fueron: que son y serán mujeres fuertes de tierra que la mayoría de las veces no pudieron elegir ni decidir. Que a base de renuncias, creciendo en una casa construida sobre cimientos de desigualdad y machismo, nos abrieron vereda a las demás.

Y no:

no nos olvidamos tampoco de aquellas que hoy, aunque quisieran, no pueden hacer huelga ni venir a la manifestación.

Porque seguimos siendo nosotras las que cuidamos: de las personas, de los rebaños, de los cultivos, de los campos, los bosques y de los pueblos. Y — cómo no — no podemos olvidar a todas esas compañeras migrantes que trabajan en situaciones precarias llenas de abusos y machismo en nuestro territorio. Ellas, mujeres, rurales y migrantes, triplemente marginadas.

Insistimos.

Ya es hora de cambiar la forma de mirar.

Siempre estuvimos aquí. Trabajando la tierra, cuidando, siendo la raíz invisible pero esencial que hacía que el hogar siguiera en pie.

A pesar de lo difícil que lo tuvieron las que nos precedieron y de lo difícil que sigue siendo ahora.

No, no necesitamos que nadie nos salve.

Queremos espacios y altavoces: Estamos aquí, estuvimos: queremos seguir estando.

Queremos que la Administración no piense solo en satisfacer las demandas de las ciudades, porque nosotras también necesitamos servicios básicos. Queremos poder decidir si irnos o quedarnos. Queremos dejar de ser ciudadanas de segunda. Queremos soberanía alimentaria, ganadería extensiva y agroecología. Queremos crear comunidades, mantenerlas, ayudarnos siempre las unas a las otras. Sentirnos reconocidas y respaldadas.

Y queremos ser un ejemplo para las niñas del futuro, sean o no nuestras hijas o nuestras nietas. Queremos decirles que esta también es su tierra. Que esta cultura llena de animales, árboles, territorios y personas también es de ellas. Que de aquí venimos y es hacia dónde vamos. Porque no nos queremos ir. Porque creemos que otras formas de vida, de relación y de producción son posibles, más allá de este sistema explotador, y que nuestros márgenes tienen mucho que enseñar y que nutrir.

auzolan en euskera,

a vecinal en aragonés,

facendera en leonés,

sestaferia en asturiano,

roga en gallego,

a tornallom en valenciano,

a cumuña en cántabro,

treball a jova en catalán,

a vediau en aranés…

Trabajos comunales, manos que cuidan y ayudan. Una forma natural de trabajo para realizar muchas labores del campo o del entorno rural, en general, que alimentaban y daban vida a nuestros pueblos.

Ahora, más que nunca, tenemos que recuperar estas palabras, y — sobre todo — dar vida de verdad a todo lo que estas palabras de nuestro territorio contienen.

Tenemos que seguir tejiendo redes en el medio rural, contar, hablar, alzar la voz, ayudarnos las unas a las otras. Formar parte de la raíz y de las ramas.

Porque nuestro territorio no está vacío, por más que os hayáis empeñado en vaciarlo.

Porque seguimos aquí, porque estamos vivas aquí.

Por un feminismo de todas,

por un feminismo de hermanas de tierra.

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Puedes adherirte a nuestro manifiesto aquí. Juntas, mejor.

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La ilustración es de Cristina Jiménez.

(Este Manifiesto fue escrito por Lucía López Marco y María Sánchez. Gracias a los consejos y anotaciones de Patricia Dopazo, Anna Gomar, Blanca Ruibal y Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

A lo largo del día se subirán a esta entrada el manifiesto en todas las lenguas de nuestro territorio:

en aragonés

en asturiano

en catalán

en euskera

en estremeñu

en gallego

en inglés

en portugués

La primera mujer

¿Qué sería de este libro si no lo hubiera escrito una mujer?

