ser altavoz

Hay expresiones que se encuentran muy adentro, embebidas en nuestro día a día, muy injertadas en el sistema, en la voz, incluso en el gesto. Las decimos sin reparar en ellas, sin darnos cuenta, que a pesar de lo acostumbradas que estamos a ellas, chirrían.

No sé qué cara pongo cuando leo o oigo a alguien decir o escribir eso de “dar voz”. Es una expresión que me revuelve, me parece fea, pretenciosa, fuera de lugar. Dar voz. Dos palabras que a primera vista podrían parecernos simples, y que construyen una expresión que duele, que trae mucho consigo. Como si el mundo estuviese dividido entre los que tienen voz y la dan, y los que no la tienen y esperan que estos primeros se la den. Suele pasar, además, que la mayoría de los que “no tienen voz” y esperan a que vengan los otros a prestársela pertenecen a minorías, son de diferente clase social o género, o simplemente viven en los márgenes. Sus circunstancias, sus narrativas, e incluso su misma voz no se consideran como propias. Visto así, esta expresión a la vez es un gesto que se convierte en un favor, y que la mayoría de las veces se torna como si fuera algo caritativo, algo que los de afuera deben agradecer, sentirse reconfortados por esa voz que no es suya pero que habla por ellos. Pienso mucho en una frase de la escritora Alana Portero: “Somos emoción, conocimiento y narrativas. Lo que otra mujer me cuenta, me construye”. Me gusta pensar en las voces de otras genealogías como algo que mece, que reconforta, que cura. Pero claro, no es lo mismo hablar sola o en medio de la nada, afuera, en los márgenes, que tener un lugar destacado, en el centro, que sigue mucha gente y que acapara cuidados y atención.Todos tenemos voz, una voz propia y única. Una voz para contar nuestra historia. Cada día pienso más en esas voces que no suelen ocupar los espacios ni los medios, esas voces que no disponen de los altavoces que tienen las otras, voces que tenemos por comunes, mayoritarias, normales, importantes. Quizás por eso, aparezca en algunos sorpresa e inquietud cuando otras voces toman el lugar que siempre les correspondieron. Como cuenta Donna J. Haraway en su último libro, Seguir con el problema: importa qué historias contamos para contar otras historias, importa qué nudos anudan nudos, qué pensamientos piensan pensamientos, qué descripciones describen descripciones, qué lazos enlazan lazos. Importa qué historias crean mundos, qué mundos crean historias. Querida Donna, perdona por la confianza, pero creo que también importan las voces que ocupan, narran y nos cuentan. Y siempre que leo acerca de voces vuelve la misma imagen. Una que no se despega de mí, en una comida hace un verano, en un prado de Babia, mientras no dejaba de sonar el agua, y las niñas se turnaban para mecerse las unas a las otras en la hamaca, alguien comenzó a hablar de cazadores, guerrilleros, maquis, furtivos, pastores… hombres que se echaban al monte y vivían apartados, solos, que elegían, muchos de ellos por imposición, la intemperie y la soledad. No sé quién habló del fantasma que desde entonces me persigue, hay momentos que quizás dudo si lo oí de verdad o ha sido una invención mía, el resultado de algún detalle que tras días apareciendo y rondando por cuadernos e ideas ha terminado convirtiéndose en una voz que no dejo de imaginar, en una historia, en algo palpable y posible. Un cuerpo en un espacio reducido, en la montaña, entre rocas, durmiendo en la posibilidad de una grieta, de pie, cubierto de mantas, solo. Siempre descansaba de pie, no había lugar para la horizontalidad. Nada más saber de su historia, sin saber por qué, pensé en su voz. No me vino lo inhóspito de la situación, la soledad, o el frío. Solo imaginé arrullos, tonos con los que el fantasma se tejía a sí mismo para quedarse dormido entre montañas. Y de nuevo ese pellizco, esa pregunta inconsciente de querer saber si sigue retumbando entre los animales y rocas que habitan hoy el lugar, con fuerza, una voz que nunca conoceremos, que nunca escucharemos. Una voz sola, huérfana, lejana, quizás ronca, pero propia.

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