Esta es una de las cuestiones que más me planteo últimamente acerca de los libros escritos por mujeres que suelen ocupar los lugares más lejanos de las bibliotecas, que se encuentran perdidos, descatalogados, olvidados. Diario rural, de Susan Fenimore Cooper, es uno de estos libros. Publicado por primera vez en 1850 —y con apenas diez ediciones repartidas en el tiempo durante dos siglos—, es un ejemplo de cómo, por el simple hecho de ser su autora mujer, un libro no recibe la atención ni el reconocimiento justo que merece. Susan no era una escritora cualquiera; de hecho, no solo era escritora. Tenía formación en historia y arte, sabía idiomas y llegó a estudiar botánica y zoología. Pero también era «hija de». Su padre, James Fenimore Cooper, fue uno de los escritores americanos de aventuras más reconocidos, autor de libros como El cazador de ciervos y El último mohicano. Es importante traer este pequeño detalle hasta aquí porque los que nos preceden a veces nos sustentan y enseñan, pero también a veces eclipsan, y sin querer, aunque nunca lo sabremos, dejan a la sombra.

Un dato curioso acerca de muchas autoras que escriben sobre naturaleza es que heredan este vínculo al medio, y a los animales, por el padre o por el abuelo. Siguen el camino que marcan los hombres de la familia, pero se convierten en las primeras mujeres en escribir sobre el terreno de una manera diferente, con un estilo totalmente renovador y nuevo. Es el caso de Susan Fenimore Cooper con este libro, y de obras que se han editado recientemente en nuestro país como La memoria secreta de las hojas, de Hope Jahren, y El ingenio de los pájaros, de Jennifer Ackerman. Mujeres que, siguiendo la estela de las profesiones o aficiones de los padres, prosiguen con ellas a través de la escritura. También todas comparten una admiración y un sentimiento de amor profundo hacia ellos. En el caso de Susan: es tan grande el apego y el amor hacia el padre, que no llega a casarse porque él consideraba que ningún pretendiente estaba a la altura de su querida hija y, cuando este muere, ella deja de escribir y se dedica por completo a salvaguardar la obra del padre, y a la beneficencia. Su obra literaria desaparece con el padre, lo que nos lleva irremediablemente a preguntarnos: ¿cómo hubiera sido la carrera literaria de Susan Fenimore Cooper sin la figura de su padre? ¿Habría ido a más? ¿Y si se hubiera casado? ¿Habría pasado de ser eclipsada por el padre a convertirse en una sombra atenta y obediente al marido? ¿Habría crecido su escritura sin la figura masculina?

Consideramos a Henry D. Thoreau el padre por excelencia de dos términos que hoy en día han vuelto a estar en boga: Nature Writing y Environmentalist. Tenemos a Walden como una obra sin precedentes, un manual único de defensa de la naturaleza y una crítica feroz que cuestiona los modelos de producción y la sociedad. Un ensayo que termina convirtiendo a su autor en uno de los padres fundadores de la literatura de Estados Unidos, y que lo presenta como un tótem imprescindible de la literatura. Es imposible no relacionar a Susan Fenimore Cooper con Thoreau al leer Diario rural, tras celebrar tanto a Walden y a su autor. Aunque parten de premisas y lugares diferentes, comparten muchos puntos en común: ambos escriben sobre lo que les rodea. Siendo el medio natural esencial en su obra, reflexionan, contemplan, narran a partir de lo que ven de una forma que se deja mecer a veces por la ficción, y que también llega a ser, a menudo, poética. Y por supuesto, cada uno —a su manera— apuesta por la conservación de la naturaleza y advierte sobre el peligro que supone para el medio la acción del hombre sin medida. Dos escritores que brillan por su conciencia ambiental como nunca antes había sucedido en la historia de la literatura de su país. Pero esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿por qué reconocemos y nos es tan familiar Walden, y no ocurre así con Diario rural?

 

Sí, Diario rural se publicó cuatro años antes que Walden. ¿Qué curioso, verdad? Sabemos que Thoreau leyó Diario rural, y que en uno de los medios en los que colaboraba hizo alguna mención sin pena ni gloria al libro de Susan. Hoy sabemos que lo leyó. Vuelve el género a marcar la escritura y a cuestionarnos una vez más: ¿y si Diario rural hubiera sido escrito por un hombre? ¿Se habría cuestionado a Thoreau? ¿Se habría hablado de una obra fundamental que lo precedía y que claramente había sido influencia y semilla?

Con Diario rural, Susan Fenimore Cooper se convierte sin saberlo en una pionera de la conservación y la ecología. En estas páginas encontramos pasajes llenos de una fuerza arrolladora que podrían ser perfectamente partes de poemas. Es imposible no acordarse de Emily Dickinson conforme crece la lectura. La Susan narradora no habla, no ordena, no dicta. Nos incluye a todos nosotros en su cuaderno. Nos apela, con una escritura llena de sensibilidad y luz. Su palabra incisa, pero calma, serena, está llena de tonos, ritmos, colores, murmullos. Aquí los árboles y los animales se dejan mecer por una escritora naturalista que, atenta, describe como nadie los cambios de estación, las migraciones de las aves, la llegada del frío, el orden natural de las cosas, las canciones que suceden día tras día en su entorno. Susan, como espectadora, no solo escribe sobre el medio que la rodea, sino que involucra a los habitantes y los mezcla con pasajes de literatura, con cuentos populares y costumbres. Su conciencia ambiental inunda cada una de las páginas de Diario rural, convirtiéndola a ella, y no a Thoreau, en la primera persona en Estados Unidos en escribir un ensayo sobre la naturaleza. Porque Susan no solo describe: aboga por la conservación de la vida vegetal y animal que la rodea, advierte de las consecuencias de la industrialización y del uso de recursos naturales por parte del hombre sin mesura. Se aventura, incluso, observando a los pájaros que llegan con el cambio de estación, a predecir la desaparición de especies por culpa de la actuación del hombre sobre la tierra. Y aboga, como no se había hecho, por una acción medida del hombre sobre medio. Susan Fenimore Cooper utiliza por primera vez una palabra que no para de repetirse en nuestro día a día: sostenibilidad. Y escribe también para un mañana, porque no deja de pensar en lo que dejaremos para las generaciones futuras si no cuidamos nosotros, con nuestras acciones en el día a día, la naturaleza.

Pero las sombras no son permanentes: siempre llega el día que les toca marcharse y dar paso a la luz. Aunque tarde, al fin se reconoce a Susan Fenimore Cooper como la primera en escribir sobre el medio ambiente que le rodeaba, aunando territorio, persona y naturaleza como nadie. Plantando sobre el papel de manera clara y concisa los problemas ambientales que empezaban a traslucir en su época, y cuestionando la huella del hombre sobre el territorio, apostando por la conservación del medio rural y de lo salvaje como clave para el futuro.

Diario rural no fue su único libro. Escribió primero una novela de carácter social, Elinor Wyllys, y numerosos artículos y colaboraciones. Cooper fue una visionaria que también alcanzaba con su escritura la posición de la mujer en la sociedad. En 1870, en una carta que se publica en Harper’s New Weekly Magazine, se posiciona en contra del voto femenino porque piensa que con ello no está poniendo sobre la mesa algo fundamental para las mujeres de su época: tener el mismo acceso a la educación y a los puestos de trabajo que ocupaban los hombres y cobrar lo mismo que ellos. «El aspecto verdaderamente crucial en lo que respecta a la actual posición de las mujeres en Estados Unidos es la cuestión del trabajo y de los salarios. Es eso lo que afecta al bolsillo del hombre. Y el bolsillo es la parte más sensible de muchos hombres, aunque no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. No cabe duda ninguna de que las mujeres, ahora mismo, se están viendo apartadas de ciertas ocupaciones, para las que están bien adaptadas, por el egoísmo de algunos hombres».

Podemos afirmar que Susan Fenimore Cooper, atendiendo a su posición y a su época, era una mujer con conciencia de género, feminista y ecologista. Una escritora que atravesaba el paisaje con una voz personal y brillante, adelantándose a sus contemporáneos de género masculino que le arrebataron a ella el lugar de madre de la escritura de la naturaleza y de textos-germen por el conservacionismo, la biodiversidad y la conciencia ambiental colectiva. La primera mujer que, como tantas, se queda a la sombra, en silencio, dejando suceder por el tiempo y la sociedad de la que formaba. En Diario rural, escribe: «Los prados que nos rodean [los talaron] nuestros padres».

Me reconforta pensar que quizás a Susan le gustaría saber que hoy, al fin, volvemos la vista atrás y renombramos, buscamos, sacamos a la luz y recuperamos la voz de tantas mujeres. Tantas mujeres que fueron las primeras en abrir el campo a otras formas de mirar y permanecieron, injustamente, demasiado tiempo silenciadas y apartadas en la sombra.

Prólogo ‘Diario rural’, de Susan Fenimore Cooper, un ensayo que la convirtió, años antes que Thoreau, en pionera de la literatura que reivindica la ecología y la sostenibilidad. Publicado en El País.